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Электронная книга - «La tierra convulsa». Краткое содержание книги:

Ambicioso fresco sobre la historia reciente del País Vasco, saga y la vez retrato de un microcosmos realista y mágico que es el pueblo de Getxo, Verdes valles, colinas rojas es la gran novela sobre la colisión entre un mundo que cambia y un pueblo que se resiste a todo cambio. La historia arranca a finales del siglo XIX con el enfrentamiento entre Cristina Onaindia, aristócrata casada con el rico industrial Camilo Baskardo, y Ella, una ambiciosa y astuta criada sin nombre que pone en peligro todos los valores tradicionales cuando anuncia que espera un hijo ilegítimo. Esa rivalidad prolongada durante décadas y que marca la historia de Getxo es comentada por dos figuras protagonistas: don Manuel, anciano maestro, y Asier Altube, su discípulo predilecto, que rememoran los meandros y ramificaciones de otras muchas historias derivadas de éstas, como la de Roque Altube, primogénito de un caserío enamorado de una agitadora socialista, o la de los niños Baskardo, que vivirán en su propia piel la locura aranista de la madre. Ramiro Pinilla domina como pocos la acción y los diálogos, y logra integrar, desde una perspectiva a la vez épica y lírica, la historia y los mitos de una región.
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– Cristiana, confesión cristiana, ¿no? -trató de precisar el clérigo de misa.

– Bueno…, sí…, charlar…, matar un poco el rato con nuestras cosas… -expusieron los tres hombres, echando una ojeada de disgusto a los cuencos vacíos.

– Vosotros queréis una confesión cristiana y no os atrevéis a decirlo -insistió el clérigo de misa.

– Llámalo como quieras, pero ¿dónde está el txakolí?

El clérigo de misa se santiguó por dentro.

– Contigo ¿podremos también apostar?

El de negro no se atrevió a decirles que no.

En adelante, dispuso de una incipiente tertulia particular al extremo del Mostrador, que fue creciendo, a medida que los hombres de Getxo fueron descubriendo que el forastero servía mejor txakolí que Ermo. Era así porque viajaba mucho por el territorio, en busca de algún cantero que empezara la construcción de la ermita, pero ninguno le aceptaba el encargo, por prohibición expresa de Jaunsolo, señor de Getxo; sí, en cambio, encontraba en los más alejados caseríos excelentes txakolíes para su tertulia. Cuando no regresaba a tiempo a la cita del atardecer en la Campa del Roble, sus contertulios volvían al txakolí de Ermo, y al día siguiente el clérigo de misa pedía a Ermo le contara las confidencias de quienes ya practicaban la confesión cristiana, y Ermo, apáticamente, le desgranaba las quejumbres oídas, y entonces el clérigo de misa pronunciaba al aire y dibujaba en él con el dedo una absolución retardada.

Ni en los futuros siglos de reafirmación del cristianismo desapareció de la leyenda la decisiva influencia del txakolí en la extensión de la nueva música celestial; compitió, incluso, con la otra versión, dentro de la misma leyenda: la de la fascinación que ejercía una paloma blanca que todos los hombres tienen en el pecho y que echa a volar en el mismo instante de la muerte para reunirse con Dios en el cielo, y a la que se le facilitaba la salida del cuarto del difunto levantando una teja del techo. La leyenda nunca se avergonzó de registrar la tesis del txakolí.

Y ocurrió que el propio señor de Getxo, Jaunsolo, llegó a acodarse en el Mostrador para ser confesado por el clérigo de misa. La comunidad quedó bastante confusa, pues por otro lado el Jaunsolo se negaba a la construcción de la ermita. La gran sorpresa llegó una madrugada, cuando los canteros Delatorre, por orden del propio Jaunsolo, empezaron a abrir zanjas para cimientos en el punto señalado para la ermita. El clérigo de misa llevaba de viaje dos días y no regresaría en otros dos, pues cada vez había de ir más lejos a buscar canteros: Jaunsolo aprovechó su ausencia para iniciar las obras, y la comunidad de Getxo dispuso de un nuevo tema para la cháchara de la tertulia, e incluso para apostar sobre quién se quedaría finalmente con la ermita, si el clérigo de misa o Jaunsolo. Aquél, a su regreso, examinó las zanjas, miró al señor de Getxo y le dijo:

– Te agradezco mucho tu interés por mi obra.

– Será una buena ermita -dijo el señor de Getxo.

– Veo que la has marcado grande para meter en ella el altar de San Pedro, como es mi ilusión, si el señor obispo lo permite, en vez de devolverlo a Roma -dijo el clérigo de misa.

– Lo pondremos aquí -dijo Jaunsolo, indicando con el dedo un punto en la yerba-. La gente vendrá de muy lejos a rezar en la ermita con el mejor altar del mundo.

La ilusión por la nueva apuesta había reunido otra vez a la pequeña muchedumbre. Ermo no daba abasto a llenar cuencos.

– Voy al herrero a que me haga una cerradura -dijo el clérigo de misa. No precisa la leyenda si nombró la cerradura porque había empezado a sospechar lo peor o si su alarma se produjo un instante después, cuando el señor de Getxo abrió unas pieles y mostró una cerradura nueva de dos palmos.

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