El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
Pronto, mañana, suponía, habría muchas llamadas telefónicas, contestadas y no contestadas. Para el día siguiente por la noche, el juego estaría tocando a su fin. Quizá antes, quizá después, si Dios estaba todavía con él.
Jalil vio una señal que decía «Área de descanso» y se detuvo en un parking oculto por unos árboles a la vista de la carretera. Había varios camiones estacionados en la amplia extensión, así como unos cuantos turismos, pero aparcó en un lugar apartado de ellos.
Cogió del asiento trasero el maletín de la Fuerza Aérea de Satherwaite y examinó su contenido. Había una botella de licor, unas mudas, profilácticos, artículos de aseo y una camiseta que mostraba el dibujo de un cazarreactor y la inscripción: «Nucleares, napalm, bombas y cohetes. Reparto gratuito.»
Cogió el maletín de Satherwaite y el suyo propio y se internó en el bosque, detrás de los lavabos. Recuperó todo su dinero de la cartera de Satherwaite y cogió también el dinero que contenía la cartera de McCoy, que ascendía a 85 dólares, así como el de la cartera del guardia, que contenía menos de veinte dólares, y guardó los billetes en la suya.
Esparció por la maleza el contenido de las tres carteras y arrojó éstas al bosque. Esparció también el contenido del maletín de Satherwaite y lo tiró luego entre unos matorrales. Finalmente, sacó de su maletín las cintas de vídeo del sistema de seguridad del museo y las arrojó por el bosque en distintas direcciones.
Regresó al coche, montó y entró de nuevo en la autovía.
Mientras conducía fue tirando a la calzada, a intervalos, los tres casquillos del calibre 40.
En Trípoli le habían dicho: «No pierdas demasiado tiempo borrando huellas dactilares o preocupándote por otras pruebas científicas de tus visitas. Para cuando la policía procese todo eso, tú ya te habrás ido. Pero no te dejes coger con ninguna prueba sobre tu persona. Hasta el policía más estúpido sospechará si te encuentra en el bolsillo la cartera de otro hombre.»
Naturalmente, estaba la cuestión de las dos Glock, pero Jalil no consideraba que constituyesen una prueba, consideraba las pistolas como lo último que un policía vería antes de no ver nada en absoluto. No obstante, era conveniente deshacerse de las demás cosas y abandonar el automóvil sin dejar en él ninguna prueba manifiesta.
Siguió conduciendo, y sus pensamientos tornaron a su país, a Malik y a Boris. Sabía, como lo sabían Malik y Boris, que no podría continuar con aquel juego durante mucho tiempo.
– No es el juego en sí mismo, amigo mío, es cómo eliges jugarlo -le había dicho Malik-. Tú has elegido dejar que los norteamericanos te echen el guante en París, hacer una entrada sonada en Estados Unidos, darles a conocer quién eres, qué es lo que quieres, cuándo y por dónde has llegado. Tú mismo, Asad, has inventado las reglas de este juego y has aumentado la dificultad para ti de esas reglas. Yo comprendo por qué lo haces pero debes comprender que son muchas las probabilidades de que no llegues a culminar tu misión, y solamente podrás culparte a ti mismo si no consigues alcanzar una victoria total.
– Los americanos nunca entran en combate a menos que puedan asegurarse la victoria antes de que suene el primer disparo -recordaba haber contestado Jalil-. Esto es como disparar a un león desde un vehículo y con mira telescópica. No es una victoria, sino solamente una matanza. En África hay tribus que disponen de rifles pero que todavía cazan al león con lanzas. ¿De qué sirve una victoria física sin una victoria espiritual o moral? Yo no he creado la desventaja en que me encuentro, simplemente la he neutralizado, así que quienquiera que sea el que gane este juego, yo soy el vencedor.
Boris, que estaba presente, comentó:
– Dime eso cuando te estés pudriendo en una cárcel y todos tus demonios de la Fuerza Aérea norteamericana disfruten de una vida feliz.
Jalil recordaba que se volvió hacia Boris y respondió:
– No espero que lo entiendas.
– Lo entiendo, señor León, lo entiendo perfectamente -había replicado Boris, con una carcajada-. Y, para tu información, me es indiferente si matas a esos pilotos o no. Pero más vale que también a ti te sea indiferente. Si la caza es más importante que la muerte, entonces sácales fotografías, como hacen los norteamericanos sensibles cuando van de safari. Pero si quieres saborear su sangre, señor León, será mejor que pienses en otra forma de ir a Estados Unidos.
Al final, Asad Jalil había examinado su corazón y su alma y había llegado a la conclusión de que podía tener ambas cosas: su juego, con sus reglas, y la sangre de sus enemigos.
Asad Jalil vio el letrero que anunciaba la proximidad del aeropuerto MacArthur y enfiló la rampa de salida.
A los diez minutos, detuvo el Lincoln en el parking de estancias largas del aeropuerto.
Se apeó y cerró el coche, llevando consigo el maletín.
No se molestó en borrar las huellas dactilares; si el juego había terminado, había terminado. No tenía intención de hacer más que el mínimo indispensable para ocultar su rastro. Solamente necesitaba otras veinticuatro horas, quizá menos, y si la policía estaba nada más que a dos pasos por detrás de él, aún llegaría un paso demasiado tarde.
Fue a una marquesina de autobús, y al poco rato llegó un minibús, y subió.
– A la terminal principal, por favor -dijo.
– No hay más que una terminal, amigo -respondió el conductor.
Al cabo de unos minutos, el vehículo lo dejó a la entrada de la casi desierta terminal. Jalil se dirigió a una parada de taxis en la que sólo había un coche.
– Sólo necesito ir al lado de Aviación General del aeropuerto -le dijo al chófer-. Pero estoy dispuesto a pagarle veinte dólares por su ayuda.
– Suba, amigo.
Jalil se instaló en el asiento posterior y a los diez minutos llegaba al otro extremo del aeropuerto.
– ¿Algún sitio en particular? -preguntó el taxista.
– Aquel edificio de allí.
El chófer detuvo el coche delante de un pequeño edificio que albergaba las oficinas de varios servicios de aviación. Jalil le dio un billete de veinte dólares y salió.
Estaba a menos de cincuenta metros de donde había aterrizado, y, de hecho, vio el avión de Satherwaite estacionado a poca distancia.
Entró en el pequeño edificio y encontró la oficina de Aviación Stewart.
Un empleado se levantó al otro lado del mostrador.
– ¿Puedo ayudarle en algo? -le preguntó.
– Sí. Me llamo Samuel Perleman, y creo que tienen ustedes un avión reservado para mí.
– En efecto. Vuelo a medianoche. -El empleado miró su reloj-. Llega usted un poco pronto pero creo que están preparados.
– Gracias. -Jalil miró el rostro del joven pero no vio señal alguna de reconocimiento. Sin embargo, el hombre dijo-: Señor Perleman, tiene usted algo en la cara y en la camisa.
Jalil comprendió inmediatamente lo que era: los sesos de la cabeza de Satherwaite.
– Me temo que mi forma de comer no es muy correcta -dijo.
El hombre sonrió y sugirió:
– Hay un lavabo ahí. -Señaló una puerta a la derecha-. Llamaré a los pilotos.
Jalil entró en el lavabo y se miró la cara en el espejo. Había motas de sangre oscura, cerebro gris e incluso una esquirla de hueso en su camisa. Un cristal de sus gafas mostraba varias salpicaduras, y se veían una o dos manchitas en su cara y su corbata.
Se quitó las gafas y se lavó la cara y las manos, teniendo cuidado de no alterar el pelo o el bigote.