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Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]

Электронная книга - «Nacidos en la Tierra [Earthborn - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva entrega de «La Saga del Retorno», Shedemei y el Alma Suprema supervisan, ya en la Tierra, la evolución de los humanos descendientes de Nafai y Elemak y su interacción con las nuevas especies que habían evolucionado en el planeta. Surgen de nuevo los problemas de siempre: racismo, explotación, enfrentamientos tribales, etc. El recurso de la hibernación permite mantener la presencia de Shedemei y su poderoso manto de capitana en un papel que deviene mítico y, en cierta forma, bíblico. Pero el misterio sigue siendo al paradero del Guardián de la Tierra cuya presencia, pese a todo, Shedemei y el Alma Suprema creen percibir, de vez en cuando, de forma siempre sutil e imprecisa.
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—No todos, ni mucho menos.

—Los suficientes como para que al final desistieras.

—Me gané su confianza.

—Dejaste de luchar contra ellos y los reclutaste para tu bando. No tuviste opción, ¿verdad?

—Supe desde el principio que eran valiosos. En ese momento decidí que me valdría de ellos para ensamblar una nave estelar que funcionara.

—¿Los habrías escogido si no te hubieran causado tantos problemas?

—Ya había escogido a su padre para… poner las cosas en movimiento.

—Pero en realidad querías a Luet, ¿verdad?

—Nafai era muy insistente. Muy ambicioso. Quería estar en el centro de los acontecimientos. Decidí que eso era útil. Y nunca tuve que escoger entre él y Luet, porque terminaron por unirse.

—Sí, sí. Estoy segura de que todo salió tal como lo planeabas.

—Mi programación me permite ser infinitamente adaptable, mientras opere teniendo en cuenta las prioridades principales. Mis planes cambiaron, pero el objetivo seguía siendo el mismo.

—De acuerdo. A eso iba, precisamente. —Shedemei rió—. Si no te conociera mejor, Alma Suprema, pensaría que estás salvando tu orgullo.

—Yo no tengo orgullo.

—Me alegra saberlo —dijo Shedemei—. Yo deseché el mío hace mucho tiempo.

—¿Pero adonde quieres ir a parar?

—Nafai te obligó a escucharlo, a fijarte en él, a tenerlo en cuenta.

—Nafai e Issib.

—Lo hicieron oponiendo resistencia, y tuviste que modificar tus planes para adecuarlos a su… ¿cómo has dicho? Su ambición.

—Issib era obstinado. Nafai era ambicioso.

—Sin duda tienes una lista de adjetivos aplicables a cada nombre de tus archivos.

—No seas mordaz, Shedemei. No es apropiado para una mujer que ha renunciado a su orgullo.

—¿Quieres escuchar mi plan o no?

—Conque a eso ibas. Un plan.

—Todavía cuentas con poder para influir sobre los seres humanos.

—En una zona pequeña del mundo, sí.

—No tiene que ser en el otro lado del planeta. Sólo aquí, en el Gornaya.

—En cualquier parte del Gornaya, sí, puedo ejercer cierta influencia.

—Y esa técnica que usabas en Armonía, para impedir que desarrolláramos tecnologías peligrosas…

—Idiotizando momentáneamente a la gente.

—¿Y todavía puedes enviar sueños?

—No tan potentes como los sueños que envía el Guardián.

—Pero sueños. Sueños claros.

—Mucho más claros que los sueños del Guardián —dijo el Alma Suprema.

—Pues bien. Una partida de soldados nafari avanza por el valle del Tsidorek. Cuando lleguen al lago Sidonod, la zona estará tan plagada de elemaki que tendrán que seguir un peligroso camino por la cima de la ladera. Allí la cordillera es escabrosa. En algunos puntos la cresta es muy baja, de modo que los valles se unen a través de un paso angosto. Si pueden cruzar ese paso, llegarán a un desfiladero que los conducirá directamente a Chelem, donde la gente de Akmaro es esclava de los elemaki.

—Esclava de Pabulog y de sus hijos, querrás decir.

—Cuando lleguen a ese paso, el Guardián intentará conducirlos hacia allí.

—Es lo más probable —dijo el Alma Suprema.

—Entonces, ¿por qué no los idiotizas hasta que haya pasado esa oportunidad?

—El Guardián los hará regresar. ¿Y por qué tengo que impedirles que rescaten a Akmaro?

—El Guardián tratará de enviarlos de regreso. Pero en el ínterin, los guiarás por la ladera hasta que lleguen al desfiladero donde nace el río Zidomeg.

—Hasta Zinom —dijo el Alma Suprema, comprendiendo—, donde la mayoría de los zenifi son esclavos, en mayor o en menor medida, de los elemaki.

—Exacto —dijo Shedemei—. Monush creerá que ha cumplido su misión. Habrá hallado un grupo de zenifi bajo el yugo de los cavadores. Encontrará el modo de rescatarlos. Los llevará a casa.

—No puede llevar a todo un pueblo por la ladera de la montaña.

—No —dijo Shedemei—. Tendrás que enviarle sueños que lo guíen por el valle del Ureg y el paso que conduce al valle del Padurek.

—Eso hará que pasen cerca del grupo de Akmaro.

—Y el Guardián tratará de conseguir que Monush encuentre por fin a la gente de Akmaro.

—Y yo intervendré de nuevo —dijo el Alma Suprema—. Pero ése no es mi cometido, Shedemei. Mi propósito no es entorpecer la obra del Guardián de la Tierra.

—No, tu propósito es obtener la ayuda del Guardián para regresar a Armonía. Tal vez, si le causas problemas, te envíe de vuelta a Armonía, para evitar que te inmiscuyas en sus asuntos.

—No creo que pueda hacer eso. —El Alma Suprema hizo una pausa—. Quizá mi programación me impide rebelarme conscientemente contra lo que considero los deseos del Guardián.

—Bien, búscale una solución —dijo Shedemei—. Pero entretanto, ten esto en cuenta. Mientras el Guardián no te diga nada, ¿cómo sabes que no desea que uses los ardides que te estoy sugiriendo simplemente para poner tu temple a prueba?

—Shedemei, de nuevo idealizas las cosas. Soy una máquina, no una marioneta que desea estar viva. Las pruebas no me afectan. Hago aquello para lo cual me han programado.

—¿De veras? —preguntó Shedemei—. Pero estás programado para tomar la iniciativa. Aquí tienes la oportunidad. Si al Guardián no le gusta, sólo tiene que ordenarte que te detengas. Pero al menos estarás hablando con él.

—Me lo pensaré.

—Bien.

—De acuerdo —convino el Alma Suprema—. Me lo he pensado. Hagámoslo.

—¿Tan pronto? —aunque Shedemei sabía que el Alma Suprema era un ordenador, seguía sorprendiéndola que pudiera tomar tantas decisiones en el tiempo que un humano tardaba en pronunciar una palabra.

—Me he sometido a un test y no he descubierto nada en mi programación que me lo impida. Puedo hacerlo. Así que lo intentaremos cuando Monush llegue al lugar indicado, y averiguaremos cuánto es capaz de soportar el Guardián antes de dignarse establecer contacto conmigo.

Shedemei rió.

—¿Por qué no lo admites, farsante?

—¿Admitir qué?

—Que estás molesto con el Guardián.

—No lo estoy —se defendió el Alma Suprema—. Sólo me preocupa lo que pueda suceder en Armonía.

—Tranquilo —dijo Shedemei—. Tu otro-yo está allí, como dirían los ángeles.

—Yo no soy un ángel.

—Tampoco yo, no te aflijas.

—Pareces melancólica.

—Soy jardinera. Echo de menos la sensación de tener tierra bajo los pies.

—¿Es el momento de hacer otro viaje a la superficie?

—No —dijo Shedemei—. No tiene sentido. Nada de lo que planté la última vez estará listo para una medición. Sería un derroche y un riesgo.

—Se te permite divertirte. Aun la que usa el manto de capitana tiene derecho a hacer ciertas cosas por el mero placer de hacerlas.

—Sí, y lo haré. Cuando llegue el momento.

—Tienes una voluntad de acero —dijo el Alma Suprema.

—Y un corazón de cristal —respondió Shedemei—. Frágil y frío. Voy a dormir una siesta. ¿Por qué no aprovechas el tiempo para diseñar un sueño?

—¿No tienes suficientes sueños propios?

—No para mí. Para Monush.

—Era una broma —dijo el Alma Suprema.

—Bien, la próxima vez hazme un guiño o algo parecido, para que me entere.

Shedemei se levantó del terminal y se fue a la cama.

Monush y sus hombres pasaban otra noche en otro angosto saliente de roca sobre el suelo del valle. Las antorchas de la aldea cavadora permanecían encendidas hasta tarde; los quince compañeros de Monush las observaron hasta que se apagaron con un chisporroteo. Les costaba dormir, a pesar de la fatiga, pues si rodaban en la noche caerían cien metros antes de que las piedras interrumpieran su descenso, además de partirles los huesos. Todos clavaron estacas afiladas en la roca; si no había ninguna grieta donde insertarlas, las amontonaban para dar con ellas si comenzaban a rodar en sueños hacia el borde del abismo. Pero era un descanso precario, y muchos no lograban dormir.

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