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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Rand se puso en pie y aferró con firmeza la empuñadura de la espada de Tam. Por más que intentara tragar saliva, no lograba mitigar la sequedad de su boca. Mat se agazapó y se llevó una mano bajo la capa.

El hombre se acercaba y a Rand se le atenazaba más la garganta a cada paso. De pronto, se bajó la capucha. A Rand casi le cedieron las piernas. Era Thom.

—Bueno, si vosotros no me reconocéis —dijo, sonriente, el juglar—, supongo que será un buen disfraz para cruzar las puertas de la ciudad.

Thom se adelantó y comenzó a transferir sus pertenencias de la capa de colores a la nueva con tanta habilidad que Rand no alcanzó a distinguir con claridad ninguna de ellas. La nueva prenda era de color marrón oscuro, según advirtió entonces Rand. Respiró hondo. Mat todavía tenía la mano bajo la capa y observaba a Thom como si considerara la posibilidad de poner en acción su daga oculta.

Thom los miró de reojo y luego los observó con más severidad.

—Este no es momento para tornaros asustadizos. —Comenzó a componer diestramente un hatillo con su vieja capa, y colocó luego las cajas de instrumentos en su interior, de manera que los parches coloreados quedaran encubiertos—. Saldremos de aquí de uno en uno y mantendremos una distancia suficiente para no perdernos de vista. De ese modo no tienen por qué reparar en nosotros. ¿No puedes encorvarte un poco? —preguntó a Rand—. Esa estatura tuya es tan indiscreta como una marca. —Se echó el hatillo a la espalda y volvió a bajarse la capucha. No tenía en absoluto el aspecto de ser un juglar de pelo blanco. Era simplemente un viajero más, un hombre demasiado pobre para permitirse un caballo—. Vamos. Ya hemos perdido bastante tiempo.

Rand deseaba fervientemente hacerlo, pero aun así titubeó antes de salir de la calleja a la plaza. Ninguno de los escasos viandantes los miró más de un segundo —la mayoría ni siquiera posó una mirada en ellos—, pero tenía los hombros rígidos; temía escuchar en cualquier momento el grito de «Amigo Siniestro» que convertiría a aquella gente ordinaria en una turba asesina. Recorrió con los ojos el recinto, sobre las personas que se afanaban en sus quehaceres diarios, y cuando concluyó el giro había un Myrddraal en medio de la plaza.

No habría acertado a adivinar de dónde había salido el Fado, pero lo cierto era que ahora caminaba hacia ellos tres con una abrumadora lentitud, como la de una fiera pronta a caer sobre su presa. La gente retrocedía ante la silueta vestida de negro, evitando mirarla. La plaza comenzó a vaciarse.

El negro embozo paralizó a Rand. Intentó concentrarse en el vacío, pero era como querer asir el humo. La mirada velada del Fado lo horadaba hasta los huesos, convirtiéndole la médula en un gélido y rígido carámbano.

—No le miréis la cara —murmuró Thom. Su voz trémula indicaba el esfuerzo que le costaba articular las palabras—. ¡Que la Luz os fulmine, no le miréis la cara!

Rand apartó los ojos a punto de soltar un chillido, pues tuvo la misma impresión que si le arrancaran una sanguijuela del rostro. No obstante, aun con la vista clavada en las losas del suelo, veía al Myrddraal que se aproximaba, como un gato que jugara con un ratón y hallara diversión en sus débiles intentos de huida hasta que por fin cerrara bruscamente las mandíbulas. El Fado había cubierto la mitad del trecho que los separaba.

—¿Vamos a quedarnos aquí petrificados? —musitó—. Tenemos que correr…, escapar. —Sin embargo, no lograba mover los pies.

Mat había desenvainado la daga adornada con rubíes, la cual sostenía con mano temblorosa. Su boca mostraba la dentadura en un rictus de espanto.

—Piensas… —Thom se detuvo para tragar saliva, antes de proseguir con voz ronca—, piensas que puedes correr más que él, ¿eh, muchacho? —Comenzó a murmurar para sí; la única palabra que Rand alcanzó a distinguir fue «Owyn». De repente, Thom gruñó— nunca debí involucrarme con vosotros, chicos. Nunca debía hacerlo. —Se desprendió del hatillo con la capa del hombro y lo arrojó a Rand—. Cuida de esto. Cuando os diga que corráis, echad a correr y no paréis hasta llegar a Caemlyn. Id a la Bendición de la Reina, una posada. Recordadlo, por si… Recordadlo.

—No comprendo —dijo Rand.

El Myrddraal se encontraba ahora a menos de veinte pasos de distancia. Sentía los pies anclados en el suelo.

—¡Recordadlo! —tronó Thom—. La Bendición de la Reina. Ahora, ¡corred! Los empujó a ambos por la espalda para obligarlos a moverse y Rand emprendió a trompicones una desesperada carrera, acompañado de Mat. —¡Corred!

Thom también pasó a la acción, exhalando un largo rugido. No corría hacia ellos, sino hacia el Myrddraal. De sus manos, que agitaba como si estuviera realizando una de sus más grandiosas representaciones, brotaron varias dagas. Rand se detuvo, pero Mat lo empujó para que continuara avanzando.

El Fado quedó tan asombrado como los muchachos. Su andar tranquilo se interrumpió con vacilación. Llevó deprisa la mano a la empuñadura de la negra espada que pendía de su cintura, pero las largas piernas del juglar cubrieron con mayor velocidad la distancia que mediaba entre ellos. Thom se precipitó sobre el Myrddraal antes de que la hoja negra estuviera medio desenvainada y ambos cayeron al suelo entrelazados. Las pocas personas que quedaban en la plaza huyeron despavoridas.

—¡Corred!

El aire de la plaza despedía cegadores destellos azulados y Thom comenzó a soltar alaridos, pero incluso entre ellos, logró articular de nuevo:

—¡Corred!

Rand obedeció, perseguido por los gritos del juglar.

Con el hatillo de Thom apretado contra el pecho, corrió hasta el límite de sus fuerzas. El pánico se extendió de la plaza hacia el resto de la ciudad mientras Rand y Mat apretaban los talones en la cresta de la ola de terror. Los tenderos abandonaban sus mercancías cuando pasaban ellos. Los postigos se cerraban de golpe y en algunas ventanas aparecían rostros asustados que se retiraban al cabo de un segundo. Las personas que no se habían hallado lo bastante cerca para contemplar los hechos, corrían presas de pánico por las calles. Tropezaban entre sí y quienes caían derribados se levantaban de inmediato a riesgo de ser pisoteados por la desbandada. Puente Blanco hervía como un hormiguero.

Mientras se precipitaban hacia las puertas, Rand recordó de pronto las observaciones hechas por Thom acerca de su estatura. Sin aminorar la marcha, se encorvó como pudo, disimulando a la vez su postura forzada. No obstante, las puertas en sí, las dos gruesas hojas de madera con barras de hierro negras, se hallaban abiertas. Los dos vigilantes, con cascos de acero y cotas de malla que cubrían unas chaquetas rojas con cuello blanco, miraban inquietos hacia la población. Uno de ellos observó brevemente a Rand y Mat, pero los muchachos no eran los únicos que pasaban de estampida por las puertas. Un flujo continuo, formado por jadeantes hombres que abrazaban a sus esposas, mujeres sollozantes que llevaban a sus hijos en brazos, artesanos de semblante pálido que vestían todavía sus delantales de trabajo, transponían también la salida.

Nadie sería capaz de dilucidar de qué lado se habían marchado, pensaba Rand mientras corría. «Thom. Oh, Luz, sálvate, Thom».

Mat tropezó a su lado, recobró el equilibrio, y ambos prosiguieron su carrera hasta dejar atrás la multitud que huía y perder de vista la ciudad y el Puente Blanco.

Finalmente Rand se desplomó de rodillas en la tierra, respirando sin resuello. El camino que se extendía a sus espaldas se encontraba solitario hasta donde alcanzaban a percibirlo. Mat le tiró de la manga.

—Venga, vamos. —Mat jadeaba al hablar. Tenía el rostro cubierto de polvo y sudor y parecía a punto de desmoronarse—. Tenemos que continuar.

—Thom —dijo Rand. Apretó los brazos en torno al bulto que envolvía la capa del juglar, sintiendo la dureza de las fundas del arpa y la flauta—. Thom.

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