Viaje de descubrimiento
- Автор: Стил Джессика
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Viaje de descubrimiento». Краткое содержание книги:
Bliss se movió, estiró una mano y tocó algo sólido.
– ¿Dormiste bien? -inquirió una voz suave cerca de su oído. Con brusquedad, la chica despertó del todo.
– Lo siento mucho -se disculpó al descubrir que había descansado con la cabeza apoyada sobre el hombro de Quin. Se sentó muy derecha al instante.
– Cuando quieras, hazlo -estaba tan relajado que Bliss tuvo que sonreír-. Estabas exhausta -la disculpó con naturalidad-. ¿Cómo te sientes ahora?
Bliss consultó su reloj a modo de respuesta. Eran diez para las ocho.
– ¿Acaso hace dos horas que estoy dormida? -estaba muy avergonzada por haberlo mantenido inmovilizado en su asiento.
– ¿Sabes que roncas?
– No es cierto.
– Es verdad, no roncas -contestó y Bliss se dio cuenta de que estaba bromeando. Miró por la ventana y se percató de que estaban cruzando un pueblo. Entonces se dio cuenta de que, además de que le encantaban las bromas de Quin, también le encantaba su país. Al igual que a su hermana, Perú la había hechizado y ahora estaba enamorada de éste.
Pensó que tendrían que bajar del tren en Ollantaytambo y de allí proseguir la ruta en autobús, como lo hicieron en el viaje de ida. Sin embargo, ya eran las nueve de la noche y el tren siguió hasta Cuzco, después de imprimir más potencia para subir una pendiente pronunciada.
El tren se vació con rapidez y Bliss se alegró de estar con Quin, un hombre que conocía su país. En unos momentos, estaban ya en el interior de un taxi y se dirigían al hotel con rapidez.
Bliss esperó con Quin en la recepción a que les dieran las llaves de las habitaciones. Después, lo siguió a los ascensores.
– No es necesario preguntarte si disfrutaste del día -comentó él mientras esperaban un ascensor.
– Machu Picchu es un sueño hecho realidad -sonrió Bliss. Entraron en el ascensor y Quin apretó el botón del piso donde los dos estaban hospedados. De pronto, en el espacio reducido del ascensor, a la chica la invadió una timidez ridícula.
Hacía años que no sentía inhibición por nada y se preguntó que demonios le pasaba, cuando llegaron a su destino.
Salió con la esperanza de que en el espacio amplio del corredor, su ridícula vergüenza desapareciera. Sin embargo no fue así. Quin se detuvo al llegar a la habitación de Bliss y la miró.
– ¿Quieres que nos encontremos en el restaurante en quince minutos? -sugirió.
Bliss no pudo hallar las palabras para aceptar la amable invitación.
– No… tengo hambre -le dijo. Sin ni siquiera desearle buenas noches, lo cual le parecía muy poco cortés, se alejó de él con rapidez y entró en su habitación.
Media hora después, se acostó, segura de que no tenía nada de apetito, pero pensando que habría sido muy agradable pasar media hora con él en el comedor del hotel. Además, habría podido comer aunque fuera algo ligero.
Apagó la luz y decidió que si dormía temprano recuperaría su fuerza y al día siguiente podría visitar Ollantaytambo.
Desde que estaba en Perú, se acostaba siempre pensando en lo que haría al día siguiente, y fue raro que ahora pensara en algo totalmente distinto.
Machu Picchu era maravilloso. Quin fue un compañero de lo más agradable y, haciendo cuentas, Bliss decidió que ese había sido uno de los mejores días de su vida.
Capítulo 5
Bliss durmió muy bien esa noche, pero cuando despertó a la mañana siguiente aún se sentía cansada. Tardó más de lo acostumbrado en levantarse y descubrió que tenía que hacer un gran esfuerzo para arreglarse.
Se bañó, se vistió y trató de concentrarse en su visita a la ciudad inca de Ollantaytambo, pero descubrió que ya no sentía ningún entusiasmo por ir.
Bajó a desayunar, perpleja. No sabía dónde estaban la energía y el ánimo que sintió el día anterior al estar en Ollantaytambo. Entró en el restaurante del hotel y vio a Quin que tomaba una taza de café. Ya había terminado de desayunar.
Hacía unos días, Bliss lo habría ignorado y habría ido a otra mesa. Sin embargo, ese hombre le agradaba mucho ahora. Se acercó a su mesa. Como él ya la había visto, se puso de pie para saludarla.
– Buenos días -saludó Bliss-. ¿Puedo sentarme contigo? -inquirió, repitiendo la pregunta que Quin le hizo el día anterior.
La respuesta que él le dio fue acercarle una silla. No obstante, muy pronto Bliss deseó haberlo dejado terminar de desayunar solo. Pues pronto Quin notó qué Bliss sólo tomó café y jugo de fruta, y empezó a hacer comentarios al respecto.
– ¿No tienes hambre esta mañana?
– A veces me pasa -negó con la cabeza y pensó que eso terminaría con el asunto. Pero Quin Quintero prosiguió con el interrogatorio.
– Esta costumbre de no siempre querer desayunar es muy reciente insistió con expresión adusta.
– ¿Reciente? -no lo entendía en absoluto. Algunas personas tomaban un gran desayuno y otras no.
– Desde tu enfermedad -aclaró.
– ¡Demonios! -exclamó Bliss. No quería que nadie la molestara-. Muchas personas no desayunan. Para esa gente el pensar en comer algo antes del mediodía es un absurdo. De cualquier modo…
– Sin embargo, yo te he visto comer y disfrutar un plato de huevos revueltos con jamón muy temprano -la interrumpió.
Bliss lo observó con fijeza.
– Bueno, pues hoy no tengo hambre -lo desafió. Como Quin no hizo otro comentario y como el día anterior Bliss pasó un día muy agradable a su lado, no quería discutir con él. Así que le explicó-: No suelo tener apetito cuando ceno mucho la noche anterior.
– Pero anoche no cenaste -le recordó. Bliss se maldijo y, demasiado tarde, recordó que tampoco tuvo hambre la noche anterior. Mas ya estaba harta de ese interrogatorio. Quin Quintero ya no le agradaba tanto como antes.
– Mira… -empezó a decir, pero él la interrumpió de inmediato.
– ¿Dormiste bien?
– No es un asunto de tu incumbencia, pero dormí muy bien -estaba bastante molesta. Sin embargo, su feminidad la obligó a preguntarle, cuando él tan sólo siguió contemplándola sin decir nada-: ¿Tengo muy mal aspecto?
Los ojos grises, que ya la habían examinado muy bien, volvieron a recorrer la piel pálida y perfecta.
– Estás hermosa y lo sabes -contestó y la sorprendió. Aunque la dureza de su voz aclaró que el comentario no era un halago.
– Entonces debo de haber dormido bien -repuso Bliss con frialdad. Decidió que ya habían hablado suficiente de ella, así que terminó su café y empezó a recoger sus cosas-. Estoy retrasada esta mañana -trató de charlar con naturalidad y fingió un entusiasmo que no sentía-. Debo ir a la recepción para ver cómo puedo visitar Ollantaytambo -alzó la cabeza y vio que Quin movía la cabeza de lado a lado-. ¿Por qué estás negando con la cabeza? -inquirió con ligera acidez.
– Ya has visto demasiadas ruinas arqueológicas -fue frío-. Hoy descansarás -decretó.
Bliss se quedó boquiabierta. No pudo creer que era verdad lo que oyó.
– ¿Qué? -estaba incrédula mientras trataba de asimilar que ese hombre, ese hombre, el amigo de su cuñado, había hablado en serio. ¿Acaso se atrevía a creer que podía decidir por ella lo que Bliss podía o no podía hacer?
Se asombró aún más cuando él no pareció intimidarse y repitió sus palabras con exactitud. Ignorando el hecho de que ella todavía estaba perpleja, sugirió:
– Mírate en un espejo, estás muy pálida y con los ojos muy grandes No creo que…
– ¡Siempre he tenido los ojos grandes y la cara pálida! -cortó Bliss con enojo. ¡Qué tipo! ¿Quién rayos creía que era para ordenarle que ese día descansara?-. Siempre he… -él no la dejó terminar esta vez.
– … sido necia -concluyó.
– ¡En absoluto! -exclamó-. Leí muchos libros sobre el Perú antes de venir y hay muchos lugares que quiero ver antes de…
– ¿Hace cuánto tiempo llegaste de Inglaterra? -la volvió a interrumpir para cuestionarla.