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Электронная книга - «El Karma Tiene La Culpa». Краткое содержание книги:

Antología Destinadas a amar
EL KARMA TIENE LA CULPA – Jacquie D’Alessandro
Lacey Perkins desconfió de inmediato de aquella adivina que le dijo que su destino era enamorarse del arrogante aunque increíblemente sexy Evan Sawyer. Lacey pensó que prefería una maldición… hasta que descubrió que la maldición consistía en sentir un deseo incontrolable e insaciable…
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– Aja. ¿Y qué sabrás tú de moda? Tú, un hombre que no lleva más que traje y corbata.

– Sé lo bastante como para no ponerme eso -señaló la prenda que ella tenía en la mano-. Y has tenido oportunidad de verme con mucha menos ropa, sin traje y sin corbata, así que no me eches a mí la culpa.

– ¿Te han dicho alguna vez que eres un arrogante?

– ¿Te han dicho alguna vez que eres extremadamente pesada?

– De pronto, estoy recordando todos los motivos por los que me caes mal -se acercó al mostrador y dejó la ropa con brusquedad-. Si quieres quedarte con la ropa mojada y pillarte un resfriado mientras se te arruga la piel, adelante. Yo voy a cambiarme a la trastienda.

Tras esas palabras, se marchó caminando con la cabeza bien alta. Justo antes de que cerrara de un portazo, lo oyó decir:

– ¡No pienso ponerme ese ridículo albornoz!

Capítulo 6

Evan no podía creer que se hubiera puesto el ridículo albornoz.

Miró hacia abajo y, al ver sus piernas desnudas bajo el dobladillo del albornoz, puso una mueca de disgusto. «Si Paul me viera con este atuendo, se moriría de risa», pensó.

¿Por qué diablos Lacey no había vestido a los maniquíes con ropa normal? Sin embargo, tenía que admitir que llevar el albornoz era mucho más agradable que llevar la ropa mojada, sobre todo porque ésta ya empezaba a irritarle la piel. Y puesto que ya se sentía como un idiota, había decidido quitarse también la ropa interior y ponerse la que Lacey le había prestado.

Intentaría mantener el albornoz abrochado y actuar como si estuviera llevando su propia ropa. Como si estuviera en su casa. Y como si estuviera con alguien que no fuera Lacey.

«Lacey». Cuya piel tenía el tacto de la seda y el sabor de flores azucaradas. Lacey, cuyo beso lo había inflamado por dentro, como si fuera un trago de whisky en un estómago vacío. Lacey, quien en esos momentos se acercaba a él luciendo el vestido rojo que le había quitado al maniquí y provocando que él se quedara sin aire en los pulmones.

«Madre mía». Aquella mujer no sólo sabía cómo besar, también cómo moverse. Sus caderas se contoneaban despacio, de forma que a él le resultaba imposible dejar de mirarla. Él nunca la había visto vestida con otra ropa que no fueran los pantalones negros y la blusa blanca que se ponía para trabajar. Y aquel vestido rojo le quedaba de maravilla.

Lacey se metió detrás del mostrador y sacó una cafetera. Lo miró y esbozó una sonrisa.

– Veo que has preferido que no se te arrugue la piel.

– Ni se te ocurra reírte.

– No me reiré si tú no te ríes -puso una mueca y tiró del dobladillo del vestido hacia abajo-. Este vestido no me queda muy bien. Mi maniquí usa unas cuantas tallas menos que yo. Menos mal que la tela se estira.

– A mí me parece que te queda bien. Perfecto, diría yo.

– ¿Es otro cumplido? Estoy alucinada. Pero para continuar con este ambiente distendido, yo también te haré un cumplido. Ese albornoz te queda mejor que a cualquier maniquí.

La expresión de su mirada indicaba que no estaba bromeando y Evan notó que se le aceleraba el pulso. Al parecer, a algunas mujeres no les importaba que los hombres llevaran albornoces con corazones de color rosa.

– Gracias… Entonces, ¿hacemos una tregua?

– Tregua -contestó ella con una sonrisa-. Al menos, hasta que lleguen los de la asistencia en carretera. ¿Quieres un café normal o descafeinado?

– Normal. No quiero quedarme dormido de camino a casa. ¿Necesitas ayuda?

– Gracias, pero creo que puedo encargarme de una cafetera.

Tratando de pensar en algo que no fuera ella, Evan se volvió para mirar las fotos y los collages que decoraban las paredes mientras Lacey molía el café.

– Ésas son del jardín de mi madre -dijo ella, al ver que él se detenía frente a la foto de un jarrón de cristal lleno de flores de color rosa pálido.

– He visto estas flores en otras ocasiones. ¿Qué son?

– Peonías. Hace años le regalé a mi madre esa planta para el Día de la Madre. Es mi flor y mi aroma preferido.

– ¿Sacaste tú la foto?

– Sí. Me quedaba mucho espacio por de-corar y no podía gastarme dinero, así que agarré mi cámara y… ¡tachan! Los collages también los he hecho yo.

– Son muy buenos.

– Gracias. Hacerlos es muy relajante. Pongo música, me sirvo una copa de vino y dejo volar a mi imaginación.

Él señaló un collage que mostraba escenas de playa.

– Eso es lo que a mí me parece relajante. Estar cerca de la playa.

– Eh, quizá deberíamos grabar este momento, porque parece que, por fin, estamos de acuerdo en algo. Para mí, la playa es el mejor lugar para relajarse. El ruido del mar, la brisa marina, la arena bajo mis pies… -suspiró-. Algún día espero comprarme una casa en la playa.

– Lo mismo que yo. En la que pueda sentarme en la terraza y disfrutar del mar mientras me tomo el café del desayuno.

– Y yo el después de cenar -sonrió-. Si tuviera un balcón con vistas al océano, estaría todo el día fuera. Incluso, probablemente, querría dormir allí.

– Otra vez estamos de acuerdo -dijo él, y la imaginó acurrucada contra él, tumbados bajo las estrellas y rodeados por el ruido del mar.

– Guau. Hemos estado de acuerdo dos veces seguidas. ¿Quién iba a pensarlo?

– Yo no -cada minuto que pasaba se daba cuenta de que aquella mujer tenía algo más que un cuerpo estupendo, una actitud desafiante y una propensión a hacerlo enfadar. Se fijó en un collage sobre cachorros y no pudo evitar sonreír-. Éste es estupendo. ¿Tienes perro?

Ella negó con la cabeza.

– Tuve uno cuando era pequeña. Un labrador que se llamaba Lucky. Ahora me encantaría tener uno, pero en mi edificio están prohibidos los animales.

Él se acercó al mostrador y la observó mientras llenaba dos tazas de café recién hechos.

– Mi perra es mezcla de labrador, o eso creo. Por su tamaño, creo que también tiene algo de san bernardo.

– ¿Tienes perro?

– Una encantadora perrita de cuatro años que recibe con besos a todo el que aparece.

– No me parecías el tipo de hombre de los que tienen perro.

– Supongo que estoy lleno de sorpresas.

Sus miradas se encontraron.

– Supongo que sí -dijo ella-. ¿Cómo se llama tu perro?

– Sasha. La adopté hace seis meses cuando fui con Paul a una perrera que hay al norte de Los Angeles, porque él quería adoptar un perro. Sasha y yo nos miramos un instante y sentimos amor a primera vista. El único problema es la barrera del lenguaje.

– ¿Perdón?

– La familia con la que vivía Sasha sólo hablaba ruso. La perra no comprende ni una palabra de inglés.

Ella lo miró unos segundos y se rió.

– Bromeas.

– No. Y yo sólo sé decir «caviar» y «vodka» en ruso.

Lacey soltó una carcajada y negó con la cabeza.

– Nunca había oído algo así.

– Yo tampoco. Así que, si por casualidad sabes cómo decir en ruso: «siéntate», «quieta», o «no te comas mis zapatillas», dímelo.

– ¿Sasha se come tus zapatillas?

– No es que se las coma, sino que las roe hasta destrozarlas. Pero sólo mis zapatillas. Por suerte no le gusta la ropa.

– ¿Y quién cuida de ella cuando estás en el trabajo?

– La saca a pasear un chico. Por las noches, cuando trabajo hasta muy tarde, como hoy, mi vecino cuida de ella.

Lacey dejó las tazas sobre el mostrador.

– ¿Por qué no las llevas a la mesa mientras voy a por las galletas?

Evan agarró las tazas y las llevó hasta una mesa redonda y de cristal que estaba situada entre dos butacas. Ella se reunió con él segundos más tarde y dejó sobre la mesa un plato con dos galletas enormes. Se sentó frente a Evan y, aunque él trató de no hacerlo, no pudo evitar fijarse en lo corta que le quedaba la falda al sentarse.

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