Sangre En El Volga
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Sangre En El Volga». Краткое содержание книги:
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.
– Tenga cuidado al asomarse, mi teniente…
Olsen echó una ojeada, manteniéndose a un lado. Vio la avenida y un cuerpo tendido a mitad de la distancia que separaba la casa del foso antitanque que aparecía como una mancha negra en el asfalto de la plaza.
– ¿Quién es el muerto? -preguntó sin dejar de mirar a la calle.
– Uno de los muchachos de Swaser, teniente. Hace más de una hora que está ahí… intentaba llegar hasta aquí, pero los rusos de la fábrica lo cazaron como a un conejo.
– ¿Y esos hombres no han recibido ni comida ni munición?
– Ha sido imposible, mi teniente. Los de Intendencia han llegado hasta aquí, pero al asomarse, como usted lo hace, se han dado cuenta de que nadie puede llegar hasta allá… de día al menos.
– Desde luego… ¿tienen teléfono aquí?
– Sí. Lo hemos instalado en el sótano, señor.
– Vamos.
Olsen estaba dispuesto a no dejar pasar la ocasión que se le brindaba. Una vez junto al aparato, lo descolgó para pedir comunicación de urgencia con el puesto de mando del comandante jefe del Batallón.
Pronto tuvo a Turner al otro extremo del hilo.
– ¡A sus órdenes, mi comandante! Teniente Olsen al aparato.
– ¿Qué hay de nuevo, Olsen?
– El pelotón del sargento Swaser, de la sección del teniente Ferdaivert, ha sido colocado por error en un foso antitanque completamente aislado. El sargento y sus hombres se encuentran bajo el fuego enemigo, sin posibilidad de suministrarles absolutamente nada.
La voz del mayor explotó, al otro extremo del cable.
– ¿Quién es el imbécil que les ha metido en ese agujero?
– No lo sé, mi comandante -repuso Olsen con prudencia-. No es mi sección, como usted sabe. He venido porque los servicios de Intendencia me comunicaron que no podían suministrar nada al sargento Swaser…
– ¿Y el jefe de esa sección?
– En el puesto de mando de la compañía, mi comandante. He dejado al teniente Ferdaivert que descansase un poco… -su tono se hizo aún más hipócrita-. Después de la noche que hemos pasado todos…
– ¿Y eso qué importa? ¿Duermo yo acaso? Ocúpese de ese asunto, Olsen… ya diré dos palabritas a Ferdaivert…
– ¡A sus órdenes, mi comandante!
La comunicación se cortó; Olsen colocó el aparato en la horquilla; luego, volviéndose hacia el suboficial, dijo:
– ¿Tienen algún megáfono?
– Sí.
– Tráigamelo inmediatamente.
Algunos instantes después, junto a la ventana, Olsen se llevó el megáfono a los labios.
– ¡Sargento Swaser! -gritó su voz amplificada por el aparato-. Aquí el teniente Olsen… Vamos a ocuparnos de ustedes inmediatamente… los sacaremos de ahí…
Esperaba una respuesta de Ulrich, pero apenas había acabado su frase que una voz, repetida por media docena de potentes altavoces, llegó hasta él desde el edificio del otro lado de la plaza.
– ¡No pierdas el tiempo, bandido fascista! Ven a buscar a tus hombres, si quieres hacerlo… ¿Por qué no lo haces? Ya, lo sabemos. Prefieres enviar a algunos de tus esclavos para que caigan como ese que ha muerto antes… ¡Alemanes! ¡Soldados! ¡Ahí tenéis la prueba de que vuestros oficiales se sirven de vosotros como si vuestra vida no valiese nada! Os han enviado a ese asqueroso agujero y os han dejado en él como a perros sarnosos… No temáis… Sois trabajadores como nosotros… no dispararemos contra el foso antitanque, pero nos cargaremos a todos los que intenten llegar hasta él… queremos demostrar a vuestros jefes fascistas que deberían arrancarse los galones, ya que son incapaces de defender a sus propios hombres…
Bruno se clavó las uñas en las palmas de las manos al apretar los puños.
Una simple mirada volvió a convencerle que sería una verdadera locura intentar nada.
Se volvió hacia el suboficial.
– Lo haremos esta noche -dijo-. Los ruskis no podrán evitarlo.
– Creo que tiene usted razón, mi teniente. Ahora sería completamente inútil.
Los rusos habían abierto un fuego diabólico y los proyectiles rebotaban por cientos en el asfalto de la plaza.
– ¡Los muy cerdos! -gruñó el oficial.
Echó una última mirada, estremeciéndose de terror al ver el cuerpo del alemán muerto que brincaba al recibir el impacto de las balas que llovían sobre el asfalto de la plaza.
– ¡No está mal! -suspiró Dieter cuando el silencio volvió-. Por lo menos se han acordado que estábamos aquí.
– Lo que tú quieras -dijo Martin-, pero ya acabas de oír a los tovaritch…
– ¡Esos cerdos! -gruñó Dieter-. Aprovechan cualquier cosa para soltar su asquerosa propaganda. Si tanto nos quieren, si somos, como dicen, obreros como ellos, ¿por qué no nos dejan salir de aquí?
Trenke se echó a reír.
– ¡Calla, por favor, Dieter! Es para mondarse… dejarnos salir. Ponte en su sitio y dime sinceramente si tú lo harías… ¡Y un cuerno! Jamás vi a nadie dar la menor oportunidad a un enemigo… Pero, lo más curioso de todo es que ha sido el teniente Olsen quien nos ha hablado. ¿Qué habrá sido de nuestro jefe de sección?
– No comprendo nada, yo tampoco -dijo Valker-. A lo mejor han herido al teniente Ferdaivert.
Trenke movió la cabeza de un lado para otro.
– No sé… pero no llegan fácilmente las balas hasta el puesto de mando de la compañía.
– ¡Basta! -gruñó Ulrich-. Habláis como cotorras… esperaremos a ver lo que hacen, ya que no podemos hacer otra cosa.
Transcurrió el día lentamente.
De vez en cuando, los altavoces soviéticos repetían los eslogans, dirigiéndose a los soldados alemanes para que mataran a sus oficiales.
– ¿Por qué pierden el tiempo de ese modo? -se irritó Valker-. ¿Nos toman por idiotas… o qué?
– No son tan tontos como parecen -dijo Trenke-. Lo que desean es minar la moral de las tropas. Saben muy bien que no atacaremos a los oficiales, pero siembran el descontento y la incertidumbre. Puedes creerme, sus palabras hacen más daño de lo que te imaginas.
– No te creo. A mí me entran por un oído y me salen por el otro.
– Mejor para ti.
La oscuridad se acercaba a pasos cometidos. Los disparos seguían siendo intensos, como si los rusos deseasen demostrar que estaban dispuestos a mantener su palabra de no dejar acercarse a nadie al foso antitanque… ni salir de él.
– Es posible que intenten algo durante la noche -dijo el sargento.
– Que hagan algo… ¡pero que se den, prisa! -gruñó Dieter-. Tengo el estómago en los talones. ¿Se da usted cuenta, sargento, que llevamos casi veinticuatro horas sin probar bocado?
– Nadie muere de eso.
– De acuerdo… pero no hay derecho. Por fortuna, los rusos no nos han alimentado a base de raciones de morterazos.
– Es por la propaganda -intervino Martin-. Por el momento, somos útiles a los ruskis. Pero espera que los nuestros se acerquen… y verás.
– ¡Maldita sea! -se quejó el antiguo albañil-. Cuando pienso que podíamos estar como los otros, como todo el mundo, en una posición normal, con comida dos veces al día… ¡y todo por culpa de ese oficial que no ve tres en un burro!
– Deja de quejarte -le lanzó Ulrich con voz áspera-. Estamos todavía aquí… mientras que Ingo…
Trenke alzó los hombros.
– Por lo menos, Ingo no tiene ya ninguna clase de preocupación. Después de todo, uno no sabe si es mejor estar vivo o muerto…
– ¡Basta de charla! -silbó entre dientes el suboficial-. Es mejor que estéis preparados, ya que es posible que tengamos que salir de aquí a toda velocidad, sobre todo si no se deciden a venir a por nosotros. No estoy dispuesto a estar un día más en este infecto agujero. De todos modos -agregó con tono respetuoso-, esperaremos órdenes.
Hubo un corto silencio.