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Tratado De Culinaria Para Mujeres Tristes

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Tratado de culinaria para mujeres tristes: Los apetitos de la imaginación.
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Habrás de ver, ante todo, que hay metódicos como teutones y japoneses en todas las razas, y japoneses y teutones caóticos como el más crudo y burdo de los salvajes. Analizarás los detalles. La forma de pelar es de gran importancia: no es lo mismo ese ir dándole la vuelta al fruto, de polo a polo, en forma de curvado caracol, dejando al final una sola serpiente llena de cimas y sinuosidades o especie de resorte, que el corte de los polos y luego las incisiones longitudinales para arrancar pétalos simétricos de piel. No es igual el que en vez de pelarla la parte y con la cáscara se lleva medialunas de naranja hasta la boca donde los dientes se encargan de sacar la pulpa, al que corta una tajada por encima y con el cuchillo remueve lo Interior para irlo sacando poco a poco o el que después de pelarla se la va tragando gajo a gajo.

Formas de comerse la naranja hay casi tantas como personas. Y formas de sacarse las pepitas de la boca, y de hacer muecas ante la dulzura o acidez del líquido. No sé darte la clave de todo movimiento: pero observa a tus huéspedes mientras comen naranja: allí está la cifra de su mundo: allí decidirás si te gustan o no. Incluso en el gesto de esos extravagantes que rechazan la naranja diciendo: “perdón, me hacen daño (la manera de muchos para decir “no me gustan”) los cítricos”, hallarás un motivo de conocimiento, de gusto o de disgusto.

¿Que eres fea? Perdóname si supongo, más bien, que eres ignorante. Hay una cosa, deberías saberlo que se llama artes plásticas. Lo que con estas artes se produce, es tan maravilloso que desde hace milenios el hombre lo cultiva, lo cuida, lo conserva. Es la memoria, la memoria de lo que nos gusta. Piedras talladas, vasijas con dibujos, pinturas, lienzos, muros, esculturas, y más recientemente fotos y películas. Y allí hay, sobre todo, imágenes de mujeres. Mira bien y verás que seas como seas (tu cara, tu cuerpo, tu adelantado o tu trasero) en alguna parte, alguna vez, habrás sido prototipo de belleza. Y una belleza serás, de todas formas, para alguien.

Cuando te dices fea querrás decir que tu hermosura no está ahora de moda. Lo que no significa que no haya quien te admire pues todavía hay gente con carácter que no juzga según los modelos del ambiente sino con los ojos, con los propios ojos.

Tal vez aún no lo sepas, pero a alguno tú haces perder el sueño, el apetito. Él te ha visto una vez y sin embargo, es como si de siempre te estuviera buscando, y como si en un momento de deslumbramiento, al verte, al fin, te hubiera hallado. Como por efecto de una memoria ancestral te reconoce y es a ti, sólo a ti, a quien él buscaba. Tú tal vez no lo sabes, pero en algún rincón de la tierra hay un hombre que te está buscando.

Te enfermaste y no hay nada qué hacer; vas a morirte. Lo que queda de vida podrá contarse en meses (tres, once, diecisiete…), ya no en años. Los que te quieren lo saben y lloran a escondidas para que tú no sepas que ellos saben. Tú lo sabes y lloras a escondidas para que ellos no sepan que tú sabes. Te despides. Te quedas largamente mirando los objetos que quisiste. Miras por la ventana el guayacán con hojas todavía verdísimas y sabes que ya no habrá tiempo para volver a verlo furioso de amarillo. Te despides. Imperceptiblemente te despides de cosas y personas. Miras con la nostalgia de la última vez y algo por dentro te aprieta, se encoge, quisiera protestar pero no puede, se resiste y se resigna.

Después de un tiempo quisieras abreviar el sufrimiento, pero no eres capaz. Los que han probado opio sostienen que “lo único real es el dolor.” Está bien que suprimas el dolor, es decir la realidad. La receta es el opio. Tienes derecho, si quieres, a despedirte de la vida en calma. La receta proviene de la flor de amapola.

No permitas que él, que nadie, te encierre en la cocina, así muchos supongan que la cocina es el sitio reservado a las mujeres. En la cocina, sola, no puedes estar acabarás cociéndote en tu propia salsa de amargura. Es cierto que en las ollas se halla distracción y que con buen cuidado y buenos ingredientes mantendrás muy despiertos todos los apetitos de quien contigo habita. Pero no te limites a estar en la cocina, y menos sola. Más bien haz lo siguiente: consigue que él aprenda a hacer un plato fácil y que empiece a creer que por ser hombre (todos lo creen) logrará superarte (también, siempre dicen también) en la cocina.

Para este plan no es mala idea una tortilla de esos tubérculos que los españoles, alargando la voz inútilmente, insisten en llamar patatas y son papas. Eso sí, a la tortilla, no permitirás que sea él el que le dé la vuelta. Enséñale a pelar las papas y a cortarlas en rebanadas ni delgadas ni gruesas. Para que entienda bien, dile que no más gruesas que las monedas de quinientos que guarda en el bolsillo (y lo has de ver sacando la moneda y midiendo el tamaño). Enséñale también a ponerlas en la sartén con el aceite aún frío. Dile que no es tan fácil batir muy bien diez huevos en una coca grande, que no debe quedar rastro de yema ni de clara, que la medida de sal es sutil e importante, así como el momento en que las papas se deben aliñar con una única cebolla cabezona en rodajas, más una manotada de perejil picado muy menudo.

Dile también cómo, al alcanzar un tenue dorado, un bronceado leve como de costa del sol en el otoño, se cuelan las papas y la cebolla frita y cómo debe mezclarlas, en frío, con los huevos batidos. Después, en poco aceite, enséñale a depositar la mezcla con cautela y dile que te avise cuando empiece a secarse por encima. Dar vuelta a la tortilla, ya te dije, es lo único difícil. Pero no se lo hagas saber, mándalo a otra parte mientras en una tapa haces la voltereta necesaria. Cuando él vuelva verá la parte dorada por encima y se sorprenderá de sus dotes culinarias. Pocos minutos más y dile que ponga la tortilla en una fuente, con rodajas de pan.

Este es un buen comienzo para tener un compañero fiel en la cocina. Sigue con ensaladas, carnes rápidas, jugos de frutas varias. Llegará el día en que lo vas a ver leyendo una receta y dando finalmente una sorpresa. Al cabo de los años una pareja encuentra que su mejor acuerdo se encuentra en la cocina. Por eso no te encierres, no dejes que éste sea tu único atributo, aprende a fabricarte un mozo de cocina.

Ah, el café, el café. Nuestro país ha sobrevivido por siglos gracias a esta planta y bebida de los árabes. Es una droga dócil, atenuada, de efecto maravilloso pues aviva la conciencia sin desbocarla ni desesperarla. Brebaje ideal para la somnolencia y la pereza, para el desánimo y la apatía, para la ataraxia y el exceso de resignación. Voltaire, que era despierto y divertido, un filósofo risueño que nunca tuvo úlcera, se tomaba más de diez tazas diarias de café, para avivar su ingenio y su sabiduría. En Voltaire el café hizo el mejor efecto, descrito por un conocido volteriano cJe España: “Voltaire es el hombre de letras al que menos opiniones desastrosas pueden reprochársele, aquél en cuyo nombre o con la inspiración de cuyas doctrinas es más difícil cometer crímenes”. Fue gracias al café que logró esto, yo lo sé.

En momentos que el ánimo está bajo, o cuando la comida ha sido demasiada, o cuando los vacíos de silencio empiezan a ganarle al intercambio de palabra, o cuando el mal humor roba el espacio de los buenos o cuando es necesario pasar la noche en vela, no hay liquido más ameno y confortante que el café.

¿De toda la modorra de la madrugada, del delicioso abrazo de las sábanas, no te levanta la exquisita esperanza de un calé con leche? Desconozco una manera mejor de empezar la mañana, salvo cuando con tiempo, además del café, gozas también de amores con tu amado. Esta combinación es la ideal, más no siempre posible, con las prisas que corren hoy en día.

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