Sangre En El Volga
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Sangre En El Volga». Краткое содержание книги:
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.
La tercera ráfaga le alcanzó.
Ulrich lo vio perfectamente. Hasta le pareció sentir en su propia carne los impactos salvajes de las balas, y hasta se estremeció como lo estaba haciendo Ingo al recibir la bestial caricia de los proyectiles en su cuerpo.
El joven soldado se estremeció violentamente durante unos segundos, agitándose desordenadamente, como si no fuese dueño de su propio cuerpo.
Luego quedó inmóvil, con los brazos en cruz, su mano derecha apretando aún el fusil.
Capítulo VI
Se habían instalado en los sótanos de un sólido edificio, parcialmente destruido, situado a unos doscientos metros de la primera línea.
Los ordenanzas, ayudados por algunos zapadores, limpiaron las amplias salas. Zimmer envió a algunos de sus soldados para instalar convenientemente las habitaciones destinadas a los oficiales.
El capitán Verlaz y los tenientes Ferdaivert y Olsen pasaron casi toda la noche en el puesto de mando del comandante Tunser. Juntos, estudiaron el sector donde el batallón se había instalado, recogiendo informaciones sobre las posiciones ocupadas frente a ellos por los rusos.
Cuando, al rayar el alba, el capitán y los dos tenientes regresaron al lugar donde estaba ubicado el puesto de mando de la Compañía, se llevaron una agradable sorpresa al comprobar que los sótanos sucios y polvorientos se habían convertido en un lugar bastante agradable, con muebles encontrados en la casa y una enorme estufa que despedía un calor vivificante.
– Kolossal! -exclamó Klaus.
– Ese Zimmer vale su peso en oro -dijo Bruno-. Desde luego, sabe hacer las cosas como nadie.
Se sentaron alrededor de la mesa, en la sala destinada al estudio de las operaciones futuras. Un agradable olor a café llegó hasta ellos. Minutos más tarde, hombres de la Intendencia les servían un apetitoso desayuno.
Comieron con apetito, masticando con fruición los pequeños panecillos recién salidos del horno.
– La situación -dijo Bruno con la boca llena- me parece bastante buena, ¿no es así, mi capitán?
– Sí -repuso Klaus mojando el pan en el humeante café-. Por lo que el comandante nos ha explicado, nuestro Cuerpo de Ejército aprieta la ciudad de Stalingrado como los dos bordes de una tenaza. Alemanes, rumanos e italianos al sur, dominando y controlando el aeródromo, los depósitos de carburante, la refinería de petróleo, haciendo frente a los talleres metalúrgicos de la fábrica llamada «Octubre Rojo»…
Hizo una pausa, mientras introducía en la boca un pedazo de pan que chorreaba café.
– Por nuestro lado, en el sector norte -prosiguió luego-, estamos menos avanzados que los del sur, pero ocupamos los barrios obreros y las instalaciones de la fábrica de tractores Sparakowka, que se encuentra precisamente detrás nuestro. Delante de nosotros, se levanta la fábrica de cañones Barricada Roja, nuestro primer objetivo.
Karl lanzó un suspiro antes de decir:
– Es una pena que la artillería rusa se encuentre, con toda seguridad, en la otra orilla del Volga.
Bruno hizo una mueca.
– No tan segura… está lejos, es cierto, pero la Luftwaffe no deja de bombardearla un solo día.
– ¡Evidentemente! -dijo Bruno con entusiasmo-. Mientras que nosotros tenemos los terrenos de aviación aquí mismo, en Stalingrado, el enemigo debe venir de lejos con sus aviones. De ahí nuestra absoluta superioridad aérea.
– Un factor determinante en esta guerra -dijo el capitán-. La prueba es clara: cuando la aviación nos ha fallado, hemos fracasado en tierra, como nos ocurrió durante la última batalla del Don.
– No importa -silbó Bruno-. Esta vez, capitán, daremos una buena lección a esos malditos ruskis.
El capitán asintió, terminando de beber el café que le quedaba. Luego, levantando la mirada:
– Y nuestros hombres, ¿cómo van, señores?
– Mi sección va estupendamente bien -dijo Olsen.
– ¿Y la suya, teniente Ferdaivert?
– Muy bien, mi capitán. A estas horas han debido recibir ya las municiones y el rancho.
– La moral de la tropa es buena -dijo el capitán-, pero será aún mejor cuando iniciemos la ofensiva. No creo que los rusos puedan seguir defendiendo la estrecha franja de ciudad que les queda. Se combate mal cuando se tiene un río a la espalda…
Los ojos de Bruno brillaron intensamente.
– ¡Los aplastaremos! -exclamó con entusiasmo-. Y cuando estemos en la otra orilla del Volga, nadie podrá detenernos… parece que veo a los Panzers atravesando como rayos la estepa…
Klaus Verlaz se incorporó.
– Ach so! -exclamó llevándose la mano a la boca para ocultar un bostezo-. Voy a echarme un poco… estoy molido, tras la noche de trabajo que hemos pasado… ¿quién de ustedes quiere hacer la primera guardia?
– Yo mismo, señor -se ofreció Bruno.
El capitán asintió con la cabeza, abandonando la estancia, ya que su dormitorio había sido instalado en una pequeña habitación al otro extremo del pasillo.
El otro oficial se tendió en su cama, colocada junto a la de Olsen. Éste encendió un cigarrillo, acercándose a la pared donde se había colgado un plano de la ciudad.
Una línea roja marcaba las posiciones enemigas frente a una azul que representaba la línea de progresión alcanzada por las tropas alemanas.
Con el cigarrillo en los labios, Olsen observó largamente el plano.
– Es una pena -pensó en voz baja- que un tipo como Verlaz ostente el mando de la compañía. Pero es muy posible que algún día tenga la suerte de tomar el mando… entonces mostraré a mis hombres la importancia de la lucha que estamos llevando a cabo… estos viejos militares no tienen sangre en las venas…
– Mi teniente…
La voz sobresaltó a Olsen, que se volvió furioso, pero la sonrisa se subió de nuevo a sus labios al ver ante él al cabo furriel Erich Zimmer.
– Me ha asustado… no le oí entrar…
– Perdón, mi…
– No tiene importancia. Le felicito por la instalación. ¡Es sencillamente formidable!
– Gracias, señor. Me alegra que le guste -dudó unos instantes antes de agregar-: venía a ver al teniente Ferdaivert…
– Está durmiendo. ¿Qué pasa?
– Mis hombres acaban de decirme que no les ha sido posible llevar el rancho a uno de los pelotones del teniente. El pelotón del sargento Swaser.
– ¿Por qué?
– Porque se encuentran en un sitio imposible… un foso antitanque, en medio de una avenida y justo enfrente de esa fábrica que ocupan los rusos.
– ¿Quién les envió allá?
– Creo que el teniente…
– ¡Imbécil! -gruñó Bruno-. ¡Y decía que estaban perfectamente instalados! ¡Vamos a echar una ojeada, Erich!
El furriel dudó. No le gustaba en absoluto la idea de acercarse a la línea de fuego. Además, prefería no mezclarse en los asuntos de los oficiales.
– Le acompañaría con mucho gusto, mi teniente -dijo con falso tono contrito-, pero debo ir a ver al comandante… Me ha llamado con urgencia…
– Bien, es igual. Voy a ir a ver lo que pasa.
– ¿Desea usted algo más?
– No, gracias.
Olsen salió del puesto de mando, avanzando por el camino de ronda que había sido abierto a lo largo de la calle que llevaba hasta las posiciones de primera línea.
Oyó el estampido de algunos proyectiles de mortero, pero prosiguió su camino hasta penetrar en una casa en ruinas donde se encontraba otro de los pelotones de la sección de Ferdaivert.
Los soldados se extrañaron al verle, y su jefe, un sargento, avanzó rápidamente hacia el oficial.
– ¿Dónde está el pelotón de Swaser? -preguntó Olsen con voz áspera.
– En medio de la avenida, señor, en un foso antitanque.
– ¡Enséñemelo!
El suboficial se acercó prudentemente a una ventana cuya parte inferior estaba protegida por sacos terreros.