El Clan De La Loba
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #1
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Clan De La Loba». Краткое содержание книги:
Anaíd, que ha vivido durante sus catorce años de vida apartada en un pueblo del Pirineo, ignora los secretos que atañen a las mujeres de su familia… Hasta que la misteriosa desaparición de su madre, Selene la pelirroja, la enfrenta a una verdad tan escalofriante como increíble y la obliga a recorrer un largo camino cuajado de peligros y descubrimientos.
CAPÍTULO V
Anaíd despertó sobresaltada y abrió los ojos. Había oído un aullido de lobo, estaba segura. No pudo continuar durmiendo. Algo la empujó a levantarse, un desasosiego, o quizá la luz; había excesiva luz para ser de noche.
En efecto, abrió los postigos de la ventana y comprobó que la luna llena, majestuosa, coronaba las cumbres. La contempló acodada en el alféizar de la ventana. Hacía una temperatura algo bochornosa. Se relajó dejándose acariciar por los rayos lunares. Sin embargo, la noche, una noche primaveral, no hacía honor a ese firmamento despejado de nubes. El cielo parecía turbio. Desde que Selene desapareció la luz dejó de iluminar el día y matizar la noche con la misma intensidad. La cúpula terrestre parecía sucia sin ella.
«Un baño de luna, ¿te apetece?», la invitaba Selene algunas noches de verano, y juntas se estiraban sobre el césped y se dejaban adormecer por la luz mortecina sonriendo con complicidad cuando a lo lejos, provenientes de las montañas, les llegaban los primeros aullidos del lobo. Aullaban a la luna, su amiga, y se comunicaban unos con otros. Y ellas bailaban al son de los aullidos. Aullidos de amor, de pasión, de añoranza, de melancolía.
Todo en esa noche le recordaba a Selene. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no le decía nada? La añoraba tanto, tanto.
Otra vez sonó el aullido, largo, insistente, y mientras lo oía, Anaíd sintió cómo se le erizaba la piel de la nuca. Al poco rato, de una forma natural, del fondo de su garganta surgió también un aullido triste. Anaíd aulló y relató su pena a sus amigos los lobos, los amigos de Selene. Luego quedó inmóvil y se tapó la boca con la mano en un gesto espontáneo, con la sorpresa de quien acaba de cometer una travesura sin proponérselo. Pero no tuvo tiempo de reflexionar. La madre loba le respondió y Anaíd, más sorprendida todavía, comprendió el significado de su respuesta: «Ellas se la han llevado, ellas la tienen, ellas son poderosas, pero vulnerables.»
Se retiró de la ventana con las piernas temblorosas. Era absurdo, totalmente absurdo, pero había aullado y había entendido la respuesta de la loba. ¿Cómo sabía que era una loba? Lo sabía y punto. No, no tenía ni pies ni cabeza. Lobos y hombres no se comunicaban. No podían entenderse, pero ella la había entendido, aunque el mensaje fuera tan críptico. ¿Quiénes eran ellas? ¿Quiénes eran las que se habían llevado a su madre? ¿No había huido con Max?
Se cercioró de que sus brazos no se estuvieran volviendo peludos y se miró a hurtadillas en el espejo. No, no se estaba convirtiendo en una niña loba. Todo era tan extraño… Qué tontería, había sido simplemente una alucinación, pero necesitaba explicárselo a alguien que la convenciese de que no se estaba volviendo loca, como Selene. Sin dudarlo se dirigió a la habitación de su lía Criselda.
La cama estaba intacta, la habitación vacía y la ventana abierta. Anaíd se quedó atónita. El reloj marcaba las dos de la madrugada y en toda la casa no había rastro de tía Criselda. ¿Dónde se había metido? ¿Había desaparecido como Selene? ¿La había alcanzado un rayo como a Deméter? Eso último parecía improbable, el cielo estaba cuajado de estrellas opacas y la luna se mecía en el desfiladero.
Con ojos inquietos repasó todos los objetos de la habitación de tía Criselda a la búsqueda de una pista, de un indicio. Sobre la mesilla, junto a un libro, reposaba un tarro de crema abierto. Le atrajo su olor. Olía a Selene, era la misma crema que Selene utilizaba. Untó su dedo índice, aspiró el aroma a vainilla mezclado con efluvios de jazmín que le recordaba a Selene y, sin pensarlo dos veces, se frotó el rostro y las manos como le había visto hacer algunas noches. Aspiró una vez y otra y notó cómo la invadía poco a poco una agradable sensación.
Un ligero cosquilleo comenzó a ascenderle por las piernas y se sintió desfallecer, los miembros lasos, inertes, presos de una pereza terrible. Se dejó caer en la cama de tía Criselda y junto a ella, por efecto de su caída atolondrada, cayó el libro de la mesilla, abierto por una página al azar, o tal vez no fuese al azar, puesto que era una página arrugada y el libro tendía a abrirse siempre por ahí.
Un rayo de luna iluminó esa página e invitó a Anaíd a la lectura y Anaíd, prisionera de las casualidades que se alineaban en su camino mostrándole la dirección de sus pasos, leyó sin ton ni son, en una lengua extraña, pronunciando, ante su asombro, los sonidos, graves, exactos de las palabras que leía. Y a pesar de ignorar su significado, comprendió su sentido.
A medida que leía se sentía más y más segura de haber recitado esas palabras antes, de haberlas pronunciado en compañía de alguien y de saber perfectamente la cadencia y la melodía de cada una de ellas.
Notó un calor intenso que inundaba su cuerpo y hacía fluir su sangre por todas las arterias de sus miembros dormidos. El torrente sanguíneo latía en cada uno de los poros de su piel y la hacía sentir desbordante de vida, generosa de espacio. Una bruma nubló sus ojos y se adormeció notando cómo su cuerpo liviano, casi etéreo, se sumergía en la noche y flotaba a merced del viento.
El claro del bosque, cruzado por un arroyo y flanqueado por la ladera este de la montaña, estaba inusualmente visitado esa noche de luna llena. Cuatro mujeres habían formado un círculo y, tras entonar unos cánticos, habían bailado juntas una danza. Luego, la de mayor edad dispuso las velas en los cinco puntos que cortaban el círculo, propiciando la fuerza geométrica del pentágono, y las prendió.
Criselda, regordeta y desprovista de encanto, soltó el largo cabello que llevaba recogido en un moño, alzó su rostro hacia la luna y sus ojos resplandecieron y embellecieron sus facciones. Las otras tres oficiantes, imitando el gesto de su anfitriona, soltaron sus cabellos, elevaron sus miradas a la luna, se tomaron de la mano y aullaron al unísono, en el lenguaje de las lobas, su clan.
Estaban llamando a Selene. La desaparecida.
Al cabo de unos minutos les llegó una respuesta. Alguien respondía a su llamada, pero no era Selene. Su aullido era musical e impreciso. Se extrañaron, en su valle no había ningún otro miembro del clan de la loba. Sin embargo no tuvieron ocasión de verbalizar su extrañeza. Al cabo de muy poco escucharon nítidamente, algunas por primera vez, la respuesta de la madre loba: «Ellas se la han llevado, ellas la tienen, ellas son poderosas, pero vulnerables.»
Elena, Gaya, Criselda y Karen se dejaron caer al suelo víctimas del agotamiento psíquico y de un cierto desánimo. Ninguna fue capaz de expresar las dudas y el miedo que sentían por el rapto de Selene. Criselda menos que ninguna. Todas sabían que la fuerza telepática que habían desencadenado bastaba para que Selene las oyese y les respondiese, a no ser que Selene misma se protegiese de sus llamadas. Elena lanzó la pregunta a Criselda:
– ¿Y bien? ¿Qué podemos hacer con Selene?
Elena, la intuitiva, había cazado en más de una ocasión las dilaciones de Criselda en confesarles sus dudas.
– Estoy sobre la pista, pero necesito más tiempo.
Criselda sabía que no podría silenciar sus sospechas mucho más tiempo.
Todas callaron sumidas en sus propios pensamientos y le concedieron implícitamente el tiempo que pedía.
Criselda aprovechó para solucionar su otra preocupación.
– Mientras tanto, ¿quién se hace cargo de Anaíd y su aprendizaje?
Criselda no tenía la más mínima intención de solicitar ese honor a pesar de ser la familiar más cercana.