Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– ¿En qué puedo ayudarla, señora? -La mujer joven me dedica una amplia pero falsa sonrisa y por un segundo me arrepiento de haberme puesto los vaqueros.
– Me gustaría retirar una gran cantidad de dinero.
La señorita Sonrisa Falsa arquea una ceja aún más falsa.
– ¿Tiene una cuenta con nosotros? -No es capaz de ocultar su sarcasmo.
– Sí -respondo-. Mi marido y yo tenemos varias cuentas aquí. Se llama Christian Grey.
Abre mucho los ojos durante un segundo y la falsedad da paso a la consternación. Me mira de arriba abajo una vez más, ahora con una combinación de asombro e incredulidad.
– Por aquí, señora -me susurra, y me lleva a una oficina con más cristal verde pálido, pequeña y con pocos muebles-. Por favor, siéntese. -Me señala una silla de cuero negro que hay junto a un escritorio de cristal con un ordenador ultramoderno y un teléfono-. ¿Cuánto quiere retirar hoy, señora Grey? -me pregunta con amabilidad.
– Cinco millones de dólares. -La miro directamente a los ojos como si pidiera esa cantidad de efectivo todos los días.
Ella palidece.
– Ya veo. Voy a buscar al director. Oh, perdone que le pregunte, ¿tiene alguna identificación?
– Sí. Pero me gustaría hablar con el director.
– Claro, señora Grey -dice y sale apresuradamente.
Me acomodo en el asiento y noto una oleada de náuseas cuando la pistola me presiona incómodamente el final de la espalda. Ahora no. No puedo vomitar ahora. Inspiro hondo y la náusea pasa. Miro el reloj nerviosamente. Las dos y veinticinco.
Un hombre de mediana edad entra en el despacho. Tiene entradas y lleva un traje inmaculado y caro de color carbón y una corbata a juego. Me tiende la mano.
– Señora Grey, soy Troy Whelan. -Me sonríe, nos estrechamos las manos y se sienta frente a mí-. Mi colega me dice que quiere usted retirar una gran cantidad de dinero.
– Correcto. Cinco millones de dólares.
Se gira hacia el sofisticado ordenador y escribe unos cuantos números.
– Normalmente necesitamos que se nos avise con antelación para poder retirar grandes cantidades de dinero. -Hace una pausa y me dedica una sonrisa tranquilizadora a la vez que arrogante-. Pero por suerte aquí guardamos las reservas de efectivo de toda la costa noroeste del Pacífico -alardea.
Por favor, ¿está intentando impresionarme?
– Señor Whelan, tengo algo de prisa. ¿Qué se necesita? Llevo conmigo mi carnet de conducir y el talonario de cheques de la cuenta conjunta que comparto con mi marido. ¿Solo tengo que rellenar un cheque?
– Lo primero es lo primero, señora Grey. ¿Puedo ver su identificación? -Pasa del tono jovial al de banquero serio.
– Tome -digo pasándole mi carnet de conducir.
– Señora Grey… Aquí dice Anastasia Steele.
Oh, mierda…
– Oh… sí. Mmm…
– Llamaré al señor Grey.
– Oh, no, eso no será necesario. -¡Mierda!-. Debo de llevar algo con mi nombre de casada. -Rebusco en el bolso. ¿Qué tengo que lleve mi nombre? Saco mi cartera, la abro y encuentro una foto en la que estamos Christian y yo en la cama del camarote del Fair Lady. ¡No puedo enseñarle eso! Saco la American Express negra.
– Tome.
– Señora Anastasia Grey -lee Whelan-. Bueno, esto valdrá. -Frunce el ceño-. Pero esto es muy irregular, señora Grey.
– ¿Quiere que le diga a mi marido que su banco no ha querido cooperar conmigo? -Cuadro los hombros y le dedico una mirada de lo más reprobatorio.
Él hace una pausa momentánea y me examina de nuevo brevemente.
– Tendrá que rellenar un cheque, señora Grey.
– Claro. ¿Esta cuenta? -Le enseño el talonario de cheques mientras intento controlar mi corazón desbocado.
– Sí, perfecto. Necesito que rellene otros papeles también. ¿Si me disculpa un momento?
Asiento y él se levanta y sale del despacho. Vuelvo a dejar escapar el aire que estaba conteniendo. No sabía que iba a ser tan difícil. Abro el talonario de cheques torpemente y saco un bolígrafo del bolso. ¿Y solo tengo que cobrar el cheque y ya está? No tengo ni idea. Con dedos temblorosos escribo: «Cinco millones de dólares. 5.000.000 $».
Oh, Dios, espero estar haciendo lo correcto. Mia, piensa en Mia. No puedo contárselo a nadie.
Las palabras repugnantes y estremecedoras de Jack resuenan en mi mente: «Y no se lo digas a nadie o me la follaré antes de matarla».
Vuelve el señor Whelan con la cara pálida, avergonzado.
– ¿Señora Grey? Su marido quiere hablar con usted -murmura, y señala el teléfono que hay sobre la mesa de cristal.
¿Qué? No…
– Está en la línea uno. Solo tiene que pulsar el botón. Esperaré fuera. -Por lo menos tiene la decencia de parecer avergonzado. La traición de Benedict Arnold no fue nada comparada con la de Whelan. Le miro con el ceño fruncido mientras sale del despacho, sintiendo que la sangre abandona mi cara.
¡Mierda, mierda, mierda! ¿Qué le voy a decir a Christian? Él lo va a saber. Intervendrá. Y pondrá en peligro a su hermana. Me tiembla la mano cuando la acerco al teléfono. Me lo apoyo contra la oreja, tratando de calmar mi errática respiración, y pulso el botón de la línea uno.
– Hola -susurro intentando en vano calmar mis nervios.
– ¿Vas a dejarme? -Las palabras de Christian son un susurro agónico casi sin aliento.
¿Qué?
– ¡No! -Mi voz suena igual que la suya. Oh, no. Oh, no. Oh, no. ¿Cómo puede pensar eso? ¿Por el dinero? ¿Cree que voy a dejarle por el dinero? Y en un momento de horrible clarividencia me doy cuenta de que la única forma de mantener a Christian a distancia, a salvo, y de salvar a su hermana… es mentirle.
– Sí -susurro. Y un dolor insoportable me atraviesa y se me llenan los ojos de lágrimas.
Él da un respingo que es casi un sollozo.
– Ana, yo… -dice con voz ahogada.
¡No! Me tapo la boca con la mano mientras reprimo las emociones encontradas que siento.
– Christian, por favor. No. -Lucho por contener las lágrimas.
– ¿Te vas? -pregunta.
– Sí.
– Pero ¿por qué el dinero? ¿Por qué siempre es el dinero? -Su voz torturada es apenas audible.
¡No! Empiezan a rodarme lágrimas por la cara.
– No -susurro.
– ¿Y cinco millones es suficiente?
¡Oh, por favor, para!
– Sí.
– ¿Y el bebé? -Su voz es un eco sin aliento.
¿Qué? Mi mano pasa de mi boca a mi vientre.
– Yo cuidaré del bebé -susurro. Mi pequeño Bip… nuestro pequeño Bip.
– ¿Eso es lo que quieres?
¡No!
– Sí.
Inspira bruscamente.
– Llévatelo todo -dice entre dientes.
– Christian -sollozo-. Es por ti. Por tu familia. Por favor. No.
– Llévatelo todo, Anastasia.
– Christian… -Estoy a punto de ceder, de contárselo todo: lo de Jack, lo de Mia, el rescate… ¡Confía en mí, por favor!, le suplico en mi mente.
– Siempre te querré -dice con voz ronca. Y cuelga.
– ¡Christian! No… Yo también te quiero. -Y todas las estupideces que nos hemos estado echando en cara el uno al otro durante los últimos días dejan de tener importancia. Le prometí que nunca le dejaría… Pero no te voy a dejar; voy a salvar a tu hermana. Me hundo en la silla, sollozando copiosamente mientras me cubro la cara con las manos.
Me interrumpe un golpe tímido en la puerta. Whelan entra aunque no le he dado permiso. Mira a cualquier parte menos a mí. Está avergonzado.
¡Le has llamado, desgraciado!, pienso mirándole fijamente.
– Su marido está de acuerdo en liquidar cinco millones de dólares de sus activos, señora Grey. Es una situación muy irregular, pero como es uno de nuestros principales clientes… y ha insistido… mucho. -Se detiene y se sonroja. Después me mira con el ceño fruncido y no sé si es porque Christian está siendo muy irregular o porque Whelan no sabe cómo tratar con una mujer que está llorando en su despacho-. ¿Está usted bien?