El Karma Tiene La Culpa
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
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EL KARMA TIENE LA CULPA – Jacquie D’Alessandro
Lacey Perkins desconfió de inmediato de aquella adivina que le dijo que su destino era enamorarse del arrogante aunque increíblemente sexy Evan Sawyer. Lacey pensó que prefería una maldición… hasta que descubrió que la maldición consistía en sentir un deseo incontrolable e insaciable…
¿Ella notaría la tensión que de pronto había invadido el ambiente? A juzgar por lo rápido que respiraba y por el ardor de su mirada, Evan estaba seguro de que sí. Pero antes de actuar, había algo que necesitaba saber.
– ¿Y tú? ¿Tienes novio? -le preguntó.
– No. Y como has dicho tú, si lo tuviera, no te habría besado. Crees que soy una idiota, y puede que lo sea, pero no soy una mujer infiel.
– Y como has dicho, deberías tener varias citas, aunque sea por tu aspecto.
– De hecho, tengo la sensación de que he salido con la mitad de los chicos solteros de Los Ángeles. He tenido muchas relaciones malas. Pero supongo que hay que pasar por las malas para conseguir una buena, y yo debo de estar a punto de tener una buena, aunque sólo sea por estadística. Pero los hombres que conozco siempre se parecen a mi padre, o a mi cuñado… Sólo les interesa el trabajo, y nada más. Yo los llamo «clones impersonales». Como tú, estoy cansada del juego. En estos momentos de mi vida, no necesito impresionar a un montón de chicos diferentes. Preferiría impresionar al mismo chico una y otra vez.
– No debería resultarte difícil. Eres impresionante. Sobre todo con ese vestido.
– Aja. Lo dices porque quieres otra galleta.
– Si me la ofreces, no te diré que no.
Él sabía que su tono implicaba algo más que las galletas. Durante varios segundos permanecieron mirándose el uno al otro, y Evan no pudo evitar preguntarse si ella correría el riesgo o se mantendría a salvo.
– Ahora mismo traigo otra galleta -murmuró ella, y se levantó despacio.
Él la observó caminar hacia el mostrador y, al fijarse en su trasero, comenzó a respirar de manera acelerada. Una vez en el mostrador, ella se puso de puntillas y se inclinó hacia delante para mirar dentro de la vitrina. Evan pensó que se le paraba el corazón. Entonces, ella se dio la vuelta y se apoyó contra el mostrador. Su intensa mirada provocó que Evan sintiera que se le incendiaba la entrepierna.
– Aquí tienes -dijo ella, y le mostró la galleta-. Muérdeme.
Evan se puso en pie y se acercó despacio. Se detuvo frente a ella y apoyó las manos en el mostrador, encerrándola entre sus brazos.
– Es una oferta que no puedo rechazar -se inclinó hacia delante y le mordisqueó el cuello.
Ella gimió y ladeó la cabeza, y él aprovechó para mordisquearle el lóbulo de la oreja.
– Muy bien -murmuró contra su piel-. Pero creo que deberías llamarla Bésame. Ella suspiró de placer.
– De acuerdo.
– De pronto estás de acuerdo con todo.
– Me pongo así cuando un hombre sexy me besa la oreja. No digas que no te lo he advertido.
– Tomo nota -la besó de nuevo-. Pero no creas que con eso vas a asustarme.
– Espero que no.
Ella giró el rostro y él la besó en la boca. Se echó hacia delante y presionó el miembro erecto contra su cuerpo femenino. De pronto, sintió que todo a su alrededor desaparecía, menos ella. El sabor de su boca, el aroma de su piel, las curvas de su cuerpo. Deslizó las manos una pizca hacia abajo y la atrajo hacia sí para besarla con más intensidad, y explorar el interior de su boca a la vez que le acariciaba el trasero.
Ella se movió una pizca y él notó que se excitaba aún más. No recordaba haber deseado tanto a una mujer. Ella empezó a acariciarle el cuerpo, por debajo del albornoz, y cuando posó las manos sobre su trasero, lo atrajo hacia sí.
Evan la tomó en brazos y la sentó sobre el mostrador. Ella gimió y separó las piernas. Evan se colocó entre ellas y le acarició el cuello con la lengua mientras, con la mano, separaba de su piel el escote del vestido. Dejó sus senos al aire y se los acarició, jugueteando con los dedos sobre los pezones. Inclinó la cabeza y rodeó la aureola con la lengua antes de introducir en su boca su pezón turgente.
– Evan… -pronunció ella y arqueó la espalda. Le quitó el albornoz de los hombros y le acarició el torso, provocando que, con cada caricia, se incendiara por dentro.
Él deslizó las manos hasta sus muslos y las metió debajo del vestido. Descubrió que no había nada más que su piel.
– No llevas ropa interior -susurró, y le levantó la prenda hasta la cintura. Al acercar la mano a su entrepierna, la encontró húmeda y caliente.
Ella gimió al sentir que introducía dos dedos en la parte más íntima de su ser.
– No pensé que… ¡ahhh!… la necesitara.
– No la necesitas. Créeme. No me quejo de nada.
Jadeando, ella le bajó la ropa interior y le acarició el miembro erecto. Él respiró hondo y empujó contra su mano.
– Un preservativo -dijo ella, mordisqueándole el cuello.
– En mi cartera. Al otro lado de la habitación. ¡Maldita sea!
– En mi bolso. Está más cerca.
Mientras él seguía acariciándola, ella estiró hacia atrás y agarró el bolso mojado. Algo cayó al suelo, y ambos lo ignoraron. Con un gesto de impaciencia, ella volcó el contenido sobre el mostrador. Él vio un preservativo y es lo puso todo lo rápido que pudo. Entonces, Lacey lo rodeó con las piernas por la cintura y él la penetró con un único movimiento.
Sus gemidos inundaron la habitación. Evan se retiró casi del todo y la penetró de nuevo, disfrutando del lento viaje hasta el placer que había deseado desde el primero momento que entró en la tienda. Ella clavó los dedos en su espalda y él apretó los dientes para controlarse y no llegar al orgasmo. Cuando Lacey echó la cabeza hacia atrás y jadeó, Evan se dejó llevar, empujó con fuerza y permitió que el orgasmo se apoderara de él.
Cuando dejó de temblar, echó la cabeza hacia atrás y esperó a recuperar la respiración. Ella apoyó la frente contra su torso, exhalando de forma entrecortada contra su piel.
Un pitido rompió el encanto de la situación. Evan levantó la cabeza y frunció el ceño. Aquel sonido le resultaba familiar.
– ¿Es un buscapersonas? -preguntó Lacey.
Aquel sonido era el buscapersonas de Evan. Y, al oírlo, regresó a la realidad. ¿Qué diablos estaba haciendo? Acababa de mantener relaciones con una inquilina. Él nunca se acostaba con las inquilinas. Era una de sus normas. Dio un paso atrás y se pasó la mano por el cabello.
– Es el buscapersonas del trabajo.
Ella lo miró fijamente.
– ¿Trabajo? ¿A estas horas? ¿Y en fin de semana?
– Es mi jefe. Está en Londres esta semana. Allí es por la tarde. No importa que sea fin de semana… Trabaja todo el tiempo.
Ella no contestó, pero por la cara que puso era evidente que acababa de meterlo en la categoría de «clones impersonales». Sin decir nada, le entregó un montón de servilletas de papel y se bajó del mostrador.
– Escucha -dijo ella, mientras se recolocaban la ropa-. No sé lo que me ha sucedido pero… Lo que acaba de pasar no lo hago habitualmente.
– Lo creas o no, yo tampoco.
– Se nos ha ido de las manos. Alego enajenación mental transitoria.
– Ya somos dos -dijo él. -Esto no volverá a pasar.
Evan sabía que debía decir que estaba de acuerdo, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
– De hecho -continuó ella-, tenemos que olvidar que ha sucedido.
Antes de que Evan pudiera contestar, llamaron a la puerta y volvió la cabeza hacia la entrada. Un hombre vestido con un mono de la American Car Association llamaba contra el cristal.
El episodio con Lacey había terminado.
Y a Evan se le ocurrió que, a lo mejor, estaba hechizado.
Capítulo 7
El martes, a las diez de la noche, Lacey cerró con llave la puerta de Constant Cravings y comenzó a cruzar el jardín. Las ventas de los tres últimos días habían sido un poco flojas y ella había aprovechado el tiempo para hornear los encargos que le habían hecho. Lo malo era que había tenido demasiado tiempo para pensar y que su mente sólo se centraba en una única cosa. Evan Sawyer.