Rosa candida
- Автор: Ólafsdóttir Auður Ava
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:
– ¿Estás en medio del malpaís, mamá? ¿Estás herida, mamá?
– Probablemente necesitaré una montura nueva para las gafas.
Sé que quedaba poco de la conversación, pero para alargar el tiempo de los recuerdos, para conservarla por más tiempo a mi lado, añado al manuscrito, en la recapitulación, lo que no llegué a tiempo de decirle.
– Oye, mamá, mamá, se me ha ocurrido si no convendría trasplantar al jardín la rosa de ocho pétalos que tienes en el invernadero, la ponemos en uno de los macizos y a ver si aguanta bien el invierno.
O habría podido preguntarle por algo que precisara una respuesta más larga.
– ¿Cómo se hace la salsa de curry, mamá, y la sopa de cacao, mamá, y la sopa de fletán?
Después tengo la sensación de que dijo, aunque no estoy del todo seguro, que no me impacientara con papá, aunque fuera un tanto chapado a la antigua y tuviera unas costumbres algo estrafalarias. Y que siguiera llevándome bien con mi hermano Jósef.
– Pórtate bien con papá. Y no te olvides de tu hermano Jósef. Le cogías de la mano cuando estabais aún en la incubadora -¿es posible que dijera eso?
Luego se oye un débil silbido, que puede recordar a los inicios de una pulmonía, mamá ha dejado de hablar.
La conversación ha terminado pero aún oigo el eco de unas voces masculinas.
– ¿Sigue encendido el móvil? -pregunta alguien.
– Se ha ido, se acabó -se oye decir a otra voz.
Después, alguien coge el móvil.
– ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? -pregunta.
No digo nada.
– Ha colgado -se oye al otro lado.
– Ha llegado el coche de bomberos -se oye decir a otra voz.
– No conseguimos llegar hasta ella con las tenazas mientras seguía con vida, y pudimos hacer muy poco -dice uno de los de urgencias médicas, que comprende perfectamente que yo quiera saber más-. Pero vimos que estaba hablando por el móvil, lo que realmente resultaba increíble, por la gravedad de sus heridas, pobre mujer, estaba tragando sangre constantemente. No había esperanza alguna, no podría sobrevivir ni siquiera el tiempo suficiente para que la excarcelaran de los restos del coche.
Nos entregaron sus ropas y las gafas en una bolsa, junto con las bayas que había recogido y algunas otras cosas que llevaba en el coche. Las gafas estaban ensangrentadas y ambos cristales estaban hechos añicos, una de las patillas estaba curvada hacia atrás en un ángulo de noventa grados.
Papá y yo discutimos sobre las flores que pondríamos en el ataúd. Yo quería flores sacadas de la naturaleza, reinas de los prados, perifollos, geranios silvestres, ranúnculos, pies de león, pero papá pensaba en flores más nobles, compradas en una tienda, sobre todo rosas importadas. Al final cedió y dejó en manos de su hijo todo lo referente a la decoración floral.
Capítulo18
Sigo aún dentro del bosque que no parece dispuesto a acabar nunca, la gama cromática va del verde al verde. Claro, que así tengo tiempo para pensar en mis cosas, como dice papá; entiéndaseme, no es que espere haber llegado a ninguna conclusión al final de los mil seiscientos cincuenta y cuatro kilómetros. Además de ceñirme al lado derecho de la carretera, en lo que más pienso en este momento es en la tarde y la noche de ayer. El poso que me ha quedado (y que me sigue teniendo descolocado y no ha parado de entrometerse en todos mis pensamientos los primeros doscientos kilómetros) es el innegable cambio de mi amiga de infancia, verla convertida en una persona nueva sin gafas y con cuerpo de mujer. Desde luego, yo también podría preguntarme, igual que ella, si no me van demasiado las mujeres; claro que puedo estar abrazado a una mujer media noche entera, pero no estoy igual de seguro de si sería capaz de protegerla de lo que ella pudiera temer. Por regla general, las chicas tienen mucho más que decir que yo, ellas hablan de su relación con el abuelo, que eran sus niñas mimadas, cómo les enseñó a jugar al ajedrez y las llevaba a los conciertos, hasta que enfermó de cáncer de próstata. A veces hablan de tragedias sucedidas en su familia, aunque sean del siglo pasado si en los últimos años lo único trágico ha sido la muerte del abuelo y a veces también la de la abuela al poco tiempo. Las mujeres tienen memoria de elefante y son muy sensibles al poder de todo lo insólito que pueda haber sucedido en sus familias a lo largo de los últimos doscientos años, y luego intentan incluso relacionarme a mí con sus propias raíces históricas.
A mí me resultaría difícil presentarme de esa forma a nadie, aunque naturalmente nunca hay que desdeñar la ocasión de acostarse con una chica.
Creo notar que hay un cierto ruido raro en el coche. Si surge cualquier problema mecánico, mi virilidad no podrá medirse por mi capacidad de arreglar una avería, yo no soy de esa clase de hombres. Sabría cambiar una rueda, pero no una bujía ni la correa del ventilador, nunca me han interesado las máquinas. No hay nadie que me espere para cenar, tendré que buscar yo solo algún sitio donde dormir, y no puedo retrasarlo mucho, tengo que hacerlo antes de que oscurezca y me sea total y absolutamente imposible encontrar el camino. Aunque se pueda tener sensación de zozobra en el interior de un bosque tenebroso, me digo a mí mismo que no hay nada que temer, porque sé que dentro de la oscuridad tiene que haber un pueblo dormido, una aldea invisible con su iglesia y su estafeta de correos en torno a una placita adoquinada. Tengo hambre y al lado de la iglesia tiene que haber un restaurante con visillos blancos de encaje. Al lado del restaurante podría haber también una pensión. Porque todas estas carreteras han sido recorridas durante mil años, siempre es distinto ir por una ruta de peregrinos que por un camino en el que acaban de echar el asfalto encima de la lava negra yerma y encrespada. Busco con la mirada algún punto de referencia, como una iglesia. Se ven muchas cosas en la bóveda celeste: media luna y multitud de estrellas, una enorme cantidad de titilantes mariposas plateadas. No me percato de la presencia de la iglesia hasta que aparece de repente en el espejo retrovisor, me he pasado y tengo que dar marcha atrás hasta encontrar el desvío que se adentra en el bosque. No hay ni un alma y, la verdad, no me gustaría nada quedarme bloqueado aquí. Pero no he recorrido mucha distancia cuando llego a un cartel que anuncia un restaurante, y una flecha que dirige aún más adentro del bosque. Al lado de la flecha está la distancia, tres kilómetros. Sigo las indicaciones y recorro el camino y cruzo un claro del bosque, de un desvío paso a otro, los carteles están hechos a mano, parecen obra de un niño jugando a los tesoros. Aunque mi conocimiento de la lengua es mediocre, me doy cuenta de que a una palabra le falta una letra. Lo primero que veo es la torre de la iglesia, luego se distingue mejor el camino y por fin veo la iglesia empequeñecerse y alejarse hasta que es como un cubo de un juego de construcción en el espejo retrovisor. Me encuentro en mitad del bosque, los árboles me rodean literalmente por todas partes y no tengo ni la más mínima idea de dónde estoy. ¿Puede alguien que haya crecido en la espesura de un bosque, donde hay que abrirse camino entre la infinidad de troncos para llevar una carta al correo, comprender lo que es tener que esperar toda la infancia para que crezca un solo árbol?
Capítulo19
Justo cuando me creía perdido sin remedio e iba a dar media vuelta, aparece el restaurante todo iluminado al final del desvío. Como no podía ser menos, las ventanas tienen visillos de encaje. Frente al edificio hay un coche. Paso por delante de la casa hasta llegar a la cocina, donde se ven animales del bosque despellejados y colgados en fila: liebres, conejos y jabalíes. Ahí está el propietario, que ha salido a la puerta para recibirme e invitarme a entrar a un pequeño comedor con unas pocas mesas. En las paredes hay pieles de animales y una cabeza de ciervo disecada, así como una colección de escopetas. Al parecer soy el único cliente, el lugar huele a limpio y a comida y en la mesa hay un mantel blanco almidonado y una servilleta de tela, tres vasos delante del plato y tres cubiertos de distinto tamaño.