Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Estaban las dos en el borde de la piscina de la casa de Shirley. En Mosquito. Una casa magnífica, moderna, inmensa. Cubos blancos con ventanales de cristal, de una modernidad y un estilo sorprendentes frente al mar. Dominando el mar, bordeando la terraza: una piscina. En cada habitación podría meterse mi piso, se decía Joséphine al levantarse por las mañanas, al abandonar su cama gigante de sábanas de satén, entrando en el comedor donde, ante un mar turquesa que cortaba la respiración, estaba preparado el desayuno.
– Vas a terminar por convencerme, Jo. Voy a ponerme yo también a hablar con las estrellas.
Shirley dejó caer su mano en el agua azulada de la piscina. Los niños dormían. Hortense, Zoé, Gary y Alexandre, que Joséphine se había traído con ellos. Iris había vuelto de Nueva York decepcionada, amarga, sombría. Se pasaba los días encerrada en su despacho. Joséphine ignoraba lo que había pasado en Nueva York. Philippe no le había dicho nada. La había llamado una vez para pedirle si podía llevarse a Alexandre durante las vacaciones de Navidad. Joséphine no había preguntado nada. Tenía la extraña sensación de que no era asunto suyo. Iris se había distanciado de ella. Ella se había alejado de Iris. Como si alguien hubiese cortado una foto de ellas dos y hubiese esparcido los trozos.
Miró la fachada de la casa de Shirley: un inmenso ventanal que se abría sobre la terraza en la que estaban sentadas. En el salón, sofás blancos, alfombras blancas, mesas bajas cubiertas de revistas, de catálogos, cuadros en las paredes. Un lujo sereno, refinado.
– ¿Cómo hacías para vivir en Courbevoie?
– Yo era feliz en Courbevoie… Era algo distinto. Era una nueva vida, estoy acostumbrada a cambiar de vida, ¡lo he hecho tanto!
Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Joséphine calló. Shirley hablaría cuando ella quisiera. Aceptaba los secretos de su amiga.
– ¿Quieres que vayamos a ver los pececitos bajo el agua con los niños esta tarde? -preguntó Shirley volviendo a abrir los ojos.
– ¿Por qué no? Debe de ser bonito…
– Cogemos gafas de bucear, nos sumergimos y los admiramos… Me sé los nombres de todos los peces. Voy a pedirle a Miguel que prepare el barco.
Hizo una seña a un hombre, que avanzó. Le habló en inglés y le pidió que preparase el barco y que cuidase de que hubiese gafas y tubos suficientes para todo el mundo. El hombre se inclinó y se fue. Aquí era donde debía de venir de vacaciones cuando pretendía ir a Escocia, pensó Joséphine.
Los días pasaban tranquilos, alegres. Zoé y Alexandre se pasaban el tiempo en la piscina o en el mar. Se habían metamorfoseado en pececillos dorados. Hortense se tostaba al borde de la piscina hojeando revistas de lujo que cogía de las mesas del salón. Joséphine había encontrado una caja de píldoras anticonceptivas entre sus cosas cuando buscaba un tubo de aspirina. No había dicho nada. Ya me hablará de eso cuando quiera. Confío en ella. No quería más enfrentamientos. Hortense había dejado de agredirla. Pero no se había vuelto precisamente tierna y amable…
Festejaron la Navidad en la terraza. En la serenidad de una noche estrellada. Shirley había colocado un regalo en cada plato. Joséphine deshizo su paquete y descubrió un brazalete Cartier.
Hortense y Zoé recibieron también otro. Alexandre y Gary tuvieron un portátil último grito. «Así podrás enviarme fotos y correos cuando estemos separados», murmuró Shirley al oído de su hijo mientras la besaba para darle las gracias. Tenía que agacharse para poder besarla. Había tanto amor en sus ojos cuando sus miradas se cruzaban.
Daban una fiesta en una casa vecina. Gary y Hortense preguntaron si podían ir. Shirley, tras haber consultado a Joséphine con una rápida mirada, les dio autorización, y se fueron tras dar el último bocado a la tarta. Zoé fue a acostarse, llevándose un trozo de tarta. Alexandre la siguió.
Shirley cogió una botella de champán y propuso a Joséphine bajar a su playa privada al pie de la casa. Se tumbaron cada una en una hamaca y miraron las estrellas.
Fue entonces cuando, sosteniendo su copa de champán en una mano, cubriendo sus pies con la punta del pareo, Shirley comenzó su relato.
– ¿Conoces la historia de la reina Victoria, Jo?
– ¿La abuela de Europa? ¿La que había colocado a cada uno de sus hijos y nietos en una familia real y que reinó cincuenta años?
– Esa misma.
Shirley hizo una pausa y miró a las estrellas.
– Victoria tuvo dos amores en su vida: Alberto, al que todo el mundo conocía, y John…
– ¿John?
– John… John Brown. Un escocés que era su lacayo. El rey Alberto, su gran amor, murió en diciembre de 1861, tras veintiún años de matrimonio. Victoria tenía entonces cuarenta y dos años. Era madre de nueve hijos, la última de ellos tenía cuatro años. También era abuela. Era una mujer pequeñita, medía tres palmos, bastante corpulenta y con un carácter endiablado. Detestaba su oficio de reina, que practicaba a la perfección. Le gustaban las cosas sencillas: los perros, los caballos, el campo, los picnic… Le gustaban los campesinos, sus castillos, su té de las cuatro, jugar a las cartas, sestear a la sombra de un gran roble. Tras la muerte de Alberto, Victoria se encontró muy sola. Alberto siempre había estado a su lado para aconsejarla, ayudarla y, a veces, para reprenderla. Era Alberto quien le decía cómo comportarse, qué actitud adoptar. No sabía vivir sola. John Brown estaba allí, fiel, solícito. Muy pronto, Victoria no pudo pasarse sin él. La seguía allá donde fuese. La protegía, velaba por ella, la cuidaba, ¡incluso le libró de un atentado! Encontré cartas donde ella habla de él… Escribía: «Es extraordinario, lo hace todo por mí. Es a la vez mi lacayo, mi escudero, mi paje e incluso diría que mi asistenta, de tanto que cuida de mis abrigos y mis chales. Siempre es él el que conduce mi poni, el que se ocupa de mí fuera. Creo que nunca he tenido un criado tan servicial, fiel, cuidadoso». Es tan conmovedora cuando habla de él. Se diría una niña. John Brown tenía entonces treinta y seis años, la barba hirsuta, la lágrima fácil. Hablaba un inglés rudimentario y tenía modos bastante groseros. Pronto su complicidad se convirtió en un escándalo. Se la llamaba tanto Victoria como Mrs. Brown. La acusaron de haber perdido la cabeza, de estar loca. Su relación con él se convirtió en «el escándalo Brown». Las gacetas escribían: «El escocés vela por ella con los ojos de Alberto». Y es que, poco a poco, John Brown fue abusando. Desfilaba a su lado durante las ceremonias oficiales. Se había vuelto indispensable, ella ya no daba un paso sin él. Le nombró escudero, el primer escalón nobiliario, le compró casas que adornó de escudos reales, y le llamaba delante de todo el mundo «el mejor tesoro de mi corazón». Se encontraron billetes que ella le enviaba y que firmaba «I can't lifve without you. Your loving one». La gente estaba horrorizada…
– ¡Se diría que hablas de Diana! -exclamó Joséphine, que había detenido el balanceo de su hamaca para no distraerse.
– John Brown empezó a beber. Se derrumbaba borracho perdido, y Victoria decía sonriendo «creo que he sentido un ligero temblor de tierra». Era el hombre de la casa. Se ocupaba de todo, dirigía todo. Bailaba con la reina en las fiestas reales y la pisaba sin que protestara. ¡Llegaron a llamarle Rasputín! Cuando murió, en 1883, se sintió tan desgraciada como cuando murió Alberto. La habitación de Brown permaneció intacta con su gran kilt extendido sobre un sillón, y ella colocaba, sobre su almohada, una flor fresca cada día. Decidió escribir un libro sobre él. Le parecía que había sido injustamente maltratado cuando vivía. Escribió doscientas páginas de alabanzas y costó mucho disuadirla de que las publicara. Más tarde, se encontrarían trescientas cartas escritas por Victoria a John muy comprometedoras. Fueron compradas y quemadas. Y su diario íntimo sería reescrito por completo.