El vals lento de las tortugas
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
No sabes la razón que tienes, había pensado Iris atragantándose con su copa de champán, pronto tendré edad para mi primera dentadura postiza, y entonces será a mí a quien aplastarás para tirarme a la basura y buscarte una más joven.
Dudaba en mandarle a paseo. No tenía noticias de Hervé. Le imaginaba aspirando aire fresco, por la noche, con un jersey anudado sobre los hombros, entre retamas y dunas, navegando durante el día con sus hijos, jugando al bádminton con su hija, paseando con su mujer. Esbelto, elegante, el mechón pegajoso por la brisa del mar, la sonrisa enigmática. Sabe seducir, ese hombre que se quiere austero. A fuerza de jugar a los intocables, se vuelve irresistible. El Sapo no daba la talla a su lado, sí pero… El Sapo se había arrimado a puerto, la bolsa atiborrada de oro y el anular estremeciéndose, reclamando una alianza. El anillo de miga de pan lo demostraba. Así que no quiere levantarme simplemente como un trofeo, quiere casarse conmigo…
Reflexionaba y pensaba que no había que decidir nada.
Volvía a coger el mando a distancia, y buscaba una película en los canales de cine. A veces gritaba: «¡Joséphine! ¡Joséphine! ¿Qué estás haciendo?», pero Joséphine no respondía, sumergida en sus estudios y sus notas. ¡Menuda pedante! Nunca hablaban de Philippe. Ni siquiera mencionaban su nombre. Iris lo había intentado, una noche que compartían un plato de pasta en la cocina…
– ¿Tienes noticias de mi marido? -había preguntado, divertida, levantando el tenedor.
Joséphine había enrojecido y respondió: «No, ninguna».
– ¡No me extraña! ¡Chicas como tú las hay a miles! ¿No estás triste?
– No. ¿Por qué iba a estar triste? Nos entendíamos bien, eso es todo. Y tú te montaste toda una historia…
– ¡Que no! Simplemente veo con qué facilidad me dejó, ni una palabra, ni una llamada, y deduzco de ello que el hombre es superficial y frívolo. Debe de ser la crisis de los cincuenta. Mariposea… Pero aun así, os llevabais muy bien, ¿no?
– Sobre todo por los niños…
Joséphine había empujado su plato de pasta.
– ¿Ya no tienes hambre?
– Hace demasiado calor.
– Pero, en tu opinión, él me amó, ¿no?
– Sí, Iris. Te amó, estaba loco por ti y, en mi opinión, lo sigue estando…
– ¿Lo crees de verdad? -había preguntado Iris abriendo mucho los ojos.
– Sí. Creo que atravesáis una crisis, pero que volverá.
– Qué buena eres, Jo. Me hace mucho bien oír eso, aunque no sea verdad. Perdóname por lo de antes…
– ¿Por qué?
– Cuando dije que chicas como tú las había a miles…
– ¡Ni siquiera me he dado cuenta!
– Yo me habría sentido herida… No conozco a nadie tan bueno como tú.
Joséphine se había levantado, había puesto su plato en el lavavajillas y había dicho: «Voy a trabajar una hora más y después ¡hala, a la cama!».
Habían llamado a la puerta. Era Iphigénie.
– ¡Señora Cortès! ¿Quiere usted venir conmigo? Hay una fuga de agua en casa de los Lefloc-Pignel, tengo que ir a ver y no tengo ganas de ir sola. ¡No vaya a ser que digan que me he llevado algo!
– ¡Ya voy, Iphigénie!
– ¿Puedo ir yo también?-preguntó Iris.
– No, señora Dupin, a él no le gustaría nada que yo dejara pasar visitas.
– ¡No lo sabrá! Me gustaría tanto ver dónde vive…
– ¡Pues no lo verá usted! ¡No quiero problemas!
Iris se había vuelto a sentar y había empujado su plato de espaguetis.
– ¡Estoy harta de esta vida, pero harta! ¡Que os jodan a todos! ¡Y a todas! ¡Largaos!
Iphigénie se había dado la vuelta haciendo su ruido de trompeta, y Joséphine la había seguido.
– ¡Menuda es ésa! ¡Me pregunto cómo pueden ser hermanas!
– Ya no la soporto, Iphigénie, ¡es horrible! Ya no la oigo cuando habla. Se está convirtiendo en una caricatura de sí misma. ¿Cómo se puede cambiar tan deprisa? Era la mujer más elegante, la más sofisticada, la más distinguida del mundo y se ha convertido…
– En una zorra amargada. ¡Eso es lo que es!
– No. ¡Ahí se pasa usted! ¡No hay que olvidar que es desgraciada!
– ¡Ya me tiene hasta el culo con su piedad, señora Cortès! Es rica a más no poder, tiene un marido que le paga todo, no necesita trabajar ¡y encima lloriquea! Los ricos siempre son así, lo quieren todo. Como tienen dinero, se creen que lo pueden comprar todo, incluso la felicidad, ¡y se ponen furiosos cuando son infelices!
El piso de los Lefloc-Pignel estaba inmerso en la penumbra y entraron de puntillas. Tengo la impresión de ser una ladrona, susurró Joséphine. ¡Y yo, un fontanero!, respondió Iphigénie, que fue a la cocina a cortar el agua. Joséphine recorrió el piso. En el salón, todos los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Se diría una reunión de fantasmas. Identificó dos sillas bajas, una poltrona, un sofá, un piano y, en medio de la habitación, un gran mueble rectangular que presidía como un ataúd sobre un catafalco. Levantó una esquina de la sábana y descubrió un inmenso acuario, sin agua, lleno de guijarros, de piedras planas, de ramas de árboles, de cortezas, de raíces, de restos de macetas de barro, de escudillas de agua y de brotes de cáñamo. ¿Qué guardan ahí dentro? ¿Hurones, arañas, boas constrictor? ¿Pero dónde los meten cuando se van de vacaciones?
Entró en una habitación que debía de ser la de los padres. Las cortinas estaban echadas, las persianas bajadas. Encendió la luz, y una gran lámpara de lágrimas de cristal alumbró el cuarto. Encima de la cama había un crucifijo con un trozo de boj seco y una imagen de santa Teresa de Lisieux. Joséphine se acercó a los cuadros colgados en las paredes para mirar las fotos de familia. Descubrió al señor y la señora el día de su boda. Largo vestido blanco la novia, chaqué y sombrero de copa el novio. Sonreían. La señora Lefloc- Pignel posaba con la cabeza descansando sobre el hombro de su marido. Parecía una niña en su primera comunión. En los otros cuadros se podía seguir el bautizo de los tres hijos, las diferentes etapas de su educación religiosa, las Navidades en familia, los paseos a caballo, los partidos de tenis, las fiestas de cumpleaños. Justo al lado de las fotos, en un cuadro dorado, Joséphine vio un documento escrito en letras mayúsculas y en negrita, se inclinó y leyó:
Extracto de un manual católico de economía doméstica
para mujeres, publicado en 1960
Está usted casada ante Dios y los hombres. Debe estar usted a la altura de su misión.
POR LA TARDE CUANDO ÉL VUELVA
Prepare las cosas con antelación para que le espere una comida deliciosa. Es una forma de demostrarle que ha pensado usted en él y que se preocupa de sus necesidades.
ESTÉ DISPUESTA
Descanse quince minutos para estar relajada. Retoque su maquillaje, póngase una cinta en el pelo y esté fresca y afable. Él pasa la jornada en compañía de gente sobrecargada de preocupaciones y de trabajo. Su dura jornada necesita distracción, es uno de sus deberes el hacer que así sea. Su marido tendrá la sensación de tener un remanso de paz y orden y eso hará que usted sea igualmente feliz. En definitiva, velar por su comodidad le procurará una inmensa satisfacción personal.
REDUZCA TODOS LOS RUIDOS AL MÁXIMO En el momento de su llegada, elimine todos los ruidos de la lavadora, la secadora o el aspirador. Exhorte a los niños para que estén tranquilos. Acójale con una calurosa sonrisa y muestre sinceridad en su deseo de complacerle.
ESCÚCHELE
Puede ser que tenga usted una docena de cosas importantes que decirle, pero su llegada a casa no es el momento oportuno. Déjele hablar primero, recuerde que sus temas de conversación son más importantes que los suyos.