El juego del León
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El juego del León». Краткое содержание книги:
John Corey, que sobrevivió a tres heridas de bala mientras fue miembro de la policía neoyorquina, sabe que ha agotado su cupo de buena suerte. No obstante, se alista como agente contratado al servicio de la Brigada Antiterrorista del gobierno federal y es asignado a la peligrosa sección de Oriente Medio. Kate Mayfield, su compañera en esta misión, tiene mayor graduación que John y menos edad, lo que constituye una combinación desastrosa para ambos. Aun así, ella consigue mantenerse firme frente al estilo temerario de John. Ahora, Corey y Mayfield deberán unir sus fuerzas y enfrentarse a un ser sin escrúpulos, un asesino cuya maldad no tiene límites.
– Es un servicio especial. Evita largas filas en el mostrador.
– ¿Largas qué?
– Colas. Suba, por favor.
Satherwaite se encogió de hombros, abrió la portezuela derecha y entró, al tiempo que echaba su maletín sobre el asiento trasero.
Las llaves estaban puestas, Jalil puso el motor en marcha y encendió los faros.
– Recoja los papeles de la guantera, por favor -le ordenó a Satherwaite.
Satherwaite abrió el compartimento y sacó los papeles, mientras Jalil conducía hacia la salida.
La mujer de la garita situada en la salida abrió su ventanilla.
– ¿Me permite ver su contrato de alquiler y el permiso de conducir, señor?
Jalil cogió los papeles del alquiler que Satherwaite le tendía y se los pasó a la mujer, que les echó un rápido vistazo. Separó una de las copias, y Jalil le entregó luego su permiso de conducir egipcio y su permiso de conducción internacional. Ella los examinó unos segundos, miró rápidamente a Jalil y se los devolvió, junto con su ejemplar de los documentos de alquiler.
– Muy bien.
Jalil salió a la carretera principal y torció a la derecha, como se le había dicho que hiciese. Se guardó el permiso de conducir en el bolsillo superior, juntamente con el contrato de alquiler.
– Ha resultado la mar de fácil -dijo Satherwaite-. De modo que así es cómo lo hacen los potentados.
– ¿Perdón?
– ¿Es usted rico?
– Mi empresa.
– Eso está bien. No tiene que hablar con ninguna zorra impertinente en el mostrador de la agencia de alquiler.
– Exactamente.
– ¿A qué distancia está su motel?
– He pensado que podríamos telefonear al señor McCoy antes de ir al motel. Ya son casi las ocho.
– Sí… -Satherwaite miró el teléfono móvil del salpicadero-. Sí, ¿por qué no?
Jalil había observado que en el documento de alquiler del coche figuraba el código pin del teléfono y se lo repitió a Satherwaite.
– ¿Tiene el número de su amigo?
– Sí.
Satherwaite sacó del bolsillo la tarjeta que había tomado del fichero giratorio y encendió la lucecita interior.
Antes de que Satherwaite marcase, Jalil dijo:
– Quizá deba describirme solamente como un amigo. Yo mismo me presentaré cuando lleguemos. -Y añadió-: Dígale, por favor, al señor McCoy que dispone de muy poco tiempo y que le gustaría ver el museo esta noche. Si es necesario, podemos ir primero a su casa. Como puede ver, este vehículo tiene navegador por satélite, y no necesitamos instrucciones para encontrar su casa o el museo. Y, por favor, deje conectado el altavoz del teléfono.
Satherwaite lo miró y volvió luego la vista hacia la pantalla del sistema de posicionamiento global del salpicadero.
– Entendido -dijo. Marcó el código pin y seguidamente el número de la casa de Jim McCoy.
Jalil oyó por el altavoz la señal de llamada. Al tercer timbrazo contestó una voz de mujer.
– Diga.
– Betty, soy Bill Satherwaite.
– Oh… hola, Bill. ¿Cómo estás?
– Estupendamente. ¿Qué tal los niños?
– Muy bien.
– Oye, ¿está Jim por ahí? -Antes de que ella pudiera responder, Bill Satherwaite, que se había acostumbrado a que la gente no estuviese para él, añadió rápidamente-: Tengo que hablar con él un momento. Es importante.
– Oh… bueno, voy a ver si ha terminado su otra llamada.
– Gracias. Tengo una sorpresa para él. Dile eso.
– Un momento.
La comunicación se mantuvo abierta.
Jalil se hacía cargo de los sobreentendidos implícitos en la conversación y sintió deseos de felicitar al señor Satherwaite por utilizar las palabras adecuadas pero se limitó a sonreír y a continuar conduciendo.
Ahora estaban en una carretera que discurría hacia el oeste, en dirección al condado de Nassau, donde se hallaba situado el museo y donde Jim McCoy vivía. Y donde iba a morir.
Sonó una voz en el altavoz:
– Hola, Bill. ¿Qué ocurre?
Satherwaite sonrió ampliamente.
– No te lo vas a creer -dijo-. ¿Sabes dónde estoy?
Hubo un silencio al otro lado del teléfono y luego Jim McCoy preguntó:
– ¿Dónde?
– Acabo de aterrizar en el MacArthur. ¿Te acuerdas de aquel cliente de Philly? Bueno, pues el hombre ha cambiado de planes, y estoy aquí.
– Estupendo…
– Jim, tengo que volver a despegar mañana a primera hora, así que he pensado que podría pasar por tu casa, o quizá reunir-me contigo en el museo…
– Verás… tengo que…
– Será sólo cosa de media hora. Ahora estamos en la carretera. Te estoy llamando desde el coche. Estoy deseando ver el F-111. Podemos recogerte.
– ¿Quién está contigo?
– Un amigo. Un tipo que ha volado conmigo desde Carolina del Sur. Quiere ver los viejos aparatos. Tenemos una sorpresa para ti. No te retendremos mucho tiempo si estás ocupado. Sé que resulta un poco precipitado, pero dijiste…
– Sí… de acuerdo. ¿Por qué no nos reunimos en el museo? ¿Puedes encontrarlo?
– Sí. Tenemos GPS en el coche.
– ¿Dónde estás?
Satherwaite miró a Jalil, que dijo, hablando al micrófono:
– Estamos en la interestatal Cuatro noventa y cinco, señor. Acabamos de pasar la salida a la carretera del monumento a los Veteranos.
– Bien -dijo McCoy-, es la autovía de Long Island, y están a unos treinta minutos sin tráfico. Les esperaré en la entrada principal del museo. Busque una fuente grande. Deme su número de móvil.
Satherwaite leyó el número del teléfono.
– Si, por alguna razón, no nos localizamos, te llamo, o me llamas tú a mí. Anota el número de mi móvil. -Le dio el número y preguntó- ¿En qué coche vas?
– Un Lincoln negro grande.
– Bien… Quizá encargue a un vigilante que te reciba en la puerta. -Y añadió con tono más jovial-: Hora de reunión, las 21.00, aproximadamente; punto de reunión, conforme instrucciones, comunicación establecida entre todas las tripulaciones. Hasta luego, Karma Cinco-Siete. Cambio.
– Recibido, Elton Tres-Ocho. Corto -dijo Satherwaite con una amplia sonrisa. Desconectó el teléfono y miró a Jalil-. Sin novedad. Espere a que le ofrezca usted dos mil yardas de tela gratis. Nos invitará a una copa.
– Metros.
– Sí, eso.
Estuvieron varios minutos en silencio.
– Esto… no hay prisa -dijo finalmente Satherwaite-, pero yo podría salir luego a gastar parte del dinero extra.
– Oh, sí. Por supuesto. -Jalil se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta, sacó el billetero y se lo tendió a Satherwaite-. Coja quinientos dólares.
– Tal vez fuera mejor que los contase usted.
– Estoy conduciendo. Confío en usted.
Satherwaite se encogió de hombros, encendió la lucecita interior y abrió el billetero. Sacó de él un fajo de billetes y contó quinientos dólares, o quinientos veinte, no estaba seguro a la débil luz.
– Oiga, esto le deja casi sin guinda -dijo.
– Iré luego a un cajero automático.
Satherwaite le devolvió a Jalil el billetero.
– ¿Seguro? -preguntó.
– Seguro. -Volvió a guardarse el billetero en el bolsillo mientras Satherwaite metía el dinero en su cartera.
Continuaron por la autovía en dirección oeste, y Jalil programó el navegador por satélite para ir al Museo Cuna de la Aviación.
A los veinte minutos se desviaron por una carretera que se dirigía hacia el sur. Tomaron luego la salida M4, en la que una señal indicaba «Museo Cuna de la Aviación».
Siguieron las señales por el boulevard Charles Lindbergh y torcieron a la derecha por un ancho camino particular flanqueado de árboles. Delante había una fuente iluminada con luces azules y rojas, más allá de la cual se alzaba una vasta estructura de vidrio y acero con una cúpula en su parte posterior.
Jalil rodeó la fuente y condujo hacia la entrada principal.
Había un guardia uniformado junto a la puerta. Jalil detuvo el coche.