El vals lento de las tortugas
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «El vals lento de las tortugas». Краткое содержание книги:
Horténse se ha ido a estudiar moda a Londres y ve frecuentemente a Gary, el hijo de Shirley, quien también ha decidido vivir una temporada en Inglaterra. Philippe y su hijo también se han trasladado a Londres aunque van frecuentemente a París a visitar a Iris, ingresada en una clínica psiquiátrica por hallarse en una profunda depresión.
La madre de Joséphine y de Iris, Henriette, trama una venganza contra su ex marido y su amante, Josiane, quienes por fin han encontrado la felicidad y están extasiados con los poderes casi sobrenaturales de su hijo de meses.
– ¡Es un genio!-murmuraba Marcel-. No estamos acostumbrados a vivir con genios. ¡Vas a tener que hacerte a la idea! Yo, prefiero eso a un asno con arnés.
Rumiaba, rumiaba. Josiane le espiaba con el rabillo del ojo. Parecía ausente. Atormentado por pensamientos sombríos. Hablaba pero sin florituras, sin temblores en la voz, sin arrullos, sin las canciones de amor a las que estaba acostumbrada.
– ¿Qué es lo que te atormenta, mi lobo feroz?
No respondió y pegó un manotazo en la arena, demostrando que, en efecto, estaba contrariado.
– ¿Tienes problemas en el trabajo? ¿Te arrepientes de haberte marchado?
El entornó los ojos e hizo una mueca. Se le había quemado la nariz, que brillaba como una antorcha.
– No es el arrepentimiento el que me ahoga, sino la cólera. Me gustaría poder desfogarme con alguien, aplastar algún conejillo de indias, a falta de poder suprimir a la persona en la que estoy pensando. ¡Si esto continúa voy a ir a dar puñetazos contra un cocotero, lo arrancaré de raíz, haré con él una catapulta y lanzaré los cocos hasta París, para aplastar la cabeza de esa que no quiero nombrar, por miedo a que vuelva a mandarnos el maleficio!
– Estás enfadado con…
– ¡No pronuncies su nombre! ¡No pronuncies su nombre, o el cielo caerá sobre nosotros con puñados de rayos!
– Al contrario, hay que pronunciarlo para exorcizarlo, para mantenerla a distancia. Es teniendo miedo de ella cuando te arriesgas a hacerla volver… Tú le das fuerza creyéndola tan poderosa.
Marcel refunfuñó y volvió a mostrar su jeta, capaz de dejar seco a un coche fúnebre.
– Ya no te reconozco, mi Lobito, se diría que has perdido chispa…
– He estado a punto de perderte y todavía siento escalofríos…
Josiane es mi farmacia particular. Si ella desaparece, me paro en seco. ¡Y ella ha estado a punto de suprimírmela con sus tejemanejes y sus agujas!
– Voy a decirte una cosa que va a hacerte saltar el tapón de golpe -dijo Josiane tumbándose de lado-. Prométeme que no vas a entrar en erupción…
Él la miró, con aire de decir venga, escúpelo ya, me las arreglaré.
– Esta historia me ha hecho madurar. Me ha hecho crecer… No soy la misma desde entonces, me siento serena, ya no tengo miedo. Antes tenía miedo de que el cielo cayera sobre mi cabeza, y ahora me paseo en globo aerostático por encima de las nubes.
– ¡Pero yo no quiero que te eches a volar! ¡Quiero que te quedes tranquila en el suelo con Júnior y conmigo!
– Es una metáfora, mi lobo feroz. Estoy aquí. Ya no te dejaré nunca más… ni siquiera en pensamiento. Y nunca más nadie podrá separarme de ti.
Extendió el brazo hasta la sombra de la sombrilla y palmeó la mano de Marcel, que se agarró a ella como a un salvavidas.
– Ya ves lo que te produce el miedo. Te aprisiona, te empequeñece.
– Me vengaré, me vengaré -repetía Marcel, soltando por fin una rabia que le asfixiaba-. ¡Odio a esa pústula! Le escupo en la cara, la cubro de patadas, le arranco los dientes uno por uno…
– Que no… ¡Vas a perdonar y a olvidar!
– ¡Nunca, nunca! ¡La dejaré con el culo al aire en la calle, y dormirá debajo de un puente!
– Haces exactamente lo que no hay que hacer. La dejas entrar en tu vida, le das fuerzas. ¡Ignórala, te digo! Ignorar es la fuerza suprema.
– No puedo. Me ahoga, me comprime, me crece la mala hierba en los pulmones…
– Repite conmigo, lobo feroz: no tengo miedo de Henriette y la aplasto con mi desprecio.
Marcel sacudió la cabeza con terquedad.
– Marcel…
– ¡Voy a dejar en la calle a la Escoba! Voy a quitarle el piso, a mandarla al hospicio…
– ¡Que no! ¡Eso la llenará de rabia y volverá a rondarnos!
– Y a mí, ¿qué?
– Escúchame Marcel y repite conmigo: no tengo miedo de Henriette y la aplasto con mi desprecio… ¡Vamos, mi lobo feroz! Hazlo por mí. Para subir conmigo al globo aerostático…
Marcel se negaba y cavaba en la arena con los puños cerrados.
Josiane repitió con voz dulce:
– No tengo miedo de Henriette y la aplasto con mi desprecio.
Marcel no separaba los dientes y miraba fijamente al mar con aspecto de querer partirlo en dos.
– ¿Lobito? ¿Se te ha metido arena en las orejas?
– Es inútil insistir…
– No tengo miedo de Henriette y la aplasto con mi desprecio… ¡Venga! ¡Ya verás como te sentirás desahogado!
– ¡Nunca, nunca! ¡Me niego a desahogarme!
– Te vas a agriar como el vinagre…
– ¡Y entonces la envenenaré!
Fue entonces cuando se elevó la débil voz de Júnior:
– ¡Note medo Hiette, plasto pecio!
Bajaron sus ojos sobre su retoño rojo langosta, y se quedaron con la boca abierta.
– ¡Ha hablado! ¡Ha hablado! ¡Ha hecho toda una frase con sujeto, verbo y complemento! -gritó Josiane.
– ¡Note medo Hiette, plasto pecio! -repitió Júnior, orgulloso de ver el efecto que producían sus palabras sobre el rostro alegre y por fin risueño de sus progenitores.
– ¡Ay, mis amores! ¡Mis dos amores!-gritó Marcel echándose sobre su mujer y su hijo, y aplastándoles bajo su peso-. ¿Qué haría yo sin vosotros?
Comenzó el mes de agosto. Hacía calor, los comercios estaban cerrados. Había que caminar un cuarto de hora para comprar el pan, veinte minutos para encontrar una carnicería abierta, media hora para llegar a la sección de frutas y verduras del Monoprix y volver con los brazos cargados, bajo la canícula, siguiendo la línea de sombra de los árboles inmóviles bajo el calor húmedo de la ciudad. Joséphine permanecía encerrada en su cuarto y trabajaba. Hortense se había ido a Croacia, Zoé a Irlanda, Iris, tumbada en el sofá, frente a un ventilador, alternaba el mando a distancia y el móvil, en el que marcaba números que no respondían. París estaba desierto. Sólo quedaba el Sapo, fiel y fogoso, que la llamaba todas las tardes y la invitaba a cenar a una terraza. Iris pretextaba una migraña y respondía, lasciva: «Mañana, quizás…, si me encuentro mejor», repetía, «estoy cansada» y añadía: «Raoul» con un tono más dulce, que dejaba seco al Sapo. Él croaba: «¡Entonces hasta mañana, guapa!», y colgaba, feliz por haber oído su nombre de pila en boca de Iris Dupin. Estoy progresando, estoy progresando, pensaba, despegando con un dedo ágil el fondo de su pantalón. La bella es astuta, se hace de rogar, es normal, es la elegancia suprema, se debate, se resiste, no se entrega así como así, no soy un primer premio de belleza y ella pone cara de despreciar mi dinero, pero reflexiona, calcula, el largo camino se reduce poco a poco, ella se acerca. Camina con cierta lentitud, que aumenta el premio de su captura. ¡Acabaré metiéndola en mi cama y pateándole el culo hasta el juzgado!
Iris no tenía ningunas ganas de repetir la velada en el Ritz: le había observado comer esforzándose por ignorar el ruido de sus mandíbulas, los dedos que limpiaba en el mantel y el fondo del pantalón que despegaba discretamente levantando el trasero de la silla. Hablaba con la boca llena, lanzaba perdigones, juntaba sus labios brillantes para imitar un beso que hacía que ella se echase hacia atrás en su asiento, y le lanzaba guiños como si «ya todo estuviese hecho». Él no pronunciaba esas palabras, pero podía leerlas en sus ojos brillantes y determinados.
– ¿No duda usted nunca, Raoul?
– Nunca, guapa. La duda es para los débiles, y los débiles, en este mundo traidor…
Y había aplastado de un puñetazo una miga de pan, hasta convertirla en una torta fina, después la había enrollado, había hecho un anillo con ella y lo había colocado ante su plato.
– Es usted un romántico detrás de esa fachada, digamos, un poco áspera…
– Eres tú. Me inspiras… ¿No quieres tutearme? ¡Tengo la impresión de salir con mi abuela! Y, francamente, ¡no es una edad que me entusiasme!