Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Se echaron a reír.
– A partir de ahora no voy a frecuentar más que lavabos. Serán mis posos de café. Lavabo, hermoso lavabo, dime ¿quién es esta mujer a la que amo con locura y que juega a los misterios?
Shirley no respondió. Joséphine pensó en lo que acababa de decir sobre las palabras que se escapan y traicionan. El otro día, sin que supiese por qué, la atención de Philippe la había turbado. «Y, si soy honesta conmigo misma, me gustó esa ternura en su voz». Había colgado, sorprendida por la emoción en la que se había sumergido. Sólo de pensarlo de nuevo, sentía cómo se ruborizaba.
En el ascensor, bajo la luz mortecina del techo, Shirley le preguntó: «¿En qué piensas, Joséphine?», ella sacudió la cabeza y dijo «en nada». Sobre el descansillo, ante la puerta de Shirley, un hombre vestido completamente de negro estaba sentado sobre el felpudo. Las vio llegar y no se levantó. «Oh! My God»!, susurró Shirley. Después, volviéndose hacia Jo, le dijo:
– Pon cara de que no pasa nada y sigue sonriendo. Puedes hablar, no entiende el francés. ¿Puedes quedarte con mi hijo esta tarde y esta noche?
– No hay problema…
– ¿Puedes también procurar que no llame a mi casa, que vaya directamente a la tuya? Ese hombre no debe saber que vive aquí conmigo, cree que está interno.
– De acuerdo…
– Seré yo la que iré a verte cuando se haya ido, pero hasta entonces, cuida de él. Prohíbele que ponga los pies en casa.
La besó, la estrechó el hombro, se dirigió hacia el hombre, todavía sentado, y soltó desenvuelta: Hi, Jack, why don't you come in? [19] Gary comprendió enseguida cuando Jo mencionó al hombre de negro.
– Tengo mi mochila, mañana iré directamente al instituto, dile a mamá que no se preocupe, sé defenderme.
Durante la cena, Zoé, intrigada, estuvo haciendo preguntas. Había vuelto antes que Gary y Hortense y había visto al hombre de negro sobre el felpudo.
– ¿Ese señor es tu papá?
– ¡Zoé, cállate! -la cortó Jo.
– ¡Pero puedo preguntarle si es su papá o no!
– No tiene ganas de hablar de ello. Ya lo ves… No le molestes.
Zoé se metió un trozo de gratín dauphinois en la boca, lo masticó con la punta de los dientes y después posó el tenedor con expresión triste.
– Pues yo a mi papá le echo muchísimo de menos… Me gustaba más cuando estaba aquí. No tiene gracia vivir sin papá.
– ¡Zoé, qué pesada eres! -exclamó Hortense.
– Siempre tengo miedo de que le coman los cocodrilos. Son malos…
– No te comieron este verano -contestó Hortense irritada.
– No, pero tuve mucho cuidado.
– Pues bien, piensa que papá tiene mucho cuidado también.
– A veces, se distrae. A veces, pasa mucho tiempo mirándoles a los ojos. Dice que intenta leerles el pensamiento.
– ¡Qué tonterías dices!
Hortense se volvió a Gary y le preguntó si no quería sacarse algo de dinero desfilando.
– En Dior están buscando adolescentes altos, románticos, guapos, para presentar su colección.
Iris le había preguntado si no tenía amigos que pudiesen estar interesados.
– Me habló de ti… ¿Te acuerdas cuando fuimos a verla al estudio Pin-up? Le pareció que eras muy guapo…
– No sé si realmente me apetece -dijo Gary-. No me gusta que me toquen el pelo y que me vistan.
– ¡Sería guay! Yo iría contigo.
– No, gracias, Hortense. Pero me gustó ver la sesión de fotos con Iris. A mí, lo que me gustaría sería convertirme en fotógrafo.
– Podemos volver si quieres. Se lo pediré…
Habían terminado de cenar. Joséphine retiró la mesa, Gary puso los platos en el lavavajillas, Hortense pasó un trapo por la mesa, mientras Zoé, con los ojos llenos de lágrimas, gimoteaba «quiero a mi papá, quiero a mi papá». Joséphine la tomó en sus brazos y la llevó a su cama fingiendo quejarse de lo pesada que era, tan alta, tan guapa que parecía que llevase una estrella entre sus brazos. Zoé se frotó los ojos y preguntó:
– ¿Crees realmente, mamá, que soy guapa?
– Pues claro, mi amor, a veces cuando te miro me pregunto ¿quién es esa chica tan guapa que vive aquí?
– ¿Tan guapa como Hortense?
– Tan guapa como Hortense. Tan distinguida como Hortense, tan atractiva como Hortense. La única diferencia es que Hortense lo sabe y tú no lo sabes. Tú te crees que eres un pequeño patito feo. ¿Me equivoco?
– Es difícil ser pequeña cuando se tiene una hermana mayor.
Suspiró, giró la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.
– Mamá, ¿puedo no lavarme los dientes esta noche?
– Bueno, pero es algo excepcional…
– Estoy tan cansada…
Al día siguiente, al final de la mañana, Shirley llamó a la puerta de Joséphine.
– He conseguido convencerle de que se vaya. Ha sido difícil, pero se ha ido. Le he dicho que no debía volver aquí, que había un tipo de la policía secreta que vivía en el edificio…
– ¿Y te ha creído?
– Eso creo. Joséphine, he tomado una decisión esta noche. Me voy… Estamos a finales de noviembre, no va a volver enseguida, pero tengo que marcharme… Me voy a refugiar en Mosquito.
– ¿Mosquito? La isla de los multimillonarios, la de Mick Jagger y la princesa Margarita…
– Sí. Tengo una casa allí… Allí no irá. Después, ya veré, pero lo que es seguro es que ya no puedo vivir aquí.
– ¡Vas a mudarte! ¿Me vas a abandonar?
– Tú también querías mudarte, acuérdate.
– Era Hortense. No yo…
– ¿Sabes lo que vamos a hacer? Vamos a ir todos a Mosquito en las vacaciones de Navidad, y yo me quedaré allí. Gary volverá contigo, hasta que acabe el curso y pase la selectividad. Sería un error que interrumpiese sus estudios, está tan cerca del final. ¿Podrás acogerlo?
Joséphine asintió con la cabeza.
– Haría lo que fuera por ti.
Shirley le tomó la mano y la estrechó.
– Después, ya veré… Nos mudaremos de nuevo. Estoy acostumbrada…
– ¿No puedes decirme todavía lo que pasa?
– Te lo diré en Mosquito, en Navidad… Allí me sentiré más segura.
– No estarás en peligro, ¿verdad?
Shirley esbozó una débil sonrisa cansada.
– Por el momento, no, estoy bien.
Marcel Grobz se frotaba las manos. Todo iba sobre ruedas. Había agrandado su imperio comprando a los hermanos Zang, dejando en la estacada a los alemanes, a los ingleses, a los italianos y a los españoles que intentaban hacer lo mismo. Su jugada maestra había funcionado, y se había quedado con todas las fichas de la mesa. Ahora controlaba todos los botones. Había conseguido excluir a Henriette de sus negocios y acababa de alquilar un gran piso, justo al lado del trabajo, para instalar a Josiane y Júnior. En un hermoso edificio con conserje, interfono, techos altos, parqués encerados tipo Versalles y chimeneas con entrepaño. Sólo buen ganado: barones, baronesas, un primer ministro, un académico y la querida de un conocido empresario. Tenía confianza. Josiane iba a volver. Todo sobre ruedas, sobre ruedas. Por la mañana, cuando llegaba al despacho, subía las escaleras de puntillas, avanzaba muy despacio, metía la cabeza y se decía: va a estar allí mi costillita. Con su vientre abombado y su pelo rubio pajizo. Sentada detrás de la mesa, el teléfono bloqueado en su cuello, me va a decir el señor fulano ha llamado y el señor mengano espera su pedido, ¡mueve el culo, Marcel, mueve el culo! Y yo, no diré nada, meteré la mano en el bolsillo y dejaré sobre su mesa las llaves del piso completamente remodelado para que vaya a esperarme. Que se relaje, que se repanchingue, que devore costillas de buey y piernas de cordero para que Júnior sea un bebé gordito y mofletudo, berreón, fuerte como las dos piernas de un zuavo. Que se pase el día en la gran cama de nuestra habitación comiendo fruta escarchada, salmón bien graso y judías verdes por lo de la clorofila. En la habitación no faltan más que las cortinas… Voy a pedirle a Ginette que se encargue de ello.
[19] Hola, Jack, ¿por qué no entras?