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Una vacante imprevista

Электронная книга - «Una vacante imprevista». Краткое содержание книги:

La historia de esta primera obra de Rowling para adultos se centra en Pagford, un imaginario pueblecito del sudoeste de Inglaterra donde la súbita muerte de un concejal desata una feroz pugna entre las fuerzas vivas del pueblo para hacerse con el puesto del fallecido, factor clave para resolver un antiguo litigio territorial.
La minuciosa descripción de las virtudes y miserias de los personajes conforman un microcosmos tan intenso como revelador de los obstáculos que lastran cualquier proyecto de convivencia, y, al mismo tiempo, dibujan un divertido y polifacético muestrario de la infinita variedad del género humano.
Sin que el lector apenas lo perciba, Rowling consigue involucrarlo en temas de profundo calado mientras lo conduce sin pausa a un sorprendente desenlace final.
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Volvió corriendo a la sala y marcó el número de emergencias.

—¿Llama de Pagford? De Orrbank Cottage, ¿verdad? La ambulancia ya está en camino.

—Oh, gracias, gracias a Dios —repuso Shirley, y casi había colgado cuando comprendió las palabras de la mujer, y chilló—: ¡No, no es Orrbank Cottage…! —Pero la operadora ya había colgado.

Shirley volvió a llamar. Estaba tan nerviosa que se le cayó el auricular. A su lado, en la alfombra, el resuello de Howard se debilitaba.

—¡No es Orrbank Cottage! —gritó—. Es el treinta y seis de Evertree Crescent, en Pagford… A mi marido le ha dado un infarto.

XV

En Church Row, Miles Mollison salió corriendo de su casa en zapatillas y se precipitó calle abajo hacia la antigua vicaría, al fondo de la escarpada cuesta. Aporreó la gruesa puerta de roble con la mano izquierda, mientras con la derecha trataba de marcar el número de móvil de su mujer.

—¿Sí? —preguntó Parminder cuando abrió la puerta.

—Mi padre… —jadeó Miles—, otro ataque al corazón… Mi madre ha llamado a una ambulancia… ¿Puede venir a verlo? Por favor, ¿puede venir?

Parminder se volvió con la intención de coger su maletín, pero se detuvo.

—No puedo ejercer como médico, Miles, estoy de excedencia. No puedo.

—No lo dice en serio… Por favor… la ambulancia aún tardará unos…

—No puedo, Miles —lo atajó ella.

Él se dio la vuelta, echó a correr y cruzó la cancela abierta. Calle arriba, vio a Samantha recorrer el sendero del jardín de su casa. La llamó a gritos, con voz entrecortada, y ella se volvió con cara de sorpresa. En un primer momento pensó que era la causante del pánico de su marido.

—Es papá… Ha tenido un colapso, hay una ambulancia de camino… Y la maldita Parminder Jawanda se niega a venir…

—¡Dios mío! —exclamó Samantha—. ¡Dios mío!

Corrieron hasta el coche y arrancaron calle arriba, Miles en zapatillas y Samantha con los zuecos que le habían hecho ampollas en los pies.

—Miles, se oye una sirena… Ya está aquí…

Pero cuando entraron en Evertree Crescent no vieron nada y la sirena había dejado de oírse.

A kilómetro y medio de allí, Sukhvinder Jawanda vomitaba agua del río bajo un sauce, mientras una anciana la envolvía en mantas ya casi tan empapadas como su ropa. A poca distancia de ellas, el hombre que había sacado a pasear el perro y había rescatado a Sukhvinder agarrándola del pelo y la sudadera se inclinaba sobre un cuerpecito inerte.

A la chica le había parecido notar que Robbie forcejeaba entre sus brazos, pero quizá sólo había sido la cruel corriente del río que trataba de arrebatárselo. Era buena nadadora, pero el Orr la había hundido hasta el fondo, zarandeándola sin que pudiese evitarlo. Las aguas la habían arrastrado hasta más allá del meandro y hacia la orilla, pero había logrado gritar. Había visto al hombre del perro corriendo hacia ella por la ribera…

—No hay nada que hacer —declaró éste, que llevaba veinte minutos tratando de reanimar a Robbie—. Está muerto.

Sukhvinder soltó un gemido y se desplomó en la hierba fría y mojada, temblando espasmódicamente, mientras la sirena de la ambulancia llegaba hasta ellos, demasiado tarde.

En Evertree Crescent, los enfermeros tenían grandes dificultades para subir a Howard a la camilla; Miles y Samantha tuvieron que echarles una mano.

—¡Os seguiremos con el coche, tú ve con papá! —le gritó Miles a Shirley, que parecía desconcertada y no muy dispuesta a subir a la ambulancia.

Maureen, que acababa de acompañar a la puerta al último cliente del día en La Tetera de Cobre, estaba en el umbral, escuchando.

—Se oyen muchas sirenas —le dijo por encima del hombro a un agotado Andrew, que pasaba la bayeta por las mesas—. Debe de haber pasado algo.

E inspiró una larga bocanada de aire, como si pudiera captar el intenso aroma del desastre en la cálida brisa de la tarde.

SEXTA PARTE

Puntos débiles de los Cuerpos de Voluntarios

22.23 El principal punto débil de estos cuerpos es que son difíciles de formar pero proclives a desintegrarse…

Charles Arnold-Baker
La administración local, 7.ª edición

I

Colin Wall había imaginado muchas veces, muchísimas, que la policía aparecía ante su puerta. Ocurrió, finalmente, el domingo al anochecer: dos agentes, un hombre y una mujer, pero no venían a arrestarlo a él, sino en busca de su hijo.

Había ocurrido un accidente mortal, y «Stuart, ¿no?» era un testigo.

—¿Está en casa?

—No —contestó Tessa—. Dios mío… Robbie Weedon… Pero si vive en los Prados, ¿qué hacía aquí?

La agente les explicó amablemente lo que creían que había ocurrido. La frase que utilizó fue: «Los adolescentes lo perdieron de vista.»

Tessa pensó que iba a desmayarse.

—¿No saben dónde está Stuart? —preguntó el agente.

—No —contestó Colin; se lo veía demacrado y con grandes ojeras—. ¿Cuándo lo han visto por última vez?

—Cuando nuestros compañeros han llegado allí, parece que Stuart ha… bueno, que ha salido corriendo.

—Dios mío —volvió a decir Tessa.

—No contesta —dijo Colin con tono tranquilo; acababa de llamarlo a su móvil—. Tenemos que ir en su busca.

Colin llevaba toda la vida esperando una calamidad: estaba preparado. Cogió el abrigo.

—Voy a llamar a Arf —dijo Tessa, y corrió hasta el teléfono.

Las noticias del desastre no habían llegado aún a Hilltop House, aislada como estaba en lo alto del pueblo. El móvil de Andrew sonó en la cocina.

—Sí —dijo con la boca llena de tostada.

—Andy, soy Tessa Wall. ¿Está Stu contigo?

—No. Lo siento. —Pero no sentía en absoluto que Fats no estuviese con él.

—Ha ocurrido algo, Andy. Stu estaba en el río con Krystal Weedon y ella tenía consigo a su hermanito, y el niño se ha ahogado. Stu ha salido corriendo… ha huido a algún sitio. ¿Se te ocurre adónde puede haber ido?

—No —contestó Andrew automáticamente, porque ése era el código que tenían Fats y éclass="underline" no decirles nunca nada a los padres.

Pero el espanto de lo que Tessa acababa de contarle recorrió la línea telefónica como una niebla fría y húmeda. De pronto todo se volvió menos claro, menos seguro. Tessa estaba a punto de colgar.

—Espere, señora Wall. A lo mejor sí que sé… Hay un sitio en la orilla del río…

—No creo que se haya quedado cerca del río —lo interrumpió Tessa.

Transcurrieron unos segundos y Andrew se convenció cada vez más de que Fats estaba en el Cubículo.

—Es el único sitio que se me ocurre —dijo.

—Dime dónde…

—Tendré que enseñarle cómo llegar.

—¡Estaré ahí en diez minutos! —exclamó Tessa.

Colin ya estaba recorriendo a pie las calles de Pagford. Tessa cogió el Nissan y subió por la tortuosa carretera de la colina. Andrew estaba en la esquina en la que solía coger el autobús. Él le indicó que descendiera y cruzara el pueblo. A la luz del crepúsculo, las farolas arrojaban un tenue resplandor.

Aparcaron junto a los árboles, donde Andrew solía dejar tirada la bicicleta de Simon. Tessa bajó del coche y lo siguió hasta la orilla del agua, perpleja y asustada.

—Aquí no está —dijo.

—Es por ahí —indicó Andrew, señalando la pared de roca de la colina de Pargetter, que descendía a pico hasta el río, dejando sólo una estrechísima senda entre ella y las raudas aguas.

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