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Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:

La aventura de una mujer que pasa de ser una esposa y madre entregada a convertirse en una exitosa guionista de Hollywood. ¿Podrán convivir ambas facetas de su vida?
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
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Bienvenida a casa, Tanya. Te estábamos esperando. Nos vemos en el desayuno.

Douglas

Douglas había logrado averiguar los gustos de Tanya, quizá hablando con Walt, o incluso con Peter, o probablemente a través de su secretaria. Todo había sido preparado con exquisita perfección. En el dormitorio principal le habían dejado un albornoz de cachemir de Pratesi a juego con unas zapatillas también de cachemir de su número, todo obsequio de Douglas. Pero la mayor sorpresa para Tanya fue descubrir que habían colocado fotos enmarcadas de sus hijos en el bungalow. No cabía duda de que Peter y Douglas habían estado en contacto y que su marido era el responsable de que las fotos estuvieran junto a ella en esos momentos. Para no estropear la sorpresa, Peter no le había dicho ni una palabra. Estaba claro que él y Douglas habían hecho todo lo posible para que Tanya se sintiera en casa. Descubrió incluso un enorme cuenco de caramelos M8cM's y barritas de chocolate Snickers. En uno de los cajones del escritorio, encontró un montón de bolígrafos y lápices y varios paquetes de folios, algo indispensable para su trabajo. Aunque Tanya llevaba ya dos meses trabajando en el guión, quería añadir algunos retoques aquella noche antes de la reunión del día siguiente en la que hablarían del proyecto. Todavía estaba admirando lo que veía a su alrededor cuando llegaron sus maletas; al mismo tiempo, sonó el móvil. Era Peter, todavía en el coche camino de casa.

– Bueno, ¿qué tal todo? -le preguntó, divertido.

– Así que te llamaron, ¿no?

Solo su marido y sus hijos… -ni siquiera Walt- conocían sus gustos con tanto detalle.

– ¿Llamarme? Me mandaron un cuestionario exhaustivo. Ni siquiera para donar sangre había respondido a tantas preguntas. Querían saberlo absolutamente todo, hasta el pie que calzas.

Era evidente que Peter se sentía feliz por su esposa y que estaba contento al saber que estaban mimándola. Consideraba que merecía aquel trato y quería que tuviera una experiencia muy especial. Llevaba la situación con elegancia y con cariño.

– Me han obsequiado con una bata y unas zapatillas de cachemir, caramelos M &M, todos los potingues que utilizo y mi perfume favorito… ¡por Dios! -comentó Tanya riéndose-. Y la comida que más me gusta.

Tanya se sentía como una cazadora de tesoros que iba descubriendo todo lo que le habían dejado exclusivamente para ella. Sobre la cama, había un camisón de tirantes de satén y una bata a juego. Y sobre la mesilla de noche, varios libros de sus autores preferidos.

– Me gustaría que estuvieras aquí -musitó Tanya al teléfono sintiendo que la invadía de nuevo la tristeza-, y también los niños. Les encantaría. Me muero de ganas de que vengáis y lo veáis con vuestros propios ojos.

– Cuando tú quieras, cariño. ¿Crees que necesitarán también mi número de pie? -preguntó Peter bromeando.

– Deberían. Tú eres el verdadero héroe. Si no fuera por ti, no estaría aquí.

– Me alegro de que te estén tratando bien. La vida en Ross te parecerá muy gris después de eso. A lo mejor debería empezar a comprarte chocolatinas y perfumes yo también, no vaya a ser que no quieras volver a casa.

Aunque Peter estaba feliz por lo que le estaba ocurriendo a Tanya, en su voz se notaba que la echaba de menos. Había actuado por pura empatía, pero ahora él también se daba cuenta de lo dura que era la separación.

– Me gustaría poder ir a casa ahora mismo -continuó Tanya yendo de una habitación a otra con el móvil en la mano-. Dejaría todo esto sin dudarlo un instante a cambio de poder estar en Ross. Y no tienes que comprarme nada. Solo te quiero a ti.

– Yo también, cariño. Disfrútalo. Siéntete un poco Cenicienta.

– Sí, pero me resulta tan extraño. Entiendo que la gente pierda la cabeza después de vivir así un tiempo. Es todo tan irreal… Tienes a tu alcance todo lo que te gusta, champán, bombones, flores… Supongo que es como tratan a las estrellas de cine. A mí los productores de las telenovelas no me cuidaban así. Si me invitaban a comer un par de veces, podía darme por satisfecha.

Aunque Tanya no tenía necesidad de ninguno de esos regalos, le resultaba divertido descubrir lo que habían preparado para ella.

– ¿Cómo va el viaje? -preguntó a su marido.

– Bien, sé que las chicas están dormidas porque al apagar la radio nadie se ha puesto a dar alaridos.

Tanya se echó a reír pero, al mismo tiempo, sintió una punzada de tristeza.

– No vayas a dormirte tú también. ¿No te iría bien volver a poner la radio o algo de música?

– Nada de eso -gruñó Peter-. Me gusta el silencio. Estos chavales estarán todos sordos antes de cumplir los veintiuno. Creo que yo ya lo estoy.

– Si estás cansado, para o pide a una de las chicas que conduzca.

– Estoy bien, Tan. ¿Qué vas a hacer ahora?

Tanya sabía que Peter estaba intentando imaginarla en aquella nueva vida. Pero también sabía que no podría acercarse ni remotamente a la realidad de todo lo que la rodeaba. Era como una película. Porque de repente, alojada en aquel magnífico bungalow del hotel Beverly Hills y a pesar de seguir con sus vaqueros y su camiseta, Tanya se sentía muy refinada.

– No lo sé, a lo mejor me doy un baño en el jacuzzi como una reina -comentó Tanya riéndose.

Como una niña con zapatos nuevos, le fue contando a su marido cómo era el cuarto de baño, por supuesto mucho más lujoso que el de su casa, que además, después de dieciséis años, estaba ya bastante ajado. Siempre hablaban de reformarlo, pero nunca encontraban la ocasión. El del bungalow era totalmente nuevo y mucho más lujoso del que ellos podrían llegar a tener nunca.

– También me probaré mis zapatillas y el albornoz nuevos. Y llamaré al servicio de habitaciones.

No tenía hambre pero le apetecía que le sirvieran la cena. El cuidado por los detalles y los extravagantes regalos le parecían divertidos. Acababa de descubrir una cajita de plata con sus iniciales, dentro de la cual habían guardado clips de los que utilizaba ella para sujetar los folios exactamente del tamaño que a ella le gustaban. No habían descuidado un solo detalle, pero de todos, el que más enternecía a Tanya eran las fotos enmarcadas de Peter y los niños, ya que hacían que se sintiera como en casa. Además, Tanya llevaba en la maleta media docena más de fotografías. Colocó varias de ellas junto a la cama y otras en el escritorio, de tal modo que pudiera ver a su familia en todas las habitaciones del bungalow.

– Qué ganas tengo de que vengas a verme. Podríamos ir a cenar a Spago o a algún sitio así, o quedarnos aquí en la cama. Creo que sería mejor esto último, ¿no crees?

Había un restaurante excelente en el hotel pero lo que más deseaba era estar en la cama con su marido. Habían hecho el amor aquella misma mañana, tierna y maravillosamente, como siempre. Así había sido desde el principio, pero con los años, sus relaciones sexuales habían mejorado y Tanya disfrutaba de la confortable familiaridad del sexo matrimonial. Llevaban juntos la mitad de la vida de Tanya y casi la mitad de la de Peter.

– Cuando vengas, será como una luna de miel -dijo ella riéndose con picardía.

– Me parece una buena idea -replicó Peter-. Esta semana mi vida no será precisamente una luna de miel. Margarita se ocupará de la colada de las chicas, ¿verdad?

Cuando Tanya tomó la decisión de marcharse a Los Ángeles, pidió a la mujer que la ayudaba con las tareas de la casa que fuera más horas. Si Peter estaba muy ocupado, ella se encargaría también de hacerles la cena y dejarla en la nevera. No porque las chicas no fueran capaces de ocuparse de la cena, pero en ocasiones volvían tarde de sus partidos y Peter llegaba tan cansado que no podía ni probar bocado, así que menos aún cocinar. Las mellizas se habían comprometido a ocuparse de su padre en noches como aquellas.

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