Al borde del Acantilado
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Al borde del Acantilado». Краткое содержание книги:
– Me temo que mis oscuros secretos no van más allá del roller derby, Selevan.
– ¿Y eso qué es?
Daidre le dio unos golpecitos en la mano con la yema de los dedos.
– Tendrá que investigarlo y averiguarlo, amigo mío.
Entonces, por la ventana, vio que el Ford entraba dando botes en el aparcamiento lleno de baches del Salthouse Inn. Lynley se bajó y empezó a caminar en dirección al hostal, pero se dio la vuelta cuando otro coche entró en el patio detrás de él. Era un Mini destartalado cuyo conductor tocó el claxon como si Lynley estuviera en medio del paso.
– ¿Es Jago? -Selevan no podía ver el aparcamiento desde donde estaba sentado-. Gracias -le dijo a Brian, que le trajo su Glenmorangie y dio el primer trago con satisfacción.
– No -dijo Daidre despacio-. No es Jago.
Mientras miraba el aparcamiento, oía a Selevan charlando sobre su nieta. Tammy pensaba por sí misma, al parecer, y nada iba a apartarla del rumbo que había decidido tomar.
– Tengo que admirarla por ello -estaba diciendo Selevan-. Tal vez estemos siendo todos demasiado duros con la chica.
Daidre emitió los sonidos adecuados para indicar que estaba escuchando, pero se había concentrado en lo que sucedía en el aparcamiento, por poco que fuera. El conductor del Mini maltrecho había abordado a Lynley. Se trataba de una mujer fornida que llevaba unos pantalones de pana anchos y un chaquetón abrochado hasta el cuello. Su conversación sólo duró un momento. Una especie de movimiento con el brazo por parte de la mujer sugería un altercado menor por la manera de conducir de Lynley.
Entonces, detrás de ellos, el Defender de Jago Reeth apareció en el aparcamiento.
– Ahora sí es el señor Reeth -informó Daidre a Selevan.
– Será mejor que ocupe nuestro sitio, entonces -le dijo Selevan, que se levantó y fue junto a la chimenea.
Daidre siguió observando. Fuera se intercambiaron algunas palabras más. Lynley y la mujer se callaron cuando Jago Reeth bajó de su coche. Éste los saludó educadamente con la cabeza, como hacen los compañeros de pub, antes de dirigirse hacia la puerta. Lynley y la mujer intercambiaron algunas palabras más y luego se separaron.
Entonces, Daidre se levantó. Tardó un poco en saldar la cuenta del té que había tomado mientras esperaba a Lynley. Cuando llegó a la entrada del hotel, Jago Reeth ya se había instalado con Selevan Penrule junto a la chimenea, la mujer del aparcamiento se había marchado y el propio Lynley había regresado al parecer a su coche a buscar una caja de cartón maltrecha. Estaba metiéndola en el hostal cuando Daidre pasó a la recepción iluminada tenuemente. Allí hacía más frío por el suelo de piedra irregular y la puerta exterior, que a menudo no estaba cerrada. Tiritó y se dio cuenta de que había olvidado el abrigo en el bar.
Lynley la vio enseguida. Sonrió y dijo:
– Hola. No he visto tu coche fuera. ¿Querías darme una sorpresa?
– Quería asaltarte. ¿Qué llevas ahí?
Miró lo que sujetaba.
– Las notas de un viejo policía. O las notas viejas de un policía. Las dos cosas, supongo. Es un jubilado de Zennor.
– ¿Es donde has estado hoy?
– Allí y en Newquay. También en Pengelly Cove. He pasado por tu casa esta mañana para invitarte a venir conmigo, pero no te he encontrado por ningún lado. ¿Has pasado el día fuera?
– Me gusta conducir por el campo -dijo Daidre-. Es una de las razones por las que vengo aquí cuando puedo.
– Es comprensible. A mí también me gusta.
Cambió la caja de posición y la sostuvo inclinada sobre la cadera de esa forma típica en los hombres, tan distinta a la manera que tienen las mujeres de coger algo voluminoso. Él miró a Daidre. Thomas tenía un aspecto más saludable que hacía cuatro días, había en él una pequeña chispa de vida que no existía entonces. Daidre se preguntó si tendría que ver con el hecho de implicarse de nuevo en una investigación policial. Tal vez fuera algo que se te metía en la sangre: la emoción intelectual del rompecabezas de un crimen y la emoción física de la caza.
– Tienes trabajo. -Daidre señaló la caja-. Esperaba poder charlar contigo si tienes tiempo.
– ¿Sí? -Levantó una ceja. Otra vez la sonrisa-. Encantado de concedértelos; la charla, el tiempo, lo que sea. Deja que lleve esto a mi habitación y puedo verte… ¿en el bar? ¿En cinco minutos?
No quería ir al bar ahora que Jago Reeth y Selevan Penrule estaban dentro. A medida que transcurriera el tiempo irían llegando más clientes habituales y no le entusiasmaba la perspectiva de despertar rumores en torno a una conversación íntima entre la doctora Trahair y el inspector de Scotland Yard.
– Preferiría un lugar un poco más privado -dijo-. ¿Hay algún…? -Aparte del restaurante, cuyas puertas estaban cerradas y seguirían estándolo al menos una hora más, en realidad no había otro sitio donde pudieran hablar aparte de su habitación.
Pareció que Lynley llegaba a esta conclusión en el mismo momento que ella.
– Sube, entonces -dijo-. El ambiente es monástico, pero tengo té si no te disgustan el PG Tips y esos envasuchos pequeños de leche. Creo que también hay galletas de jengibre.
– Me acabo de tomar un té. Pero gracias, sí. Creo que tu habitación es el mejor lugar.
Lo siguió por las escaleras. Nunca había estado en la parte de arriba del Salthouse Inn y ahora resultaba extraño estar allí, recorriendo el pequeño pasillo detrás de un hombre, como si tuvieran algún tipo de cita. Se descubrió esperando que nadie los viera y malinterpretara la situación y entonces se preguntó por qué. ¿Qué importaba de todos modos?
La puerta no estaba cerrada con llave -«No tiene sentido, ya que no tengo nada que puedan robarme», señaló Lynley- y le indicó que pasara, apartándose a un lado educadamente para permitir que entrara primero en la habitación. Tenía razón al describirla como monástica, vio Daidre. Estaba bastante limpia y pintada de colores alegres, pero era austera. Sólo había la cama para sentarse a menos que alguien quisiera subirse a la pequeña cómoda. La cama parecía grande, aunque era individual. Cuando la miró, Daidre descubrió que se ruborizaba, así que apartó la vista.
En un rincón de la habitación había una pila y Lynley se acercó a ella después de dejar la caja de cartón en el suelo, con cuidado, contra la pared. Colgó la chaqueta -vio que era un hombre diligente con su ropa- y se lavó las manos.
Ahora que se encontraba aquí, Daidre no estaba segura de nada. En lugar de la ansiedad que la había invadido cuando Cilla Cormack le trajo la noticia del interés de Scotland Yard en ella y su familia en Falmouth, ahora se sentía torpe y tímida. Se dijo que era porque Thomas Lynley parecía llenar la habitación. Era un hombre bastante alto, varios centímetros por encima del metro ochenta, y el resultado de compartir un espacio tan reducido con él parecía transformarla en una ridícula doncella victoriana sorprendida en una situación comprometedora. No era por algo que el hombre estuviera haciendo en particular, sino el simple hecho de estar con él y esa aura trágica que parecía rodearlo, pese a su comportamiento agradable. Pero sentir algo distinto a lo que le habría gustado sentir impacientaba a Daidre, tanto con él como consigo misma.
Se sentó en la cabecera de la cama. Antes de hacerlo, le dio la nota que había encontrado de la inspectora Hannaford. Thomas le dijo que la policía había llegado a su cabaña poco después de él aquella mañana.
– Veo que estás solicitada -le dijo.
– He venido a pedirte consejo. -No era del todo cierto, pero era una buena manera de empezar, le pareció-. ¿Qué me recomiendas?
Lynley fue a la cabecera de la cama y se sentó.
– ¿Sobre esto? -Hizo un gesto con la tarjeta-. Te recomiendo que hables con ella.
– ¿Tienes idea de qué va todo esto?
Después de un momento de duda revelador, le contestó que no.
– Pero sea lo que sea -añadió Thomas-, te sugiero que seas absolutamente sincera. Pienso que siempre es mejor contar la verdad a los investigadores. En general, creo que lo mejor es contar la verdad y punto, sea la que sea.