Los Pájaros De Bangkok
- Автор: Montalban Manuel Vázquez
- Серия: Pepe Carvalho #6
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los Pájaros De Bangkok». Краткое содержание книги:
– ¡Nuestra conversación sería inútil! ¡Yo tenía una hija que se llamaba Teresa, pero ha muerto para mí!
Una vieja figurilla de porcelana empezó a bajar la escalera a saltitos mientras pedía paciencia al gigante.
– Higinio, no te excites. Tranquilízate. Es por tu bien.
– ¡O ella o yo!
Seguía tronando el señor Marsé al tiempo que iniciaba un descenso digno de un Emil Jannings y llegaba hasta Carvalho para darle la espalda y encaminarse como una carroza triunfal hacia un salón con piano y tresillo isabelino. El gigante cerró los párpados llenos de quistes de bolitas de grasa y se sentó mientras su mujer le pedía por señas a Carvalho que no le hiciera demasiado caso.
– ¿Qué ha hecho ahora esa desgraciada?
– No te pongas así, Higinio. Es por tu bien.
– Cállate, que tú tienes alma de alcahueta. De no haber sido por ti, de otra manera hubieran crecido tus hijos. Venga. Hable cuanto antes. Ya estoy preparado para todo.
Carvalho empezó por el principio, la llamada de Teresa, el problema de su hijo, la necesidad de marcharse. Luego los telegramas. El telegrama alarmante. La llamada telefónica. Sus dudas y sus temores. El viejo asentía como si cuanto le contara Carvalho confirmara todo lo que pensaba sobre su hija.
– No me extraña nada. Pero es que nada. ¿Oyes? Así tenía que terminar. Primero la boda con aquel desgraciado, más desgraciado que ella. Luego el divorcio y esas amistades que se buscó. Hasta se metió en política una temporada, después de la muerte de Franco. Se hizo socialista. Supongo que para mortificar a su padre. Sabiendo que los rojos me lo quitaron todo en el treinta y seis y tuve que empezar de nuevo. Luego las historias con señores. Porque cada semana cambiaba y de vez en cuando salía con alguno que podía ser su hijo, cuando no salía con alguno que podía ser su padre. Por si faltara poco, de tal palo tal astilla, el nieto es otro desgraciado que se deja enredar y ¡hala!, ¡a preñar se ha dicho! En vez de afrontar esta desgracia, coge un avión y se marcha a… ¿Adónde ha dicho usted? A Bali, con los camellos o con los monos, y ahora en Bangkok, y nada más llegar ya la ha armado.
El gigante se pasó las dos manos por la impresionante melena blanca y se la despeinó de tal manera que aumentó la dimensión de su cabeza. Miró a Carvalho con ira y desesperación.
– ¿Ha pensado ella alguna vez en este pobre anciano que se está muriendo? ¿Sabe a cuánto estoy de presión?
– Higinio, tranquilízate, que es por tu bien.
– ¿Ha pensado en su madre, en esta idiota que se lo ha dado todo y que aún ahora la defiende? Lo tenía todo en sus manos para ser feliz, para reírse del mundo, ¿y cómo va a acabar? No quiero ni pensarlo.
– Piénselo rápido porque sería interesante una gestión familiar para que el Ministerio de Asuntos Exteriores metiera baza en el asunto.
– ¿Yo? ¿Qué influencia me queda? Yo tenía muy buenos amigos en la Administración, pero a todos los han barrido o los han dinamitado, como al pobre Viola, el ex alcalde de Barcelona, compañero mío de estudios y un caballero. No conozco a nadie.
– Bastará que lo haga en nombre de la familia.
– Que lo haga su marido o su hijo.
– No hay manera de dar con ellos.
– Seguro que es un cuento para chuparme los cuartos. No soltaré un céntimo.
El viejo dio una sacudida y se aferró con las manos a los brazos del sillón mientras cerraba los ojos y apretaba los dientes. La vieja figurilla de porcelana lanzó un gritito y se precipitó sobre él, pero fue más rápido el viejo, que alzó un brazo y contuvo el avance de su mujer con tal rudeza que la hizo tambalear y casi caer al suelo.
– Apártate. Estoy bien. Vais a matarme entre todos. ¿Por qué no ha llamado a su padre? ¿O a su madre? ¿Por qué le ha llamado a usted? Pues bien sencillo. Porque a mí me basta el tono de voz que pone para saber si habla en serio o no. Me ha sacado muchos duros esa desgraciada, pero no me sacará ni uno más.
– No se trata de que ponga usted dinero, sino de que se movilice.
Había cerrado los ojos y cabeceaba negativa y tozudamente. La vieja se llevó un dedo a los labios y con guiños de ojos indicó a Carvalho que se marchara. Salió tras él y al llegar a la puerta le metió un papel en las manos y le dijo en voz baja:
– Es la dirección del chico. Que haga lo que pueda. Yo mientras tanto trataré de convencerle.
– ¡María!
Gritó el gigante desde su asiento.
– Ahora váyase, pero manténgame informada. ¿Cree que corre peligro?
Carvalho se encogió de hombros y salió al jardín recibiendo el perfume de la tierra y las plantas mojadas. Llovía y el reloj le dijo que no tenía tiempo de instalarse en el hostal del Binu si quería llegar a tiempo a la cita con Marta Miguel.
Biscuter se había comprado un metro de cinta negra y se había hecho dos brazaletes de luto, el uno para la única chaqueta que tenía y el otro para la camisa que lucía, regalo de Charo, igual que el pullover amarillo sin mangas.
– Recaliéntame eso que lleva dos días rodando.
– Imposible, jefe, la berenjena es muy mala de recalentar y lo que no he comido yo lo he tirado.
– ¿No hay nada entonces?
– Está usted de suerte, jefe. Esta mañana después del entierro me he pasado por la Boquería y he visto "múrgulas". Se las hago con vientre de cerdo y una picada. Es un momento. Tengo el sofrito base ya hecho.
A Carvalho no le interesaba paladear un vino recio, sino recibir en el paladar la textura fresca de un vinillo cantarín, lanzado con la complicidad del porrón. Se llenó el porrón con un rosado de Cigales bien frío y tragueó metiéndose en la boca un sabor fresco arcilloso. Comió con apetito dos platos de vientre de cerdo con las setas, en el perfecto bálsamo de las dos gelatinas profundas, la del estómago de un cerdo y la del humus de los bosques entregados al otoño. Dos tazas de café. Una copa de orujo del Bierzo bien helado y un Sancho Panza milagrosamente encontrado en un estanco de la calle Puertaferrisa. Llamó a Charo.
– Te invito al cine esta tarde. Despacho un asunto a las cuatro y a las cinco nos encontramos en la puerta del Catalunya.
– ¿Qué hacen en el Catalunya?
– No lo sé, pero los asientos son cómodos.
– Pues vaya manera de ir al cine. Ya me fijaré yo en lo que hacen. Yo un bodrio no me lo trago por muy cómodo que sea el cine.
Carvalho estaba contento consigo mismo. Había hecho cuanto había podido por Teresa Marsé, por Charo, por Celia Mataix, por Biscuter, y el cheque de los Daurella le permitía elevar su cuenta corriente a plazo fijo a un millón y medio de pesetas. Era todo su capital y lo tenía ingresado en la Caja de Ahorros a un seis por ciento de interés ante la desesperación de Fuster.
– Cualquier banco te daría un doce y un trece.
– Las Cajas de Ahorros no quiebran.
– Al ritmo que va la devaluación, ¿qué te significa un seis por ciento? Cómprate algo. Cómprate un piso y cuando seas viejo te lo vendes.
– Quién sabe lo que puede ocurrir dentro de diez o quince años. Igual no existe la propiedad privada. Van a ganar los socialistas.
– Iluso.
– O hay tanta oferta de viviendas que me tengo que quedar el piso para pasar los fines de semana.
– Lo alquilas.
– Eso sí que no. Líos con los inquilinos a partir de los sesenta años. A partir de los sesenta años quiero meterme en la casa de Vallvidrera, cobrar la pensión que me corresponda como trabajador autónomo, la rentecilla que me den los cuartos que acumule y a experimentar alguna cocina extraña. Por ejemplo, ¿qué sabemos de la cocina africana?
– Lo suficiente como para preferir la francesa.
Decididamente la tarde era propicia y sólo el reprimido temor de que Teresa lo estuviera pasando realmente mal le privaba de una satisfacción total. Pero al fin y al cabo él no era responsable de la suerte de Teresa Marsé. A partir de los cuarenta años todo el mundo es responsable de su cara, había dicho no sé quién y muy bien dicho. A partir de los cuarenta años nadie merece piedad hasta que no cumpla sesenta o setenta. Supongo. Ramblas arriba, Carvalho se enfrentó a los primeros carteles de la visita del Papa mezclados con la propaganda de las elecciones anticipadas. El atleta cristiano y blanco aparecía en los pasquines con aquella sonrisa mueca de eslavo astuto y las poderosas espaldas de Superman volador por los cielos del mundo. Dobló por la calle del Hospital, por la acera de las putas derruidas y los payeses colorados que disimulaban su busca fingiéndose interesados por los escaparates. Pasó ante las estribaciones de la Boquería y llegó al portalón que da entrada a los jardines del antiguo hospital de la Santa Cruz, romanticismo de luces y sombras prefabricado por el gótico y el neogótico, viejos en los bancos y madres jóvenes con niños todavía vegetales de cintura para abajo, estudiantes de paso entre dos calles o entre dos escuelas o entre la biblioteca de Catalunya y la escuela de Artes y Oficios Massana. Luz de claustro, rumor de claustro, un paraíso prefabricado bajo la bóveda de un cielo excelente de otoño. Hay que elegir entre todos los cuerpos con libro uno que tenga cuarenta años cumplidos y un libro que se titule "Los poderes terrenales" de Anthony Burgess, un libro que ha de ser lo suficientemente voluminoso para que sirva de señal en un ámbito amortiguador de señales. Y allí está, baja pero con cintura, cuadrada pero con cintura, pelo negro corto, facciones blancas y algo grasientas, ojos con poder de convocatoria y una boca triste, blandos y salivados los labios, como contagiados de la misma sensación de humedad que impregna los cabellos de Marta Miguel. Hay un rápido arqueo de cejas en la mujer cuando Carvalho se detiene ante ella y le mira el libro.