Una vacante imprevista
- Автор: Роулинг Джоан Кэтлинг
- Год: 2013
- Язык: испанский
- Год: Salamandra
- ISBN: 978-84-9838-492-5
- Переводчик: Gemma Rovira
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Una vacante imprevista». Краткое содержание книги:
La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano.
Sin que el lector apenas lo perciba, Rowling consigue involucrarlo en temas de profundo calado mientras lo conduce sin pausa a un sorprendente desenlace final.
—Ahora el equipo se irá a la mierda —dijo.
—No tiene por qué, Krystal. Y no sigas con las palabrotas, por favor.
—Anda que no.
A Tessa le habría gustado contradecirla, pero el agotamiento diluyó ese impulso. Además, Krystal tenía razón, tal como decía la parte más realista del cerebro de Tessa. Aquello iba a ser el final de la embarcación de ocho remeras. Barry era la única persona del mundo capaz de meter a Krystal Weedon en un equipo y conseguir que permaneciera en él. Tessa estaba convencida de que ahora la chica lo abandonaría; probablemente Krystal también lo sabía. Se quedaron un rato calladas; Tessa estaba demasiado cansada para buscar las palabras que podrían haber rebajado la tensión. Tenía escalofríos y se sentía desprotegida, exhausta. Llevaba veinticuatro horas sin dormir.
(Samantha Mollison la había telefoneado desde el hospital a las diez en punto, justo cuando Tessa salía de darse un largo baño y se disponía a ver las noticias de la BBC. Había vuelto a vestirse apresuradamente mientras Colin hacía ruidos inarticulados y tropezaba con los muebles. Desde abajo le habían dicho a su hijo adónde iban, y luego habían corrido hasta el coche. Colin había conducido a excesiva velocidad hasta Yarvil, como si cubriendo el trayecto en un tiempo récord pudiese devolver a Barry a la vida, como si pretendiera tomarle la delantera a la realidad para modificarla.)
—Si no me dice nada, me voy —amenazó la joven.
—Por favor, no seas maleducada, Krystal. Esta mañana estoy muy cansada. El señor Wall y yo hemos pasado la noche con la señora Fairbrother en el hospital. Somos buenos amigos.
(Mary se había derrumbado al ver a Tessa: se le había echado a los brazos y había ocultado la cara en su cuello soltando un gemido desgarrador. Mientras lloraba ella también, y sus lágrimas resbalaban por la estrecha espalda de Mary, había pensado con asombrosa claridad que el ruido que estaba haciendo su amiga se llamaba plañido. El cuerpo que Tessa había envidiado tantas veces, menudo y ligero, había temblado en sus brazos, apenas capaz de contener el dolor que le exigían soportar.
Tessa no recordaba cuándo se habían marchado Miles y Samantha. No los conocía mucho. Suponía que se habrían alegrado de poder largarse de allí.)
—A su mujer la vi un día —dijo Krystal—. Una tía rubia, vino a una carrera.
—Ya —dijo Tessa.
Krystal se mordisqueaba las yemas de los dedos.
—Él quería que me entrevistaran para el diario —añadió bruscamente.
—¿Cómo dices? —se sorprendió Tessa.
—El señor Fairbrother. Quería que me entrevistaran. A mí sola.
Tiempo atrás, el periódico local había publicado un artículo sobre la embarcación de ocho de Winterdown, que se había clasificado en el primer puesto en las finales regionales. Krystal, que leía con dificultad, se había llevado un ejemplar del periódico al instituto para enseñárselo a Tessa, y ésta había leído el artículo en voz alta, intercalando exclamaciones de admiración y alegría. Aquélla había sido la sesión de orientación más feliz que Tessa recordaba.
—¿Iban a entrevistarte con relación al equipo? —preguntó Tessa—. ¿Querían publicar otro artículo sobre el remo?
—No. Era otra cosa. —Hizo una pausa y dijo—: ¿Cuándo es el entierro?
—Todavía no lo sabemos.
Krystal siguió mordisqueándose las uñas y Tessa no fue capaz de encontrar la energía necesaria para interrumpir el silencio que se solidificaba alrededor de ellas.
X
El anuncio de la muerte de Barry en la web del concejo parroquial cayó como un guijarro en el ingente océano, sin apenas dejar ondulaciones en el agua. Aun así, ese lunes las líneas telefónicas de Pagford estaban más ocupadas de lo normal y grupitos de peatones se congregaban en las estrechas aceras para comprobar, con gestos de consternación, la exactitud de sus informaciones.
A medida que la noticia se propagaba, fue produciéndose una extraña transmutación. Le pasó a la firma que aparecía en los documentos archivados en el despacho de Barry, y a los correos electrónicos que se acumulaban en las bandejas de entrada de sus numerosos conocidos: empezaron a adquirir el patetismo del rastro de migas de pan de un niño perdido en el bosque. Aquellos garabatos trazados deprisa, y los píxeles ordenados por unos dedos que nunca volverían a moverse, adquirieron el aspecto macabro de cáscaras vacías. A Gavin ya le repelía un poco ver los SMS de su difunto amigo en el teléfono, y una de las chicas del equipo de remo que salieron llorando de la reunión encontró en su mochila un formulario que Barry había firmado y se puso casi histérica.
La reportera de veintitrés años del Yarvil and District Gazette no tenía ni idea de que el cerebro de Barry, tan incansable hasta hacía muy poco, ahora sólo era una masa de pesado tejido esponjoso sobre una bandeja de metal en el South West General. Leyó lo que le había enviado por correo electrónico una hora antes de su muerte y lo llamó al móvil, pero nadie contestó. El teléfono de Barry, que él había apagado a petición de Mary antes de salir hacia el club de golf, reposaba silencioso junto al microondas en la cocina, con el resto de los efectos personales que le habían entregado a su mujer en el hospital. Nadie los había tocado. Esos objetos tan familiares —el llavero con cadena, el móvil, la cartera vieja y gastada— parecían partes del propio difunto; podrían haber sido sus dedos, sus pulmones.
La noticia se extendía en todas direcciones; salía en forma radiada, formando un halo, de quienes habían estado en el hospital. En todas direcciones hasta llegar a Yarvil, alcanzando a quienes sólo conocían a Barry de vista, de nombre o por su reputación. Poco a poco los hechos se fueron deformando y desenfocando; en algunos casos se distorsionaron. A veces el propio Barry desaparecía tras los detalles de su deceso y quedaba reducido a una erupción de vómito y orina, una catástrofe con forma de bulto espasmódico; y parecía incongruente, incluso grotescamente cómico, que un hombre hubiera muerto de manera tan impresentable en aquel club de golf tan elegante.
Simon Price, por ejemplo, uno de los primeros en enterarse de la muerte de Barry, en su casa en lo alto de la colina con vistas a Pagford, oyó otra versión en la imprenta Harcourt-Walsh de Yarvil, donde trabajaba desde que había terminado los estudios. Se la dio un joven empleado, conductor de carretilla elevadora, al que Simon encontró mascando chicle junto a la puerta de su despacho cuando volvía del lavabo a última hora de la tarde. El chico no había ido a verlo para hablar de Barry, ni mucho menos.
—Eso que comentaste que quizá podría interesarte… —masculló después de entrar detrás de Simon y cerrar la puerta—, podría hacerlo el miércoles, si todavía te interesa.
—¿Ah, sí? —respondió Simon, y se sentó a su mesa—. ¿No me dijiste que ya estaba a punto?
—Sí, pero no puedo organizar la recogida hasta el miércoles.
—¿Y cuánto dijiste que me costaría?
—Ochenta billetes, si es en cash.
El chico mascaba enérgicamente; Simon oía el borboteo de su saliva. Ver a alguien mascar chicle era una de las cosas que más detestaba.