El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– Has podido hacerlo solo -supuso Matt.
Thorne se subió las mangas.
– ¿Por qué estás tan seguro de que Randi y el bebé se pondrán bien?
Matt alzó un lado de la boca.
– Porque son McCafferty, Thorne. Igual que nosotros, tienen demasiado carácter como para no superarlo.
Sin embargo, Thorne no estaba tan seguro.
Cuatro
– No quiero bailar -insistió Molly mientras Nicole llevaba a las dos niñas hacia el todoterreno. La lluvia había cesado durante la noche y el sol asomaba por unas nubes altas y finas.
– ¿Por qué no?
– No me gusta -Molly subió al coche y empezó a abrocharse el cinturón mientras que Mindy esperó a que su madre abrochara el suyo.
– El año que viene podrás jugar al fútbol y tenemos clases de natación en primavera. Hasta entonces, creo que tendrás que bailar. Ya he pagado las clases y no te van a venir mal.
– Me gusta bailar -dijo Mindy mirando a su hermana-. Me gusta la señorita Palmer.
– Pues yo odio a la señorita Palmer -Molly cruzó sus regordetes brazos sobre el pecho y miró con gesto enfadado hacia los asientos delanteros mientras Nicole se sentaba frente al volante.
– Odiar no esta bien -Mindy alzó las cejas imperiosamente y miró a su madre. Era el ángel asegurándose de que Nicole sabía que Molly estaba siendo la personificación de un pequeño demonio.
– «Odiar» es una palabra muy fuerte -dijo Nicole y arrancó el todoterreno a la primera-. ¡Muy bien! -añadió, y Mindy creyó que su madre estaba elogiándola. Unos rizos oscuros rebotaron alrededor de su cabeza mientras le lanzaba a su hermana una mirada con la que quería decirle «soy más buena que tú».
– jMami, está mirándome!
– No pasa nada.
– Quiero helado -insistió Molly.
– En cuanto termine la clase de baile.
– Odio bailar.
– Lo sé, lo sé, ya hemos hablado de eso -dijo Nicole encendiendo la calefacción. Hiciera o no sol, el aire seguía siendo frío.
Condujo sobre un pequeño puente y pasó por delante de un centro comercial de camino a la zona más antigua de la ciudad, donde una vieja escuela había sido convertida en una academia de baile. Aparcó, metió a las niñas y en lugar de quedarse a verlas practicar, fue hasta la estación de servicio donde el mecánico, tras mirar bajo el capó del todoterreno, alzó su mugriento sombrero y se rascó la cabeza.
– Me tiene descolocado -admitió moviendo un palillo de un lado a otro de su boca-. Parece que funciona bien. ¿Por qué no lo trae la semana que viene y lo deja aquí? ¿Podría? Lo miraremos bien.
Nicole concertó una cita, cruzó los dedos mentalmente, recogió a las niñas y paró en el supermercado y en la heladería antes de llegar a la casa.
– ¿Por qué papá no vive con nosotras? -preguntó Mindy.
Nicole aparcó y se metió las llaves en el bolsillo.
– Porque mamá y papá están divorciados, eso ya lo sabéis. Vamos, salid del coche.
– Y papá vive lejos -dijo Molly con gotas de helado de fresa por la barbilla.
– No viene a vernos. El papá de Bobbi Martin la visita.
– ¿Os gustaría que vuestro padre viniera a visitaros? -Nicole había abierto la puerta trasera y estaba desabrochando a Mindy el cinturón de seguridad.
– Sí.
– No -Molly sacudió la cabeza-. No le gustamos.
– Oh, Molly -Nicole estuvo a punto de discutir ese comentario, pero no vio razón para defender a Paul. No había mostrado interés en las gemelas desde que se habían divorciado. Enviar los cheques de la pensión debía de parecerle suficiente para cumplir con sus obligaciones de padre-. No conocéis a vuestro padre.
– ¿Va a venir a vernos? -preguntó Mindy con los ojos brillantes y sin hacer caso a su helado. La bola de crema y galletas estaba derritiéndose entre sus dedos.
– No lo sé. No tiene planeado hacerlo, no todavía. Pero si queréis, puedo llamarlo.
– ¡Llámalo! -Mindy lamió la parte de arriba del helado.
– No va a venir -Molly no parecía disgustada por ello, simplemente decía una verdad-. Te lo doy -dijo, le entregó el helado a su madre y bajó del coche. Caminó sobre el césped mojado hasta el columpio.
– ¿No puedes hacerlo tú sola? -preguntó Nicole al levantar la barra de seguridad de la silla de Mindy.
– Tú -la pequeña sonrió con picardía y luego, sin soltar el helado, salió del coche.
«Estás malcriándola», pensó Nicole mientras llevaba las bolsas de la compra a la casa. «Estás malcriándolas a las dos al intentar ser madre y padre a la vez. Sientes lástima por ellas porque, al igual que te pasó a ti, están creciendo sin su padre».
¿Era culpa suya? Tuvo muchos motivos para marcharse de San Francisco, para querer empezar de nuevo, pero tal vez al hacerlo estaba robándoles a sus hijas una parte vital de sus vidas, la oportunidad de conocer a su padre.
Aunque tampoco podía decirse que él hubiera mostrado ningún interés por ellas cuando aún vivían juntos. Nunca había visto a las niñas más de un par de horas seguidas y su nueva mujer había dejado bien claro que veía a las gemelas como un «equipaje» que ni quería ni necesitaba.
Así que Nicole no iba a torturarse con ello. Las gemelas estaban bien. Bien.
Parches, que había estado lavándose la cara sobre la repisa de la ventana, saltó al suelo.
– Travieso -susurró Nicole. Añadió un poco más de comida a su plato, sacó la compra de las bolsas y miró a las niñas por la venta de atrás. Estaban jugando en el balancín, riéndose bajo el fresco aire y unas nubes que volvían a juntarse. Pulsó el botón del contestador automático.
La primera voz que oyó fue la de Thorne McCafferty:
«Hola, soy Thorne. Llámame».
Dejó su número de teléfono y, al oírlo, el estómago le dio un vuelco. Por qué le provocaba esas sensaciones después de tantos años era algo que no entendía. Sabía que había sido su primer amor, pero habían pasados años y años desde entonces. De modo que, ¿por qué seguía afectándola tanto? Miró hacia la repisa de la ventana donde había colocado el jarrón con la rosa blanca: una forma de hacer las paces, nada más.
Deseaba poder entender por qué no podía sacarse a Thorne de la cabeza. Ella no era una mujer solitaria, no era una mujer necesitada. No quería un hombre en su vida, al menos, no todavía. Así que, ¿por qué cada vez que oía su voz, esos viejos recuerdos que había escondido en un rincón escapaban y corrían por su mente causando estragos?
– Porque eres idiota -dijo y terminó de descargar el coche.
Recordó el momento en que lo vio por primera vez, el verano antes de su último año de instituto. Él estaba allí solo, estaba anocheciendo, el cielo brillaba con tonos rosados sobre las colinas del oeste y las primeras estrellas comenzaban a brillar en la noche. El calor del día pendía del aire con sólo una brisa que levantaba su cabello y rozaba sus mejillas. Estaba sentada en una manta, sola, su mejor amiga la había dejado tirada en el último momento para irse con su novio y de pronto había aparecido Thorne, alto, fornido, con una camiseta que le marcaba los hombros y unos vaqueros de cadera baja desteñidos.
– ¿Está reservado este sitio? -le había preguntado y ella no había respondido porque pensaba que estaba hablando con otra persona-. Perdona -había vuelto a decir y Nicole había alzado la cara para mirar a esos intensos ojos grises que la atraparon y no la dejaron marchar-. ¿Puedo sentarme aquí?
Nicole no podía creer lo que había oído. Había docenas de mantas tiradas por la hierba de la colina, cientos de personas reunidas y tomando un picnic mientras esperaban a que empezara el show, ¿y él quería sentarse precisamente allí? ¿A su lado?
– Bueno… claro -había logrado responder a pesar de sentirse como una completa estúpida y la cara ardiéndole de la vergüenza.