Una vacante imprevista
- Автор: Роулинг Джоан Кэтлинг
- Год: 2013
- Язык: испанский
- Год: Salamandra
- ISBN: 978-84-9838-492-5
- Переводчик: Gemma Rovira
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Una vacante imprevista». Краткое содержание книги:
La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano.
Sin que el lector apenas lo perciba, Rowling consigue involucrarlo en temas de profundo calado mientras lo conduce sin pausa a un sorprendente desenlace final.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Tessa, horrorizada.
Andrew había sabido desde el principio que ella no podría cruzar con él, baja y rechoncha como era.
—Iré a echar un vistazo. Puede esperarme aquí.
—Pero ¡es demasiado peligroso! —exclamó Tessa por encima del fragor del río.
Ignorándola, el chico emprendió el camino, buscando los familiares asideros con manos y pies. Mientras avanzaba palmo a palmo por la estrecha cornisa, a ambos se les ocurrió lo mismo: que Fats podía haber caído, o saltado, al río que fluía atronador tan cerca de los pies de Andrew.
Tessa se quedó en la orilla hasta que dejó de ver a Andrew. Entonces se alejó, intentando contener las lágrimas por si Stuart estaba allí; necesitaba hablar con él con calma. Por primera vez, se preguntó dónde estaría Krystal. La policía no lo había dicho y la angustiosa preocupación por Fats había borrado todo lo demás…
«Por favor, Dios mío, haz que encuentre a Stuart —rogó—. Por favor, haz que lo encuentre.»
Luego sacó el móvil del bolsillo de la rebeca y llamó a Kay Bawden.
—¡No sé si te has ha enterado! —exclamó por encima del ruido continuo, y se lo contó.
—Pero yo ya no soy su asistente social —repuso Kay.
A unos siete metros de distancia, Andrew había llegado al Cubículo. Estaba oscuro como boca de lobo; nunca había estado allí tan tarde. Se balanceó y saltó al interior.
—¿Fats?
Oyó moverse algo al fondo de la cueva.
—¿Fats? ¿Estás ahí?
—¿Tienes fuego, Arf? —preguntó una voz irreconocible—. Se me han caído las malditas cerillas.
Andrew pensó en avisar a Tessa, pero ella no sabía cuánto rato se tardaba en llegar al Cubículo. Podía esperar un poco más.
Andrew le tendió el mechero. A la luz vacilante de la llama, vio que no era sólo la voz de su amigo lo que había cambiado. Fats tenía los ojos hinchados y toda su cara parecía abotargada.
La llama se extinguió. El ascua del cigarrillo de Fats brilló en la oscuridad.
—¿Está muerto? ¿Su hermano?
Andrew no había caído en la cuenta de que Fats no lo sabía.
—Sí —contestó, y añadió—: Me parece que sí, es lo que he oído.
Se hizo el silencio y, entonces, desde la oscuridad, le llegó un chillido apagado, como el de un cochinillo.
—¡Señora Wall! —exclamó Andrew, asomando la cabeza todo lo que pudo, tanto que el fragor del río ahogaba los sollozos de Fats—. ¡Señora Wall, está aquí!
II
En la abarrotada casita junto al río, donde las mantas, las coquetas sillas y las viejas alfombras estaban ahora empapadas, la agente de policía se había mostrado delicada y amable con Sukhvinder. La anciana dueña le había traído una bolsa de agua caliente y una taza de té, que la chica fue incapaz de levantar, porque temblaba como un taladro. Había ido soltando retazos de información: su propio nombre, el de Krystal y el del niñito ahogado, que estaban metiendo en la ambulancia. El hombre del perro que la había sacado del río estaba bastante sordo; hizo su declaración a la policía en la habitación contigua, y a Sukhvinder su relato a voz en cuello le pareció insoportable. Atado a un árbol al otro lado de la ventana, el perro no cesaba de aullar.
Luego, la policía llamó a sus padres, que no tardaron en acudir. Parminder volcó una mesita y rompió uno de los objetos decorativos de la anciana cuando cruzó la habitación precipitadamente, con una muda de ropa para su hija bajo el brazo. En el diminuto cuarto de baño quedó al descubierto el profundo y sucio corte en la pierna de Sukhvinder, que salpicó la mullida alfombrilla de manchitas oscuras. Cuando vio la herida, Parminder le gritó a Vikram, quien estaba dando profusas gracias a todos en el pasillo, que tenían que llevar a Sukhvinder al hospital.
En el coche, Sukhvinder volvió a vomitar, y su madre, que iba con ella en el asiento trasero, la limpió. Tanto Parminder como Vikram hablaron sin cesar durante todo el trayecto; él repetía cosas como «le hará falta un sedante» y «habrá que ponerle puntos en la herida»; y Parminder, junto a su temblorosa hija, insistía: «Podrías haber muerto. Podrías haber muerto.»
Sukhvinder tenía la sensación de seguir en el agua, de estar en algún sitio donde no podía respirar. Trató de hacerse oír por encima de todo aquello.
—¿Sabe Krystal que su hermano ha muerto? —preguntó, pero le castañeteaban los dientes y Parminder tuvo que pedirle que lo repitiera varias veces.
—No lo sé —contestó por fin su madre—. Pero tú podrías haber muerto, Jolly.
En el hospital, la hicieron desvestirse de nuevo, pero esta vez su madre estaba con ella tras la cortina, y Sukhvinder comprendió demasiado tarde su error cuando vio la expresión de espanto de Parminder.
—Dios mío —dijo, y le cogió el antebrazo—. Dios mío, pero ¿qué te has hecho?
La muchacha no encontró palabras para explicárselo, sólo pudo echarse a llorar y temblar de forma incontrolable, y Vikram les gritó a todos, incluida Parminder, que la dejaran en paz, pero también que espabilaran, porque había que limpiarle la herida y ponerle puntos y darle un sedante y hacerle radiografías…
Después, Sukhvinder se encontró en una cama con su padre a un lado y su madre al otro, ambos acariciándole una mano. Se sentía calentita y adormecida, y la pierna ya no le dolía. Detrás de las ventanas, el cielo estaba oscuro.
—A Howard Mollison le ha dado otro infarto —oyó que su madre le decía a su padre—. Miles me ha pedido que lo atendiera.
—Vaya caradura —repuso Vikram.
Para la soñolienta sorpresa de Sukhvinder, no hablaron más de Howard Mollison. Se limitaron a seguir acariciándole las manos hasta que, poco después, se quedó dormida.
En el otro extremo del edificio, en una sórdida sala azul con sillas de plástico y una pecera en el rincón, Miles y Samantha estaban sentados flanqueando a Shirley, a la espera de noticias del quirófano. Miles todavía iba en zapatillas.
—No puedo creer que la doctora Jawanda se haya negado a atenderlo —comentó Miles por enésima vez, con voz cascada.
Samantha se levantó, pasó por delante de Shirley, rodeó con los brazos a su marido y lo besó en el espeso cabello salpicado de gris, aspirando su familiar olor.
—No me sorprende que se haya negado —repuso Shirley con una vocecilla entrecortada—. No me sorprende, y es absolutamente horroroso.
Lo único que le quedaba de su antigua vida, de sus antiguas convicciones, eran esos ataques a objetivos familiares. La conmoción se había llevado casi todo lo demás: ya no sabía qué creer, ni siquiera qué esperar. El hombre que estaba en el quirófano no era el hombre con quien se había casado. Ojalá pudiera volver a aquella feliz certeza de antaño, de antes de haber leído aquel horrible mensaje.
Quizá debería cerrar la web definitivamente. Eliminar todos los foros de mensajes. Temía que el Fantasma apareciera de nuevo, que volviera a escribir cosas espantosas…
Tuvo ganas de irse a casa en ese preciso momento e inutilizar la página, y de paso destruir la EpiPen de una vez por todas…
«Él la vio… Sé que la vio… Pero yo nunca lo habría hecho. No lo habría hecho. Estaba muy alterada. Jamás habría hecho una cosa así…»
¿Y si Howard sobrevivía? ¿Y si sus primeras palabras eran: «Cuando me vio, salió corriendo. No llamó a la ambulancia de inmediato. Y llevaba una inyección en la mano…»?
«Entonces diré que todo esto le ha afectado al cerebro», se dijo Shirley con actitud desafiante.
Y si Howard moría…
A su lado, Samantha abrazaba a Miles. A Shirley aquello no le gustó: el centro de atención debía ser ella, era su marido el que estaba allí dentro, luchando por su vida. Ella había querido ser como Mary Fairbrother, una heroína trágica, mimada y admirada. No era así como había imaginado…