Juegos de ingenio [State of Mind - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
Kürten había sido un salvaje, fruto a su vez del incesto y el abuso sexual, un pervertido con unos modales que desarmaban a sus víctimas y sin el menor asomo de sentimiento hacia ninguna de ellas salvo, curiosamente, la última, una joven a quien de manera inexplicable había dejado en libertad tras torturarla después de que ella le suplicara por su vida y le prometiese que no le contaría a un alma lo que él le había hecho. El motivo por el que había soltado a esa joven -cuando sin lugar a dudas muchas otras habían implorado de manera similar- seguía siendo un misterio. Como es natural, ella fue directa a la policía, que acto seguido fue a por Kürten y lo detuvo, junto con la familia con la que se había hecho. El no se molestó en intentar huir, ni siquiera en defenderse en el juicio subsiguiente. De hecho, la imagen de Peter Kürten que quedó grabada en la memoria de sus verdugos fue la del asesino claramente excitado al pensar en su propia sangre derramada en el momento en que la guillotina le rebanara el cuello. Kürten subió al patíbulo con una sonrisa en la cara.
Su padre, pensó Jeffrey, había rendido homenaje al mal.
El examen parcial de Psicología Básica consistía en unas preguntas cuya respuesta debían desarrollar los alumnos dentro del límite de una hora. Los estudiantes entraron en fila en el aula, con cara de pocos amigos, como si en el fondo les diera rabia tener que examinarse. Ocuparon todos los asientos mientras él consultaba la hora en su reloj. Pidió que se repartieran las carpetas azules de rigor y observó a los alumnos escribir su nombre en la cubierta.
– Muy bien -dijo-. No quiero oír hablar a nadie. Si necesitan una segunda carpeta, levanten la mano y yo se la llevaré. ¿Alguna pregunta?
Una chica con los pelos de punta que le daban un aspecto de puerco espín alzó la mano.
– ¿Si terminamos antes de tiempo, podemos marcharnos?
– Si quieren -contestó Jeffrey. Supuso que la chica tenía alguna cita, o bien que no se había tomado la molestia de estudiar y no quería pasarse toda la mañana allí sentada sin saber responder a las preguntas del examen. Paseó la vista por la clase y, al no ver más manos alzadas, se acercó a la pizarra y se puso a escribir. Detestaba ese momento en que les daba la espalda a más de cien estudiantes, todos ellos furiosos por tener que presentarse a un examen. Se sentía vulnerable. Al menos ninguna de las alarmas se había disparado esa mañana.
En un rincón del aula, un guardia de seguridad del campus estaba sentado en una silla de metal plegable. Ahora Jeffrey pedía que le enviaran a un policía cada vez que ponía un examen. El agente llevaba una coraza, que debía de darle un calor muy incómodo en aquella sala atestada, y balanceaba una larga porra de grafito negro entre las piernas. Tenía una metralleta colgada del hombro. El hombre parecía aburrido, y mientras Jeffrey escribía en la pizarra, le hizo un gesto con la cabeza como para indicarle que prestara más atención a los estudiantes del aula.
El examen constaba de dos partes. En la primera, los alumnos debían identificar y describir a las personas cuyos nombres él escribiera en la pizarra. Se trataba de varios asesinos que había tratado en clase. Para la segunda parte, debían elegir un tema para desarrollar, entre los dos siguientes:
1) Aunque Charles Manson no entró con los asesinos en la casa donde cometieron sus crímenes, lo declararon culpable de los asesinatos. Explique por qué, y qué influencia ejerció sobre los autores de los crímenes. Escriba en qué diferencia esto a Manson de otros asesinos que hemos estudiado.
2) Explique y compare el ataque de Ted Bundy a la residencia de la hermandad Chi Omega con el asesinato a manos de Richard Speck de las ocho enfermeras de Chicago. ¿Por qué son distintos? ¿Qué semejanzas hay entre los dos crímenes? ¿Qué impacto social tuvieron en sus comunidades respectivas?
Terminó de escribir en la pizarra y volvió a su asiento detrás del escritorio. Mientras los estudiantes se enfrascaban en el examen, él cogió el periódico de esa mañana. Había una noticia en la parte inferior de la primera plana que le pareció desalentadora. Un profesor de lenguas románicas del cercano Smith College había muerto a causa de un disparo la noche anterior mientras caminaba por el campus poco después del atardecer. Al parecer el asesino del profesor había seguido al hombre, había sacado una pistola de pequeño calibre y le había pegado un solo tiro en la base del cráneo antes de desaparecer en las sombras, sin que nadie lo viera ni identificara. La policía estaba interrogando a muchos de los alumnos actuales y ex alumnos del profesor, sobre todo a los que habían suspendido alguno de sus cursos. Era notoriamente exigente en una época en que las notas altas se regalaban con frecuencia a alumnos que no se las habían ganado.
Continuó leyendo; pasó a la sección de deportes -otro escándalo de sobornos y jugadores comprados en el equipo de baloncesto- y luego a la de noticias locales. Mientras leía, algunos alumnos terminaron su examen. Él había dispuesto una pequeña bandeja de plástico al pie de la tarima. Ellos tiraban sus carpetas azules allí y se marchaban. De vez en cuando alguno se entretenía en la puerta, y Jeffrey oía carcajadas o quejas por parte de los que salían. Para cuando sonó el timbre que marcaba el final de la clase, el aula estaba vacía.
Recogió las carpetas azules, le dio las gracias al poli aburrido y regresó a su pequeño despacho en el Departamento de Psicología. Como era su costumbre, antes de empezar a corregir los exámenes, los contó para asegurarse de que todos los alumnos hubieran entregado su examen.
Se sorprendió cuando su cuenta llegó a 108.
Miró con curiosidad la pila de exámenes. Había ciento siete alumnos matriculados en su clase. Ninguno le había pedido una segunda carpeta. Y, en cambio, ahora tenía 108 por corregir. Lo primero que pensó es que todo formaba parte de una elaborada estratagema para copiar. No habría sido la primera vez que unos alumnos probaran suerte con una artimaña semejante. Ante algunos de los intentos más creativos, él no podía por menos de pensar que, si los alumnos hubieran dedicado el mismo tiempo a estudiar, no habrían tenido que recurrir a las trampas. Pero también entendía que la naturaleza de la educación moderna a veces hacía que el engaño fuese preferible al aprendizaje.
Contó de nuevo. Obtuvo la misma cifra.
Jeffrey rebuscó en el montón, preguntándose qué forma iba a tomar la trampa, cuando se percató de que una de las carpetas azules no llevaba ningún nombre escrito en la cubierta. Suspiró, pensando que había mezclado sin querer una carpeta en blanco entre las otras, y la sacó de la pila.
La abrió distraídamente, sólo para cerciorarse.
Dentro de la carpeta azul había una nota escrita a mano:
¿Sabes? Si uno de verdad quisiera matar al profesor que tantas cosas le ha arrebatado, no le resultaría tan difícil. Una forma sería ocultar el móvil auténtico del asesinato. Esto puede hacerse fácilmente, por ejemplo, ejecutando al azar a miembros del profesorado de las otras cuatro universidades y academias de las comunidades cercanas. Matar a otros dos, y después matar al objetivo real, y luego a dos más. Seguramente reconocerás este ardid, profesor; Agatha Christie lo describió en El misterio de la guía de ferrocarriles, libro escrito en 1935, hace casi un siglo. En él, un astuto francés, un hablante de una lengua románica, era el encargado de descubrir la trama. Me pregunto si la novela estará ya descatalogada. Me pregunto si alguno de nuestros policías locales es tan listo como Hercule Poirot. Pero esto es sólo una idea.
Tengo otras.
Nuestro padre me enseñó mucho. Siempre decía que debía cultivarme a fondo para poder enfrentarme con éxito al Profesor de la Muerte. Destruir el nuevo mundo en el que me crie seguramente supondrá un desafío menor, así que creo que mañana, o tal vez el año que viene, pero en un futuro cercano, regresaré al estado cincuenta y uno. La última noche que estuve con mi padre, intercambiamos ideas sobre el tipo de terror que yo podría sembrar en aquel entorno tan arrogantemente seguro.