Una vacante imprevista
- Автор: Роулинг Джоан Кэтлинг
- Год: 2013
- Язык: испанский
- Год: Salamandra
- ISBN: 978-84-9838-492-5
- Переводчик: Gemma Rovira
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Una vacante imprevista». Краткое содержание книги:
La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano.
Sin que el lector apenas lo perciba, Rowling consigue involucrarlo en temas de profundo calado mientras lo conduce sin pausa a un sorprendente desenlace final.
—Pero será auténtico, ¿no? —preguntó—. No irás a colocarme una imitación barata, ¿eh?
—Está recién salido del almacén —replicó el chico irguiéndose un poco—. Es auténtico, todavía está embalado y todo.
—De acuerdo. Tráelo el miércoles.
—¿Cómo? ¿Aquí? —El muchacho negó con la cabeza—. No, tío, al trabajo no… ¿Dónde vives?
—En Pagford.
—¿Dónde de Pagford?
La aversión de Simon a mencionar su dirección rayaba en la superstición. No sólo le desagradaban los visitantes, invasores de su intimidad y potenciales saqueadores de su propiedad, sino que consideraba Hilltop House como algo inviolado, inmaculado, un mundo aparte de Yarvil y de la retumbante y chirriante imprenta.
—Ya iré a recogerlo yo después del trabajo —dijo, sin contestar la pregunta—. ¿Dónde lo tienes?
El otro no parecía satisfecho. Simon lo fulminó con la mirada.
—Bueno, necesitaría la pasta por adelantado —repuso el joven.
—Tendrás el dinero cuando yo tenga el material.
—Mira, tío, esto no funciona así.
A Simon le pareció que empezaba a dolerle la cabeza. No conseguía librarse de la espantosa idea, implantada por su imprudente esposa esa mañana, de que uno podía ir por ahí durante años con una diminuta bomba no detectada en el cerebro. El constante estruendo de la prensa del otro lado de la puerta no le hacía ningún bien, eso seguro; quizá aquel incesante fragor llevara años adelgazando las paredes de sus arterias.
—Está bien —gruñó, y se retorció en la silla para sacarse la cartera del bolsillo de atrás.
El chico se acercó a la mesa con una mano extendida.
—¿Por casualidad vives cerca del club de golf de Pagford? —preguntó, mientras Simon iba poniéndole billetes de diez en la palma—. Un colega mío estuvo allí anoche y vio morirse a un tío. Vomitó, se cayó seco y se fue al otro barrio en el puto aparcamiento.
—Sí, eso me han contado —repuso Simon, frotando el último billete entre los dedos antes de dárselo, para asegurarse de que no había dos pegados.
—Era un concejal corrupto, ese tío que la palmó. Aceptaba sobornos. Grays le pagaba para llevarse las contratas.
—¿Ah, sí? —dijo Simon afectando indiferencia, pero sumamente interesado.
«Barry Fairbrother. ¿Quién lo habría imaginado?»
—Pues ya te avisaré —continuó el chico guardándose las ochenta libras en el bolsillo de atrás—. Iremos a recogerlo juntos. El miércoles.
La puerta del despacho se cerró. Simon se olvidó del dolor de cabeza, que en realidad sólo había sido una punzada, ante la fascinación que le produjo la revelación de la deshonestidad de Barry Fairbrother. Barry Fairbrother, tan atareado y sociable, tan alegre y popular: y, entretanto, embolsándose los sobornos de Grays.
Esa noticia no conmocionó a Simon como habría hecho con prácticamente cualquiera que conociera a Barry, ni empeoró la opinión que tenía de él, sino todo lo contrario: le hizo sentir mayor respeto por el difunto. Cualquiera con dos dedos de frente intentaba, constante y encubiertamente, afanar cuanto pudiera; eso Simon ya lo sabía. Se quedó ensimismado, mirando sin ver la hoja de cálculo de la pantalla del ordenador y sin oír los chirridos de la prensa del otro lado del polvoriento cristal.
Si se tenía familia, no había más remedio que trabajar de nueve a cinco, pero Simon siempre había sabido que había caminos mejores, que una vida de lujo y facilidades colgaba por encima de su cabeza como una abultada piñata que él podría romper si tuviera un bastón lo bastante largo y supiese cuándo golpearla. Simon tenía la infantil creencia de que el resto del mundo existía como escenario para su propia obra teatral, de que el destino estaba suspendido sobre él, lanzándole pistas y señales. Así que no pudo evitar pensar que acababa de recibir una de esas señales, un guiño celestial.
Los chivatazos sobrenaturales explicaban varias decisiones aparentemente quijotescas que Simon había tomado en el pasado. Años atrás, cuando sólo era un modesto aprendiz en la imprenta, con una hipoteca que a duras penas podía pagar y una joven esposa embarazada, había apostado cien libras a un caballo muy bonito llamado Ruthie’s Baby en el Grand National, que había acabado penúltimo. Poco después de comprar Hilltop House, Simon había invertido mil doscientas libras, que Ruth reservaba para cortinas y alfombras, en un proyecto de multipropiedad dirigido por un viejo conocido suyo de Yarvil, un poco fanfarrón y chanchullero. La inversión de Simon se había esfumado junto con el director de la empresa; pero si bien había gritado y renegado, fuera de sí, e incluso había dado una patada a su hijo pequeño y lo había hecho caer desde la mitad de la escalera por ponerse en su camino, no había llamado a la policía. Se había enterado de ciertas irregularidades en el funcionamiento de la empresa antes de invertir en ella, y temía que le hicieran preguntas incómodas.
Con todo, contrapuestos a esas calamidades también había habido golpes de suerte, trucos que funcionaban, corazonadas confirmadas, y Simon les daba mucho valor cuando hacía balance; eran la razón por la que conservaba la fe en su buena estrella, y eso lo reafirmaba en su convicción de que el universo le tenía preparado algo más que esa idiotez de trabajar a cambio de un sueldo modesto hasta que te jubilas o te mueres. Chanchullos y fórmulas mágicas, cables y favores; todo el mundo lo hacía, incluso el pequeño Barry Fairbrother, quién lo hubiese dicho.
En su cuchitril, Simon Price dirigió su codiciosa mirada hacia una vacante entre las filas de privilegiados con acceso a un lugar donde, de momento, el dinero goteaba sobre un asiento vacío, sin ningún regazo aguardando para recogerlo.
(LOS VIEJOS TIEMPOS)
Ocupación ilegal
12.43 Frente a los intrusos (quienes, en principio, deben tomar las propiedades ajenas y a sus ocupantes tal como los encontraran)…