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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—Está muerto. Ya lo has visto y lo has oído. ¡Luz, Rand, está muerto!

—También crees que Egwene, Moraine y los demás están muertos. Si lo es ¿Por qué los persigue todavía el Myrddraal? Responde.

Mat se dejó caer de rodillas en el suelo junto a él.

—De acuerdo. Quizás estén vivos. Pero Thom… ¡Ya lo has visto! Rayos y truenos, Rand, a nosotros puede ocurrirnos lo mismo.

Rand asintió en silencio. No se aproximaba nadie por el camino. Había abrigado la tenue esperanza de ver aparecer a Thom, caminando a grandes zancadas y mesándose los bigotes para darles a entender los conflictos que le ocasionaban. La Bendición de la Reina, en Caemlyn. Se puso en pie y se colgó al hombro el hatillo de Thom, junto a su manta enrollada. Mat levantó una recelosa mirada hacia él.

—Vamos —indicó Rand, y comenzó a andar en dirección a Caemlyn. Oyó murmurar a Mat hasta que el cabo de un momento éste le dio alcance. Caminaron fatigados por el polvoriento camino, silenciosos y con las cabezas gachas. El viento alzaba tormentas de polvo que giraba en torbellino a su paso.

Rand miraba de vez en cuando hacia atrás, pero no había nadie a sus espaldas.

27

Al abrigo de la tormenta

Para Perrin fueron insoportables los días que pasaron en compañía de los Tuatha’an, viajando hacia el sur a un ritmo en extremo lento. El Pueblo Errante nunca veía necesidad de apresurarse; aquélla era su idiosincrasia. Los coloridos carromatos no emprendían la marcha por la mañana hasta que el sol se hallaba bien alto en el horizonte y se detenían a media tarde si topaban con un lugar que les parecía idóneo para acampar. Los perros trotaban tranquilamente junto a los vehículos y, a menudo, los niños también. No tenían ninguna dificultad en seguir el paso. Cualquier sugerencia de que podían avanzar más deprisa o cubrir más camino era respondida con una carcajada y con una frase del tipo:

—Ah, pero ¿os avendríais a fatigar tanto a los pobres caballos?

Le sorprendía que Elyas no compartiera su impaciencia. Este no subía a los carromatos, pues prefería caminar, pero nunca dio muestras de tener prisa ni de querer partir por su cuenta.

El extraño individuo barbudo, ataviado con sus peculiares ropajes de pieles, era tan distinto de los apacibles Tuatha’an que su presencia destacaba en cualquier punto en que se hallara entre los carros. Incluso desde el otro lado del campamento no había posibilidad de confundirlo con uno de los miembros del pueblo y ello no se debía únicamente a su atuendo. Elyas se movía con la perezosa gracia de un lobo, enfatizada tan sólo por las pieles, irradiando el peligro con tanta naturalidad como el fuego desprendía calor, y el contraste con los gitanos era extremo. Viejos y jóvenes, los componentes de Pueblo Errante transmitían alegría al caminar. Su donaire no recordaba el riesgo, sólo alborozo. Sus hijos corrían como flechas a su alrededor, impelidos por el mero entusiasmo del movimiento, sin duda, pero las abuelas y los hombres de barba cana todavía andaban con ligereza, interpretando con sus pasos una majestuosa danza que no desmerecía en nada su dignidad. Toda la gente de aquel pueblo parecía siempre a punto de bailar, aun cuando estuviera parada e incluso en los escasos momentos en que no sonaba música en el campamento. Violines y flautas, dulzainas, cítaras y tambores expandían armonías y contrapuntos en torno a los carromatos a cualquier hora del día, ya fuera en movimiento o en los momentos de reposo. Canciones joviales, canciones jocosas, canciones divertidas y tristes; si había alguien dispuesto en el campamento, casi siempre había música.

Elyas recibía gestos amables y sonrisas en cualquiera de los vehículos junto a los que pasaba y una palabra amiga en todo fuego al que se aproximaba. Ése debía de ser el semblante que el Pueblo mostraba siempre a los de fuera: rostros abiertos y sonrientes. Sin embargo Perrin había descubierto que debajo de aquella superficie se ocultaba el recelo de un venado medio domesticado. En la antesala de las sonrisas dirigidas a los muchachos de Campo de Emond había una interrogación sobre su fiabilidad, un asomo de algo que sólo se difundió levemente en el transcurso de los días. Con Elyas la cautela era patente, al igual que el calor de un mediodía de verano que hacía vibrar de luz el aire, y no se mitigaba jamás. Cuando él no los miraba lo observaban fijamente como si no estuvieran seguros de cuál sería su próxima reacción. Cuando él caminaba entre ellos, los pies dispuestos para las danzas parecían asimismo prestos a la huida.

Ciertamente Elyas no se sentía más a gusto con su Filosofía de la Hoja que los gitanos con su presencia. Su boca siempre estaba plegada en un rictus cuando se hallaba entre los Tuatha’an. No se trataba de desdén ni tampoco de odio, pero indicaba a las claras que habría preferido hallarse en cualquier lugar menos en el que se encontraba. No obstante, en toda ocasión en que Perrin mencionaba el tema de abandonar su compañía, Elyas replicaba que era conveniente reposar, al menos durante unos días.

—No lo pasasteis nada bien antes de encontrarme —argumentó Elyas la tercera o cuarta vez en que le preguntó —y todavía os aguardan durezas peores, con los trollocs y los Semihombres pisándoos los talones y teniendo a las Aes Sedai por amigas.

Esbozó una mueca con la boca llena de un bocado de pastel de manzana preparado por Ila. A Perrin aún le desconcertaba su mirada de ojos amarillos, incluso cuando sonreía. Tal vez más cuando sus labios dibujaban una sonrisa, puesto que ésta nunca se traslucía en aquellos ojos de depredador. Elyas se recostó al lado de la fogata de Raen, rehusando como de costumbre sentarse en los troncos dispuestos a tal fin.

—No tengáis tanta prisa por caer en manos de las Aes Sedai —recomendó.

—¿Qué sucederá si los Fados descubren nuestro paradero? ¿Qué les impedirá hacerlo si nos limitamos a quedarnos sentados aquí, a la espera? Tres lobos no los contendrían y el Pueblo Errante no serviría de gran ayuda. Ni siquiera se defenderían a ellos mismos. Los trollocs los aniquilarán y será por nuestra culpa. De todas maneras, debemos separarnos de ellos tarde o temprano. Tanto da que sea ahora.

—Algo me dice que debemos aguardar. Sólo unos días.

—¡Algo!

—Tranquilízate, chico. Tómate la vida como viene. Corre cuando debas hacerlo, lucha cuando sea el momento y descansa cuando tengas ocasión.

—¿De qué estáis hablando con ese «algo»?

—Toma un poco de este pastel. Ila no me tiene simpatía, pero hay que reconocer que me alimenta bien cuando la visito. Siempre hay buena comida en los campamentos de los gitanos.

—¿Qué es ese «algo»? —insistió Perrin—. Si sabéis algo que no queréis compartir con nosotros…

Elyas miró ceñudo el pedazo de pastel que tenía en la mano y luego lo dejó a un lado.

—Algo —dijo al fin, encogido de hombros como si él mismo no acabara de comprenderlo del todo—. Algo me dice que hay que esperar. Unos cuanto días. No tengo presentimientos como éste a menudo, pero, cuando los siento, he aprendido a fiarme de ellos. Me han salvado la vida en más de una ocasión. Esta vez es algo distinto, pero importante, de alguna manera. No cabe duda de ello. Si quieres echar a correr, hazlo. Yo no lo haré.

Aquello era todo cuanto revelaba, por más veces que Perrin se lo preguntara. Pasaba horas en el suelo, ya hablara con Raen, ya durmiera una siesta con el sombrero sobre los ojos, y se negaba a hablar sobre su pronta partida. Algo le indicaba que debía aguardar. Cuando llegara el momento de marcharse, lo sabría. «Toma un poco de pastel, chico. No te atormentes. Prueba este estofado. Tranquilízate».

Perrin no conseguía relajarse. Por la noche vagaba preocupado entre el arco iris de carromatos, inquieto por el hecho de que nadie aparte de él veía motivo de preocupación. Los Tuatha’an cantaban y bailaban, cocinaban y comían alrededor de sus fogatas —frutas y frutos secos, bayas y verduras; todo vegetales— y se entretenían en un sinfín de tareas domésticas como si nada en el mundo pudiera perturbarlos. Los niños corrían y jugaban por doquier, al escondite entre los carros, trepaban a los árboles próximos al campamento, reían y retozaban en el suelo con los perros. Nadie experimentaba el más mínimo desasosiego.

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