El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día
- Автор: Ротфусс Патрик
- Серия: Crónica del Asesino de Reyes #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
Los nobles no utilizaban los montacargas. El recelo típicamente víntico hacia todas las cosas remotamente arcanas les hacía utilizar los elevadores. Se trataba de unas cabinas tiradas por veinte caballos enganchados a una compleja serie de poleas. Los elevadores eran un poco más rápidos, y un viaje costaba un sueldo de plata. Lo mejor era que, aproximadamente una vez al mes, algún joven noble borracho se caía de ellos y se mataba, contribuyendo a su popularidad al demostrar la alcurnia de su clientela.
Como el dinero que llevaba en la bolsa no era mío, decidí utilizar los elevadores.
Me puse en la cola detrás de cuatro caballeros y una dama, esperé a que descendiera la cabina, entregué mi fino sueldo de plata y embarqué.
La cabina no era más que una caja con las paredes abiertas y con una barandilla de latón alrededor del borde. Unas gruesas cuerdas de cáñamo atadas a las esquinas le daban cierta estabilidad, pero cualquier movimiento brusco la hacía oscilar de forma alarmante. Un chico elegantemente vestido subía y bajaba con cada grupo de pasajeros y se encargaba de abrir la puerta e indicar por señas a los encargados de manejar los caballos, que estaban arriba, cuándo tenían que empezar a tirar.
Los nobles tienen la costumbre de colocarse de espaldas a Severen cuando van en los elevadores. Quedarse mirando embobado era propio de la plebe. Como no me importaba demasiado lo que pudieran pensar los nobles de mí, me puse junto a la barandilla frontal. A medida que ascendíamos, mi estómago hacía cosas muy extrañas.
Vi extenderse Severen a lo bajo. Era una ciudad antigua y orgullosa. La gran muralla que la rodeaba hablaba de un pasado turbulento. El hecho de que estuviera perfectamente conservada en aquellos tiempos de paz decía mucho del maer. Las tres puertas estaban vigiladas, y se cerraban todas las noches, a la puesta de sol.
El elevador siguió subiendo, y pude distinguir claramente las diferentes partes de Severen, como si estuviera viéndolas en un mapa. Había un barrio rico, con parques y jardines, donde los edificios eran de ladrillo y de piedra vieja. Estaba el barrio pobre, de callejuelas estrechas y retorcidas, donde los tejados eran de brea y de tejas planas de madera. A los pies del precipicio, una cicatriz negra marcaba el paso de un incendio por la ciudad en el pasado, dejando poco más que el esqueleto calcinado de los edificios.
El trayecto llegó a su fin antes de lo que me habría gustado. Dejé que desembarcaran los otros pasajeros y me incliné sobre la barandilla para contemplar la ciudad desde las alturas.
– ¿Señor? -dijo cansinamente el chico encargado de acompañar a los pasajeros-. Todos abajo.
Me volví, salí del elevador y vi a Denna delante de la cola para entrar.
Antes de que pudiera hacer otra cosa que mirarla embobado, ella se dio la vuelta y me vio. Su rostro se iluminó. Gritó mi nombre, corrió hacia mí y, antes de que me diera cuenta, la tenía acurrucada contra el pecho. La abracé y apoyé la mejilla contra su oreja. Encajábamos como dos bailarines, como si hubiéramos practicado aquel abrazo un millar de veces. Denna era cálida y suave.
– ¿Qué haces aquí? -me preguntó. El corazón le latía deprisa, y yo lo notaba estremecerse contra mi pecho.
Denna se separó de mí, y me quedé allí plantado, mudo. Entonces me fijé en que tenía un cardenal en un pómulo; debía de ser antiguo, porque ya estaba amarillento. Aun así, Denna era la cosa más hermosa que yo había visto desde hacía dos meses y en mil quinientos kilómetros a la redonda.
– ¿Y tú? -repliqué-. ¿Qué haces aquí?
Denna rió con su risa vibrante y estiró un brazo para posar la mano sobre el mío. Entonces miró más allá de mi hombro, y su rostro se ensombreció.
– ¡Espera! -le gritó al chico, que ya estaba cerrando la puerta del elevador-. Si no cojo ese, llegaré tarde -me dijo, compungida; pasó a mi lado y montó dentro-. ¡Búscame!
El chico cerró la puerta, y se me hundió el corazón en el pecho al ver que el elevador iniciaba el descenso.
– ¿Dónde tengo que buscarte? -Me acerqué al borde del Tajo y vi que Denna descendía y se alejaba más y más.
Ella miraba hacia arriba; el blanco de su cara se destacaba contra la oscuridad, y su cabello apenas se distinguía de las sombras nocturnas.
– En la segunda calle al norte de la Calle Mayor: Hojalateros.
Las sombras la engulleron, y de pronto me quedé solo. El aroma de Denna todavía me envolvía, y su calor empezaba a desaparecer de mis manos. Aún notaba el temblor de su corazón, como un pájaro enjaulado batiendo las alas contra mi pecho.
Capítulo 61
Después de mi excursión a Severen, dejé el estuche del laúd en mi habitación y me dirigí tan deprisa como pude a los aposentos de Alveron. Stapes no se alegró de verme, pero me hizo pasar con la misma eficiencia de siempre.
Encontré a Alveron tumbado en la cama, aletargado y empapado de sudor, en medio de un revoltijo de sábanas. Hasta entonces no me fijé en lo mucho que había adelgazado. Tenía los brazos y las piernas flacos y nervudos, y su tez había pasado del blanco al gris. Cuando entré en la habitación, me miró con odio.
Stapes le arregló un poco las sábanas al maer y lo ayudó a incorporarse y recostarse en las almohadas. El maer soportó estoicamente esas atenciones, y entonces dijo «Gracias, Stapes», dándole a entender que debía salir de la habitación. El valet se marchó sin darse ninguna prisa, y tuvo tiempo de sobra para lanzarme una mirada claramente hostil.
Me acerqué a la cama del maer y saqué varios artículos de los bolsillos de mi capa.
– He encontrado todo lo imprescindible, excelencia, aunque me habría gustado comprar algunas cosas más. ¿Cómo se encuentra?
Alveron me lanzó una mirada que hablaba por sí sola.
– Has tardado una eternidad. Ha venido Caudicus.
– ¿Qué ha pasado? -pregunté conteniendo la ansiedad.
– Me ha preguntado cómo me encontraba, y le he dicho la verdad. Me ha examinado los ojos y la garganta y me ha preguntado si había vomitado. Le he dicho que sí, y que quería más medicina y que me dejaran solo. Se ha marchado y me ha enviado más poción.
– ¿Se la ha bebido? -pregunté, aterrado.
– Si llegas a tardar un poco más, me la habría bebido, y al infierno con tus cuentos de hadas. -Sacó otro frasco de debajo de la almohada-. No veo qué mal podría hacerme, puesto que ya me siento morir. -Me lo lanzó, furioso.
– Creo que conseguiré que se sienta mejor, excelencia. Recuerde que esta noche será la más difícil. Mañana pasará un mal día. Pero después de eso, todo irá bien.
– Si vivo para contarlo -refunfuñó el maer.
Solo era la queja de un enfermo irascible, pero reflejaba mis pensamientos con tanta precisión que noté un escalofrío. Hasta ese momento no me había planteado que el maer podía morir pese a mi intervención. Pero al verlo tan frágil, gris y tembloroso, comprendí que quizá no pasara de esa noche.
– Primero esto, excelencia -dije, y le mostré la petaca.
– ¿Brandy? -dijo con velado optimismo. Negué con la cabeza y destapé la botella. Al oler su contenido, el maer arrugó la nariz y se hundió en las almohadas-. Por los dientes de Dios. Como si morir no fuera suficiente. ¿Aceite de hígado de bacalao?
Asentí sin inmutarme.
– Dé dos buenos tragos, excelencia. Esto es parte de su cura.
Alveron no hizo ademán de beber.
– Nunca he podido tolerarlo, y últimamente vomito hasta el té. No voy a tomarme la molestia de bebérmelo solo para marearme y arrojarlo.
Asentí con la cabeza y volví a tapar la botella.
– Le daré algo para remediar eso -dije. En la mesilla de noche había un jarro de agua, y empecé a prepararle una infusión.
Alveron estiró el cuello con dificultad para ver qué hacía.
– ¿Qué estás poniendo ahí?
– Una cosa para evitar que tenga náuseas, y otra para ayudar a que su organismo elimine el veneno. Un poco de láudano para aliviar las ansias. Y té. ¿Toma usted azúcar, excelencia?
– Normalmente no. Pero supongo que sin azúcar sabrá a agua de ciénaga.
Añadí una cucharada, removí y le acerqué la taza.
– Tú primero -dijo Alveron. Me miró, pálido y demacrado, con sus afilados y grises ojos. Esbozó una sonrisa terrible.
Vacilé, pero solo un instante.
– A la salud de su excelencia -dije, y di un buen trago. Hice una mueca y añadí otra cucharada de azúcar-. Tenía usted razón, excelencia. Sabe a agua de ciénaga.
Alveron cogió la taza con ambas manos y empezó a beber dando sorbos cortos pero decididos.
– Espantoso -se limitó a decir-. Pero es mejor que nada. ¿Sabes lo horroroso que es tener sed y no poder beber por temor a vomitar? Es algo que no le deseo ni a un perro.
– Espere un poco antes de terminárselo -le advertí-. Dentro de unos minutos le habrá calmado el estómago.
Fui a la otra habitación y vertí el contenido del nuevo frasco de medicina en los bebederos de los zunzunes. Me tranquilizó comprobar que todavía bebían el néctar mezclado con la medicina, pues me preocupaba que pudieran evitarlo debido al cambio de sabor o a algún instinto natural de supervivencia.
También me preocupaba la posibilidad de que el plomo no fuera venenoso para los sorbicuelos. Me preocupaba que pudieran tardar un ciclo en mostrar sus efectos, y no unos días. Me preocupaba el mal genio del maer. Me preocupaba su enfermedad. Me preocupaba la posibilidad de estar equivocado respecto a todas mis suposiciones.
Volví junto al maer y lo encontré con la taza vacía en las manos. Le preparé una segunda taza, parecida a la primera, y él se la bebió deprisa. Luego nos quedamos callados unos quince minutos.
– ¿Cómo se encuentra, excelencia?
– Mejor -admitió de mala gana. Detecté cierto embotamiento en su voz-. Mucho mejor.
– Debe de ser el láudano -comenté-. Pero su estómago ya debería de estar calmado. -Cogí la botella de aceite de hígado de bacalao-. Dos buenos tragos, excelencia.
– ¿De verdad que no hay otro remedio? -preguntó el maer, asqueado.
– Si tuviera acceso a las boticas que hay cerca de la Universidad, podría buscarle algo más agradable, pero de momento esto es lo único que puedo ofrecerle.
– Prepárame otra taza de té para ayudarme a tragarlo. -Cogió la botella, dio dos sorbitos y me la devolvió haciendo una mueca de asco.
Suspiré por dentro.
– Si va a bebérselo a sorbitos, nos pasaremos toda la noche así. Dos buenos tragos, como los que dan los marineros para beberse el whisky barato.
El maer me miró con mala cara.
– No me hables como si fuera un crío.
– Pues entonces, compórtese como un hombre -dije con brusquedad; lo dejé anonadado, porque se quedó mudo-. Dos tragos cada cuatro horas. Así, se habrá terminado la botella mañana por la mañana.
Entrecerró sus grises ojos con aire amenazador.
– Permíteme recordarte con quién estás hablando.
– Estoy hablando con un enfermo que no quiere tomarse la medicina -dije desapasionadamente.
Vi arder la ira tras los ojos del maer, adormecidos por el láudano.
– Medio litro de aceite de pescado no es una medicina -dijo entre dientes-. Es una exigencia cruel e irrazonable. Lo que me estás pidiendo es sencillamente imposible.
Le lancé mi mirada más fulminante y le quité la botella de las manos. Sin apartar la vista de sus ojos, me bebí todo el contenido. Un trago tras otro de aceite pasó por mi gaznate mientras le sostenía la mirada al maer. Vi cómo su expresión pasaba del enfado al asco, y acababa en mudo respeto. Puse la botella boca abajo, pasé un dedo por el interior del cuello y me lo chupé.
Saqué la otra petaca del bolsillo de mi capa.
– Esta iba a ser su dosis de mañana, pero tendrá que tomársela esta noche. Si lo prefiere, puede dar un trago cada dos horas. -Se la acerqué sin dejar de mirarlo a los ojos.
Alveron cogió la botella sin rechistar, dio dos buenos tragos y tapó la botella con decisión. Con los nobles, el orgullo siempre funciona mejor que la razón.
Metí la mano en uno de los bolsillos de mi bonita capa granate y saqué el anillo del maer.
– Antes se me ha olvidado devolverle esto, excelencia. -Le ofrecí el anillo.
Estiró una mano para cogerlo, pero se detuvo.
– Quédatelo, de momento -dijo-. Supongo que te lo has ganado.
– Gracias, excelencia -dije cuidando de mantener una expresión serena. Alveron no me estaba invitando a llevar su anillo, pero que me permitiera quedármelo suponía un gran paso adelante en nuestra relación. No sabía si conseguiría que el maer tuviera éxito cortejando a lady Lackless, pero ese día lo había impresionado.
Le puse más infusión en la taza y decidí terminar de darle las instrucciones aprovechando que todavía me prestaba atención.
– Debe terminarse toda la infusión esta noche, excelencia. Pero recuerde que es lo único que podrá beber hasta mañana. Cuando envíe a buscarme, le prepararé más. Esta noche debe intentar ingerir todo el líquido que pueda. Leche, por ejemplo. Añádale un poco de miel y le costará menos tragarla.
El maer asintió; me pareció que se estaba quedando dormido. Sabía lo mal que lo iba a pasar esa noche, y decidí dejarlo tranquilo. Recogí mis cosas y salí del dormitorio.
Stapes me esperaba en las habitaciones exteriores. Le comenté que el maer dormía, y le dije que no tirara el té de la tetera, pues su excelencia se lo pediría cuando despertara.
La mirada que me lanzó Stapes cuando salí por la puerta no fue meramente fría, como lo había sido antes. Era una mirada de odio, prácticamente venenosa. Cuando el valet cerró la puerta detrás de mí, comprendí lo que debía de parecerle todo aquello. Debía de pensar que me estaba aprovechando del maer en aquellos momentos de debilidad.
Hay muchísima gente así en el mundo, médicos itinerantes sin escrúpulos que se aprovechan del miedo de quienes están gravemente enfermos. El mejor ejemplo es Ortiga Muerta, el vendedor de pociones de Tres peniques por un deseo. Quizá sea uno de los personajes más odiados del teatro, y no hay ningún público que no aplauda cuando ponen a Ortiga Muerta en la picota, en el cuarto acto.
Sin olvidar eso, empecé a pensar en lo frágil y gris que había visto al maer. Cuando vivía en Tarbean, había visto morir a jóvenes sanos por síndrome de abstinencia de ófalo, y el maer ni era joven ni estaba sano.
¿A quién culparían si moría? Desde luego, no a Caudicus, su fiel consejero. Ni a Stapes, su querido valet…
A mí. Me culparían a mí. Su estado había empeorado poco después de mi llegada. No tenía ninguna duda de que Stapes se apresuraría a recordar a todos que yo había estado a solas con el maer en sus aposentos. Que le había preparado una infusión justo antes de que el maer pasara una noche terrible.
Me considerarían, con suerte, un joven Ortiga Muerta. Y sin suerte, un asesino.
En eso iba pensando mientras volvía a mis habitaciones por los pasillos del palacio del maer; solo me detuve una vez para asomarme por una de las ventanas que daban a Bajo Severen y vomitar medio litro de aceite de hígado de bacalao.