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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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El camarada Dávila seguía sin poder sonreír. Sus gafas negras continuaban siendo dos discos negros, impenetrables. Lo cierto era que en aquellos momentos tan lejos le parecían las fotografías de Pablito y Cristina como Tokio. La realidad lo aplastaba. La gente pasaba estrecheces, no llegaba a fin de mes. Ni los funcionarios, ni los obreros, ni las viudas. El Fiscal de Tasas, que Mateo había citado, acababa de comunicarle que varias fábricas, alegando carecer de materias primas, lo que parecía ser cierto, estaban decididas a cerrar sus puertas. El profesor Civil le llamó diciéndole que un enjambre de familias se le había presentado en Auxilio Social. Obras Públicas le proponía un viaje a Madrid para tratar del impracticable estado en que se habían quedado las carreteras…¡Por los clavos de Cristo! ¿No recibiría alguna buena noticia?

– Anda, háblame de tu boda, a ver si me animo un poco. O dile a Manolo que venga y me cuente un chiste…

Mateo sacó su mechero de yesca…

– Por lo visto, has olvidado lo que dijo don Juan de Austria después de la victoria de Lepanto: que se hallaba como todo español se halla siempre en el día de su mayor gloria: falto de víveres, de dinero, de medicamentos…

– ¿Es que me parezco yo a don Juan de Austria? ¿Y qué Lepanto he ganado, vamos a ver? Si a esto le llamas el día de mi mayor gloria… -El Gobernador blandió un papel en el que estaban señalados los pueblos que habían quedado prácticamente incomunicados.

– Cuando te pones así me entran ganas de reír. Primero, porque me das una prueba de confianza. Y segundo porque sé que estás más seguro de ti que nunca. ¡Los cuatro hermanos Dávila! Fuisteis famosos, ¿verdad? No me cabe en la cabeza que uno de los cuatro se declare vencido porque en su feudo han caído unas gotitas de más… ¡Bien! Te dejo solo. Será lo mejor. En estos casos lo que conviene es meditar un poco y mirar fuera a través de la ventana. Verás que los campanarios siguen ahí; que las mujeres cosen en sus hogares; y que el cielo… vuelve a estar azul, como el día en que terminó la guerra.

Mateo añadió: "¡A tus órdenes, siempre!". Y se retiró.

¡"Curioso hombre Mateo! -se dijo el camarada Dávila-. No habla porque sí. Este sillón debería ocuparlo él. A punto de casarse, y votó en favor de la entrada de España en la guerra…"

El Gobernador, efectivamente, se quedó solo. Le dijo al camarada Rosselló, que aguardaba fuera: "No estoy para nadie. Ni siquiera para mí".

Y se puso a meditar… Fueron unos minutos de concentración intensa, como los del doctor Gregorio Lascasas al entrar en la Cuaresma. Contrajo los músculos del abdomen. Se levantó… ¡y miró fuera! Y entonces le vino a las mientes el refrán que durante la batalla del Ebro le oyó a un centinela marroquí, perteneciente a la Mehalla: "Luna recién nacida, a vigilancia convida". El Nuevo Estado acababa de nacer: había que vigilarlo.

No había opción. Sintió que recobraba las fuerzas. La alusión a los cuatro hermanos Dávila lo espoleó. Y también la entereza de Mateo. Y la de Marta, quien, domeñando su enorme tristeza -¡qué jugarreta la de Ignacio!-, andaba recorriendo la cuenca del Ter en la cabina de un camión, repartiendo lo que pudo arrancar de la Delegación de Abastecimientos. Se volvió y vio en la mesa el periódico. No le llamó la atención la noticia del Eje Berlín-Roma-Tokio, sino un anuncio de la Agencia Gerunda dirigido a todos los ciudadanos y que decía: "Se lo resolveremos a usted todo. Confíenos sus asuntos. Agencia Gerunda lo resuelve todo". Y el fundador era un pobre muchacho de la UGT, al que llamaban la Torre de Babel…

La palabra disciplina le martilleó la despejada frente. Cogió el teléfono y llamó al comisario de Investigación y Vigilancia, comisario Diéguez, cuyo contacto hasta entonces había rehuido en lo posible. El comisario se encontraba en la planta baja, en la Jefatura de Policía, y subió los peldaños de cuatro en cuatro.

– ¿Deseaba usted hablarme?

– Sí. Tome asiento, por favor…

Las órdenes que le dio fueron inesperadas.

– Mande usted por ahí a sus hombres y demos un escarmiento. Vamos a imponer multas a la población. Me repugna, pero no hay más remedio.

– Si pudiera usted precisar los objetivos…

– Los que usted quiera, comisario. Multas por derrotismo; por propagación de bulos; por no observar el descanso dominical; por no levantar el brazo cuando se interprete el Himno Nacional; por irse de caza sin la debida licencia de armas; por no llevar luz en la bicicleta; por resistencia a la autoridad; por no admitir la chapita de "Auxilio Social"… ¡Por lo que usted quiera! Naturalmente, lo único que evitará usted será inventarse la infracción. La falta debe haber existido, ¿comprende?

– Comprendo.

– Cuando el infractor sea un jefe local, un alcalde, en fin, una autoridad cualquiera, me lo hace usted constar en el informe de manera visible…

– Tres cruces rojas, si le parece…

El Gobernador fue una ametralladora intentando abarcar todos los campos posibles que atañesen a su autoridad. Su frase final fue: "Quiero llevar el control de todo".

El comisario Diéguez, que lo había escuchado sin apenas pestañear, al llegar a este punto, al punto final, se miró un momento el blanco clavel de la solapa. Sentíase feliz. Él tuvo siempre esas ideas, no por política, sino por psicología, y estaba seguro de que el Gobernador, "tan liberal y humano", un día u otro entraría en su terreno. Pues bien, ya había entrado.

– Creo que le he comprendido a usted, señor Gobernador. Pero ¿me permite una pregunta?

– Hágala.

– ¿A qué se debe este cambio de actitud?

– Se debe a los embutidos.

– ¿Cómo? ¿Qué dice usted?

– Sanidad ha descubierto que se venden por ahí embutidos adulterados con toda clase de porquerías, y ello me ha puesto sobre aviso. ¡No puede haber ejemplo más gráfico!

El comisario Diéguez se levantó, satisfecho.

– Si me permite, voy a poner manos a la obra…

– Aquí me tendrá usted, a mí o a alguien que me represente, las veinticuatro horas del día.

– Hasta pronto…

– ¡Arriba España!

Arriba España… El Gobernador se quitó las gafas, ¡por fin!, y se secó el sudor. Era duro luchar contra el propio temperamento. Se acarició el dedo de la mano, el dedo que durante un tiempo llevó vendado. Todavía le dolía a veces… Ahora le dolía. Pensó en el coronel Triguero: no quería que él, y muchos como él, se salieran con la suya. Pensó en el generaclass="underline" no quería que éste tuviera razón cuando afirmaba que lo único puro y fiel que existía era el Ejército. La Falange, que en la reunión de San Sebastián había efectuado un balance realista de la situación, debía salvar el bache. Pensó en el obispo: decidió seguirle la corriente, tener a la Iglesia de su parte. La religión era una fuerza terrible, decisiva. Pero ¡Dios!, ¡a veces se ponía ridícula! Con todo lo que estaba sucediendo, y a Su Ilustrísima no se le había ocurrido otra cosa que organizar la Semana de la Joven, para las virgencitas de Acción Católica, y publicar otra Pastoral sobre la falta de pudor y de recato.

Ahora el Gobernador se sentía lanzado. Llamó a 'La Voz de Alerta' y le ordenó que publicara en Amanecer diariamente, durante un mes, el siguiente comunicado: Tu deber es afiliarte a Falange. Los rezagados serán tenidos por indiferentes; más adelante, por adversarios del Nuevo Estado. Segundos después se preguntó: "¿No estaré exagerando?". No…De nuevo el periódico que tenía en la mesa acudió en su ayuda. En efecto, era absurdo que Boisson Blanche pudiera anunciarse todos los días diciendo: "Vigilad vuestro aliento. Limpiad y sanead vuestro tubo digestivo" y él no pudiera anunciar algo similar para acabar con la indiferencia y con el retorno al egoísmo individual.

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