El Clan De La Loba
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #1
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
– ¿Aprendizaje? -preguntó Karen-. Eso quiere decir que pretendéis iniciarla.
Criselda se secó la frente perlada de sudor. Se hallaba en el centro del círculo de tiza, las velas comenzaban a titilar y la fuerza iba disminuyendo.
– Eso habíamos dicho Elena y yo. Ya tiene catorce años.
Karen había venido de muy lejos y tenía las ideas muy claras.
– Yo he sido su médico y os puedo asegurar que la niña no tiene la más mínima intuición ni aptitudes, a pesar de ser la hija de Selene.
Gaya, indignada, la interrumpió:
– Por mucho que lo insinúes, Selene no es la elegida.
Karen le dirigió una mirada implacable.
– No lo insinúo, lo afirmo. Selene es la elegida de la profecía.
Criselda reorientó el tema.
– No estamos poniendo en duda la profecía ni considerando que Selene sea o no la elegida, estamos hablando de Anaíd y de su futuro.
– Y su presente -puntualizó Elena-. Y os rogaría que os dieseis prisa, porque a las tres acostumbra a dejar de surtir efecto mi hechizo de sueño y si mi marido descubre que no estoy se va a armar una buena. Karen se quedó perpleja.
– ¿No lo sabe?
– ¿Cómo va a saberlo?
– Si yo tuviera marido, se lo diría.
– ¿Ah, sí? ¿A cuántos novios se lo has dicho?
Karen se quedó cortada y Elena remachó el clavo.
– Prueba, díselo y tu novio te durará lo que me dura a mí un flan con nata.
Criselda aprovechó el desconcierto de Karen para encararse con ella.
– Tu diagnóstico como médico es que Anaíd no tiene capacidades…
– Exacto -afirmó Karen-. Aunque estoy dispuesta a hacerme cargo de ella. Sé que Selene haría lo mismo por una hija mía.
Gaya y Criselda respiraron tranquilas. Karen se había pronunciado como candidata para ocuparse de la pequeña, no les tocaría quedarse con ella.
– Pues ya estamos de acuerdo. Podemos irnos -concluyó Gaya resolutiva.
Pero Elena se negó.
– No estoy de acuerdo con Karen. Tenemos que iniciar a Anaíd. Esa niña esconde un gran potencial.
– Su inteligencia no tiene nada que ver con su poder -protestó Karen ofendida-. Y recuerda que soy médico.
– Su médico, su profesora…, ¡las expertas en Anaíd! Buena jugada, Gaya, hacer venir a la pobre Karen desde Tanzania para vengarte de Selene. Muy propio de ti -gesticuló Elena picada con Gaya.
– Yo no la hice venir -protestó Gaya.
– ¿No fuiste tú? -preguntó Karen sorprendida, dirigiéndose a Elena.
– ¿Yo? -exclamó Elena sujetándose el enorme vientre-. Sabes que no puedo hacer llamadas embarazada.
Karen necesitaba una explicación a su viaje precipitado.
– ¿Quién me llamó entonces? Sentí la llamada claramente y regresé, por eso estoy aquí.
Nadie contestó y Karen se sintió confundida. Elena se encaró con Criselda.
– ¿Y tú qué opinas, Criselda?
Criselda dudó. Apenas conocía a Anaíd, pero negar la posibilidad de iniciarla le parecía una traición a su hermana muerta.
– Todas las mujeres de la familia Tsinoulis hemos sido iniciadas de niñas. No ha habido ninguna que no mostrase condiciones, a no ser que…
Miró a Elena. La duda sobre el origen de Anaíd y la probabilidad de que no fuera hija de Selene no la había abandonado. Sólo así podría explicarse su falta de aptitudes.
Gaya lanzó una patada al suelo.
– Lo sabía, barres para tu propia casa, tu propio linaje. Deméter muerta, Selene desaparecida, Criselda enviada paramandarnos, y al final pretenderéis que nos mande la niña.
Criselda, que ya estaba hasta las narices de la beligerancia de Gaya, no calló a su provocación.
– No me obligues a proferir un conjuro de obediencia.
Gaya se revolvió como una leona panza arriba.
– No sabes hacerlo porque las Tsinoulis sois humo. Ni Selene es la elegida, ni Anaíd sirve ni servirá. Lo tengo muy claro, tan claro como que esto es mi mano y esto es mi pie.
Nada más acabar de pronunciar esas palabras vio con asombro que a su alrededor se había hecho el silencio y que todos los rostros se elevaban al cielo. Las tres mujeres tenían los ojos desorbitados, la boca abierta. Gaya siguió la trayectoria de las miradas y contempló, por encima de sus cabezas, la silueta de Anaíd suspendida entre las ramas de los robles, buscando un hueco para descender suavemente y posarse en el claro, en el centro exacto del círculo del coven. Gaya tragó saliva. Era el vuelo más perfecto que había presenciado en su vida, una maniobra admirable.
Anaíd rozó el suelo con los pies, abrió los ojos, las miró a las cuatro y exclamó con un asombro que a Criselda le pareció auténtico:
– ¿Cómo… cómo he llegado hasta aquí?
Gaya fue la única que respondió:
– ¡No me lo creo! No me creo ni una palabra del numerito que habéis montado. Esto es cosa de Criselda. Lo tenía preparado.
Anaíd no comprendió la indignación de Gaya, se sentía mareada y fuera de lugar. Tía Criselda le tomó la mano.
– Anaíd, bonita, ¿no lo habías hecho antes?
Anaíd recordaba vagamente su sueño. Había volado en sueños, pero ¿cómo demonios había aparecido en el claro del bosque?
– ¿El qué?
– Pues esto que has hecho ahora, volar hasta aquí.
– ¿Volar? ¿Quieres decir que he…?
Karen le acarició la mejilla.
– ¿Seguro que Selene o Deméter no te enseñaron a hacerlo?
Anaíd negó con la cabeza. Se sentía absolutamente desconcertada y escuchaba a las cuatro mujeres sin comprenderlas. No entendía nada.
Elena sonrió complacida. Había ganado su apuesta.
– ¿Lo veis?
Gaya se negaba a admitirlo.
– Es imposible, me costó seis años… Imposible.
Karen tampoco podía creerlo.
– ¿Y de dónde sacaste el ungüento?
Anaíd hizo memoria, eso sí que lo recordaba con claridad.
– Me unté con la crema de tía Criselda. Se dejó el tarro sobre su mesilla.
– ¿Y el conjuro? -preguntó Criselda atolondrada.
– ¿Qué conjuro?
– Dijiste unas palabras en voz alta, ¿no?
– Leí un libro que cayó en mis manos.
Gaya saltó de nuevo indignada.
– ¡Y un melón con patas! Di la verdad, Selene te inició en la brujería desde que ibas al parvulario.
Y eso sí que fue como una bofetada. Anaíd balbuceó incrédula.
– La…, ¿la brujería?
– No te hagas la tonta, eres tan bruja como yo, como ellas y como lo fueron tu abuela y tu madre.
Y entonces muchas piezas que permanecían sueltas en el puzzle de Anaíd cobraron forma y significado, pero la palabra «brujería» le sonaba muy fuerte. Criselda la sostuvo a tiempo. Anaíd se estaba poniendo pálida y se sujetaba al brazo de su tía para no caer. La sinceridad de la mirada de horror de los azules ojos de la niña no parecía en absoluto producto del fingimiento.
– ¿Una… bruja?
Nadie lo negó. Anaíd se dirigió a su maestra:
– ¿Has dicho que soy una… bruja?
Gaya se ratificó sin palabras, pero Anaíd ladeó la cabeza una vez y otra.
– No es cierto…, es una broma… -murmuró la niña.
Cuatro pares de ojos la contemplaron sin negar ni confirmar que se tratase de ninguna broma. Anaíd las miró una a una, echó una ojeada a su alrededor percibiendo la fuerza del círculo mágico que formaban y… lo asimiló.
No era ninguna broma.
Era una bruja.
Luego, se desplomó en los brazos de su tía.
PROFECÍA DE OMA
Y yo os digo que llegará el día en que la elegida