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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—¿Por qué los hombres acuden siempre a todo correr para matar o para que los maten? —masculló irritada.

Lord Gareth la miró tranquilamente. Montado en el caballo, un enorme castrado zaino con una línea blanca a lo largo de la nariz, semejaba una estatua. A veces Egwene creía entender un poco cómo se sentía Siuan respecto a ese hombre. A veces pensaba que merecería la pena realizar cualquier esfuerzo necesario para sobresaltarlo, sólo por el gusto de verlo perder esa flema.

Por desgracia sabía la respuesta a su pregunta tan bien como él. Al menos en lo tocante a hombres que se hacían soldados. Oh, sí que había muchos que acudían presurosos en apoyo de una causa o en defensa de lo que pensaban que era justo, y algunos que buscaban aventuras, tuvieran la idea que tuvieran de lo que era eso. Con todo, la simple y pura verdad era que por manejar una pica o una lanza un hombre podía ganar el doble cada día que lo que obtendría por caminar detrás del arado de otro hombre, y se multiplicaba por tres si sabía cabalgar lo bastante bien para unirse a la caballería. Arqueros y ballesteros se encontraban en un término medio. El hombre que trabajaba para otro podía soñar con poseer su propia granja o tienda algún día, o un comienzo hacia ese logro que alcanzarían sus hijos, pero a buen seguro había oído miles de historias de hombres que se habían alistado durante cinco o diez años y regresaban a casa con suficiente oro para vivir con desahogo, o de otros que habían llegado a generales e incluso a lores. Para un hombre pobre, había dicho Gareth sin rodeos, mirar la punta de una pica podía ser una vista mejor que los cuartos traseros del caballo de labranza de otro hombre. Aun cuando con la pica tuviera más probabilidades de morir que de obtener gloria y fortuna. Un modo amargo de enfocarlo, pero Egwene suponía que la mayoría de los hombres que iban en esos barcos también lo veían así. Claro que ella había reunido su ejército de esa manera. Por cada hombre que quería ver a la usurpadora expulsada de la Sede Amyrlin, por cada hombre que sabía con certeza quién era Elaida, había diez —si no un centenar— que se habían unido a ella por la paga. Algunos hombres del barco alzaban las manos para que los guardias situados en las murallas del puerto vieran que no tenían armas.

—No —dijo, y lord Gareth suspiró.

—Madre, mientras los puertos sigan abiertos, Tar Valon comerá mejor que nosotros, y en lugar de debilitarse por el hambre, la Guardia de la Torre se hará más fuerte y numerosa. —Su voz seguía siendo sosegada, pero sus palabras no resultaban tranquilizadoras—. Dudo mucho que Elaida permita a Chubai que salga a atacarnos, por mucho que me gustaría que lo hiciera. Cada día que esperáis se incrementa la cuenta del carnicero que tendremos que pagar antes o después. Desde el primer momento dije que al final habría de ser un asalto y eso no ha cambiado, pero todo lo demás sí. Haced que las hermanas nos sitúen a mis hombres y a mí dentro de las murallas ya, y puedo tomar Tar Valon. No será incruento. Nunca lo es. Pero puedo tomar la ciudad para vos. Y morirán menos que si lo demoráis.

A Egwene se le hizo un nudo en el estómago que se apretó hasta que apenas pudo respirar. Con cuidado, paso a paso, realizó ejercicios de novicia para que se aflojara. Las riberas contenían el río, guiándolo sin controlarlo. La calma la envolvió, penetró en ella.

Demasiadas personas habían empezado a ver usos para los accesos y, en cierto modo, Gareth representaba los peores. Su oficio era la guerra y era muy bueno en ello. Tan pronto como supo que un acceso podía trasladar a mucho más que un grupo pequeño de personas a la vez, había visto las implicaciones. Hasta las murallas de Tar Valon, situadas fuera del alcance de tiro de cualquier catapulta de asalto que no estuviese montada en una embarcación y construidas con el Poder de modo que ni la catapulta más grande podría hacer mella en ellas, daría igual que fueran de papel ante un ejército que pudiera Viajar. Pero tanto si Gareth Bryne lo sabía como si no, otros hombres sacarían partido de esa idea. Al parecer los Asha’man ya lo habían hecho. La guerra siempre había sido horrible, pero iba a serlo aún más.

—No —repitió—. Sé que va a morir gente antes de que esto acabe. —La Luz la asistiera, podía verla morir con sólo cerrar los ojos. Sin embargo, morirían más personas si tomaba decisiones equivocadas, y no allí únicamente—. Tengo que mantener viva la Torre Blanca para combatir en el Tarmon Gai’don, para interponerla entre el mundo y los Asha’man, y la Torre morirá si esto deviene en hermanas luchando contra hermanas en las calles de Tar Valon. —Tal cosa había ocurrido una vez. No podía permitirse que pasara una segunda—. Si la Torre Blanca muere, muere la esperanza. No tendría que repetiros esto.

Daishar resopló y agitó la cabeza arriba y abajo tirando del ronzal como si notara su irritación, pero Egwene retuvo las riendas con firmeza y guardó el visor en el estuche de cuero que llevaba colgado de la silla. Las aves dejaron de pescar y levantaron el vuelo cuando la gruesa cadena que cerraba el Puerto del Norte se aflojó y empezó a bajar. Se hundiría en el agua a bastante profundidad antes de que el primer barco llegara a la bocana. ¿Cuánto hacía que ella había llegado a Tar Valon por la misma ruta? Más allá del recuerdo, daba la impresión. Hacía una era. Era otra mujer la que había desembarcado en la orilla para ser recibida por la Maestra de las Novicias.

Gareth sacudió la cabeza a la par que hacía una mueca. Nunca se rendía, ¿verdad?

—Tenéis que mantener viva la Torre Blanca, madre, pero mi trabajo es entregárosla. A menos que hayan cambiado cosas que yo ignoro. Veo a hermanas cuchicheando y mirando a hurtadillas sobre el hombro aunque no sepa el motivo. Si aún queréis la Torre, habrá que lanzarse al asalto, y mejor antes que después.

De repente la mañana pareció más oscura, como si unas nubes hubiesen ocultado el sol. Hiciera lo que hiciera, los muertos iban a amontonarse como haces de leña, pero tenía que mantener viva la Torre Blanca. Tenía que hacerlo. Cuando no había buenas opciones, era necesario elegir la menos mala.

—Ya he visto suficiente aquí —dijo en voz queda. Tras echar una última ojeada a la fina columna de humo que se alzaba detrás de la ciudad, hizo volver grupas a Daishar hacia la fronda que se alzaba a unos cien pasos de la orilla, donde esperaba su escolta entre los árboles perennes y las hayas y los abedules desnudos de hojas.

Doscientos jinetes de caballería ligera, equipados con petos de cuero cocido o chaquetas cubiertas de discos de metal, sin duda habrían llamado la atención de aparecer en la ribera, pero Gareth la había convencido de la necesidad de esos hombres con sus lanzas ligeras y arcos cortos. Sin lugar a dudas, el humo en la orilla opuesta se alzaba de carretas o provisiones incendiadas. Pequeños aguijonazos, pero no fallaban ninguna noche; en ocasiones era uno, otras veces, dos o tres, hasta que todo el mundo buscaba humo cada mañana al levantarse. Dar caza a los asaltantes había sido imposible hasta el momento. Repentinas celliscas se desataban sobre los perseguidores o gélidos ventarrones o simplemente las huellas desaparecían de pronto, con la nieve lisa y suave, como recién caída, más allá de las últimas marcas de los cascos. Los residuos de tejidos dejaban muy claro que los estaban ayudando Aes Sedai y no tenía sentido correr el riesgo de pensar que Elaida no contaba con hombres y quizás hermanas también a este lado del río. Pocas cosas complacerían más a Elaida que echar mano a Egwene al’Vere.

No eran toda su escolta, desde luego. Además de Sheriam, su Guardiana, esa mañana había salido acompañada por otras seis Aes Sedai y las que tenían Guardianes los habían llevado con ellas, de modo que detrás de las hermanas había ocho hombres con capas de color mudable que ondeaban cuando el aire las agitaba de forma mareante, además de hacer que partes de los hombres y los caballos desaparecieran al camuflarse con los colores de los troncos de los árboles. Conscientes del peligro —de asaltantes al menos—, conscientes de que sus Aes Sedai estaban tensas como muelles a punto de saltar, vigilaban la arboleda circundante como si los jinetes de la caballería no estuviesen allí. La seguridad de sus propias Aes Sedai era su preocupación principal y no confiaban esa seguridad a nadie. Sarin, un tipo con negra barba y cachigordo, no por ser demasiado bajo sino muy ancho, permanecía tan cerca de Nisao que parecía empequeñecer más a la diminuta Amarilla. Jori se las ingeniaba para parecer imponente junto a Morvrin, si bien era más bajo que ella; aunque tan ancho como Sarin, era muy bajo, incluso para ser cairhienino. Los tres Guardianes de Myrelle —los tres que admitía tener— se apiñaban a su alrededor hasta el punto de que ella no habría podido mover su caballo sin empujar los de ellos para apartarlos. Setagana, el de Anaiya, esbelto, moreno y tan guapo como ella poco agraciada, casi conseguía envolverla por sí solo, y Tervail, con su prominente nariz y su rostro marcado de cicatrices, hacía otro tanto con Beonin. Carlinya no tenía Guardián, algo que no resultaba inusitado en una Blanca, pero examinaba a los hombres desde la profunda capucha forrada de piel como si pensara en encontrar uno.

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