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El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día

Электронная книга - «El temor de un hombre sabio. Crónicas del Asesino de Reyes: segundo día». Краткое содержание книги:

Músico, mendigo, ladrón, estudiante, mago, héroe y asesino. Kvothe es un personaje legendario, el héroe o el villano de miles de historias que circulan entre la gente. Todos le dan por muerto, cuando en realidad se ha ocultado con un nombre falso en una aldea perdida. Allí simplemente es el taciturno dueño de Roca de Guía, una posada en el camino. Hasta que hace un día un viajero llamado Cronista le reconoció y le suplicó que le revelase su historia, la auténtica, la que deshacía leyendas y rompía mitos, la que mostraba una verdad que sólo Kvothe conocía. A lo que finalmente Kvothe accedió, con una condición: había mucho que contar, y le llevaría tres días. Es la mañana del segundo día, y tres hombres se sientan a una mesa de Roca de Guía: un posadero de cabello rojo como una llama, su pupilo Bast y Cronista, que moja la pluma en el tintero y se prepara a transcribir…
El temor de un hombre sabio empieza donde terminaba El nombre del viento: en la Universidad. De la que luego Kvothe se verá obligado a partir en pos del nombre del viento, en pos de la aventura, en pos de esas historias que aparecen en libros o se cuentan junto a una hoguera del camino o en una taberna, en pos de la antigua orden de los caballeros Amyr y, sobre todo, en pos de los Chandrian. Su viaje le lleva a la corte plagada de intrigas del maer Alveron en el reino de Vintas, al bosque de Eld en persecución de unos bandidos, a las colinas azotadas por las tormentas que rodean la ciudad de Ademre, a los confines crepusculares del reino de los Fata. Y cada vez parece que tiene algo más cerca la solución del misterio de los Chandrian, y su venganza.
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Alveron asintió despacio.

– No afirmaré que conozca perfectamente este preparado -dije señalando el frasco-. Pero sé que lo que está envenenándolo es el plomo. Eso explica la perlesía y los dolores musculares y de las vísceras. Los vómitos y la parálisis.

– No he tenido parálisis.

– Hummm. -Lo miré de arriba abajo con mirada crítica-. Es una suerte. Pero esta pócima contiene algo más que plomo. Supongo que también contiene una cantidad considerable de ófalo, que no es exactamente venenoso.

– Entonces, ¿qué es?

– Más que una medicina, es una droga.

– ¿En qué quedamos, es droga o medicina?

– ¿Alguna vez ha tomado láudano, excelencia?

– Una vez, cuando era joven. Me rompí una pierna y el dolor no me dejaba dormir.

– El ófalo es una droga parecida, pero suele evitarse su administración, puesto que es muy adictiva. -Hice una pausa-. También se llama resina de denner.

Al oír eso, el maer palideció, y en ese instante, sus ojos se volvieron casi completamente transparentes. Todo el mundo había oído hablar de los comedores de denner.

– Supongo que Caudicus lo añadió porque no se tomaba usted la medicina con regularidad -especulé-. El ófalo le haría desearla, y al mismo tiempo aliviaría sus dolores. También explicaría los antojos de azúcar, los sudores y los sueños extraños que haya tenido. ¿Qué más habrá puesto? -Cavilé un momento-. Seguramente, punturradícula o mannum para que no vomitara demasiado. Muy listo. Horrible y listo.

– No tan listo. -El maer compuso una sonrisa rígida-. No ha conseguido matarme.

Vacilé un momento y decidí decirle la verdad.

– Matarlo habría sido fácil, excelencia. Caudicus habría podido disolver suficiente plomo para matarlo en este frasco. -Lo levanté y lo acerqué a la luz-. Lo difícil es poner la cantidad de plomo suficiente para hacerle enfermar sin matarlo ni paralizarlo por completo.

– ¿Por qué? ¿Por qué querría envenenarme, sino para matarme?

– Estoy seguro de que su excelencia tendrá mejor suerte resolviendo ese acertijo. Usted sabe más que yo de intrigas políticas.

– ¿Por qué querría envenenarme? -El maer parecía sinceramente desconcertado-. Le pago con esplendidez. Es un miembro muy respetado de la corte. Tiene libertad para realizar sus propios proyectos y para viajar cuando se le antoje. Lleva doce años viviendo aquí. ¿Por qué ahora? -Sacudió la cabeza-. No, no tiene sentido.

– ¿Por dinero? -sugerí-. Dicen que todo hombre tiene un precio.

El maer siguió meneando la cabeza, y de pronto alzó la vista.

– No. Ahora me acuerdo. Enfermé mucho antes de que Caudicus empezara a tratarme. -Se detuvo para reflexionar-. Sí, exacto. Acudí a él para ver si tenía algún tratamiento para mi enfermedad. Los síntomas que has mencionado no aparecieron hasta meses después de que él empezara a medicarme. No pudo ser él.

– El plomo a pequeñas dosis actúa despacio, excelencia. Si Caudicus tenía intención de envenenarlo, no le convenía que usted empezara a vomitar sangre diez minutos después de tomarse su medicina. -De pronto recordé con quién estaba hablando-. No me he expresado con delicadeza, excelencia. Le ruego que me disculpe.

El maer aceptó mis disculpas con una inclinación de cabeza.

– Casi todo lo que dices se acerca demasiado a la verdad para que yo lo ignore. Sin embargo, no puedo creer que Caudicus hiciera una cosa semejante.

– Podemos hacer una prueba, excelencia.

Me miró.

– ¿Qué clase de prueba?

– Ordene que traigan media docena de pájaros a sus aposentos. Los sorbicuelos serían ideales.

– ¿Sorbicuelos?

– Unas avecillas pequeñas -levanté una mano con los dedos pulgar e índice separados unos cinco centímetros-, de plumaje amarillo y rojo brillante. Abundan en sus jardines. Se beben el néctar de las flores de selas.

– Ah. Nosotros los llamamos zunzún.

– Mezclaremos su medicina con el néctar que se beben los pájaros, a ver qué pasa.

El rostro del maer se ensombreció.

– Si como dices, el plomo actúa lentamente, eso podría llevarnos meses. No estoy dispuesto a prescindir de mi medicina durante meses basándome en una fantasía tuya sin confirmar. -Su mal genio volvió a arder llegando casi hasta la superficie de su voz.

– Esas avecillas pesan mucho menos que usted, excelencia, y su metabolismo es mucho más rápido. Deberíamos obtener resultados al cabo de un día, dos a lo sumo. -O eso esperaba yo.

El maer lo tomó en consideración.

– Muy bien -dijo, y levantó una campanilla que tenía en la mesilla de noche.

Me apresuré a hablar antes de que el maer pudiera hacerla sonar.

– ¿Puedo pedirle a su excelencia que invente alguna razón por la que necesita esos pájaros? No estará de más que seamos cautos.

– Conozco a Stapes de toda la vida -dijo el maer con firmeza, dirigiéndome una mirada afilada-. Confío en él en todo lo relacionado con mis tierras, mi caja de caudales y mi vida. No quiero oírte insinuar siquiera que no sea absolutamente digno de mi confianza. -Su voz denotaba una fe inquebrantable.

Bajé la mirada.

– Sí, excelencia.

Hizo sonar la campanilla, y apenas habían pasado dos segundos cuando el corpulento valet abrió la puerta.

– ¿Sí, señor?

– Stapes, echo de menos mis paseos por los jardines. ¿Podrías traerme media docena de zunzunes?

– ¿Zunzunes, señor?

– Sí -confirmó el maer como si encargara el almuerzo-. Son unas criaturillas preciosas. Creo que oírlos me ayudará a dormir.

– Veré lo que puedo hacer, señor. -Antes de cerrar la puerta, Stapes me miró con cara de pocos amigos.

Cuando la puerta se hubo cerrado, miré al maer.

– ¿Puedo preguntarle por qué, excelencia?

– Para que Stapes no tenga que mentir. Ese don no lo tiene. Además, lo que has dicho es cierto: la cautela es siempre la herramienta de la sabiduría.

Vi que una fina capa de sudor le cubría la cara.

– Si no me equivoco, excelencia, esta va a ser una noche difícil.

– Últimamente todas las noches son difíciles -repuso él con amargura-. ¿Por qué iba a ser esta peor que la anterior?

– Por el ófalo, excelencia. Su cuerpo lo ansia. Dentro de un par de días ya habrá pasado lo peor, pero hasta entonces sentirá… molestias considerables.

– Explícate mejor.

– Tendrá dolor en la mandíbula y la cabeza, sudores, náuseas, calambres y espasmos, sobre todo en las piernas y en la parte baja de la espalda. Quizá pierda el control de los esfínteres, y tendrá periodos alternos de vómitos y sed intensa. -Me miré las manos-. Lo siento, excelencia.

Cuando terminé mi descripción, Alveron tenía muy mala cara, pero asintió con la cabeza y, con dignidad, dijo:

– Prefiero saberlo.

– Hay algunas cosas que pueden hacer que esas molestias resulten más tolerables, excelencia.

– ¿Como qué? -dijo con interés.

– El láudano, por ejemplo. En pequeñas cantidades, para aliviar el ansia del cuerpo. Y otras cosas cuyos nombres no tienen importancia. Puedo hacer una mezcla para prepararle una infusión. Otro problema es que seguirá teniendo una cantidad considerable de plomo acumulado en su organismo, y que este no lo eliminará por sí solo.

Eso pareció alarmarlo más que todo lo que le había dicho hasta entonces.

– ¿No lo eliminaré sin más?

Negué con la cabeza.

– Los metales son venenos insidiosos. Quedan atrapados en el cuerpo. El plomo solo puede filtrarse con ayuda.

El maer frunció el ceño.

– ¿Con ayuda? Maldita sea. Odio las sanguijuelas.

– Era una forma de hablar, excelencia. En estos tiempos, solo los imbéciles y los charlatanes utilizan sanguijuelas. Tenemos que extraer el plomo de su organismo. -Me planteé decirle la verdad: que lo más probable era que jamás se librara por completo de él; pero decidí reservarme esa información.

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