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Электронная книга - «Noticia de un Secuestro». Краткое содержание книги:

´Era, en efecto, el automóvil de Maruja. Había transcurrido por lo menos media hora desde el secuestro, y sólo quedaban los rastros: el cristal del lado del chofer destruido por un balazo, la mancha de sangre y el granizo de vidrio en el asiento, y la sombra húmeda en el asfalto, de donde acababan de llevarse al chofer todavía con vida. El resto estaba limpio y en orden´.
Gabriel García Márquez
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La única cama era la de Marina, iluminada de día y de noche por una veladora eterna. Paralelo a la cama estaba el colchón tirado en el suelo, donde dormían Maruja y Beatriz, una de ¡da y otra de vuelta, como los pescaditos del zodíaco, y con una sola cobija para las dos. Los guardianes velaban sentados en el suelo y recostados a la pared. Su espacio era tan estrecho que si estiraban las piernas les quedaban los pies sobre el colchón de las cautivas. Vivían en la penumbra porque la única ventana estaba clausurada. Antes de dormir, tapaban con trapos la rendija de la única puerta para que no se viera la luz de la veladora de Marina en el resto de la casa. No había otra luz ni de día ni de noche, salvo el resplandor del televisor, porque Maruja hizo quitar el foco azul que les daba a todos una palidez terrorífica. El cuarto cerrado y sin ventilación se saturaba de un calor pestilente. Las peores horas eran desde las seis hasta las nueve de la mañana, en que las cautivas permanecían despiertas, sin aire, sin nada de beber ni de comer, esperando que destaparan la rendija de la puerta para empezar a respirar. El único consuelo para Maruja y Marina era el suministro puntual de una jarra de café y un cartón de cigarrillos cada vez que lo pedían. Para Beatriz, especialista en terapia respiratoria, el humo acumulado en el cuartito era una desgracia. Sin embargo, la soportaba en silencio por lo felices que eran las otras. Marina, con su cigarrillo y su taza de café, exclamó alguna vez: «Cómo será de bueno cuando estemos las tres juntas en mi casa, fumando y tomando nuestro cafecito, y riéndonos de estos días horribles». Ese día, en vez de sufrir, Beatriz lamentó no fumar.

Que estuvieran las tres en la misma cárcel pudo ser una solución de emergencia, porque la casa donde las llevaron primero debió de quedar inservible cuando el taxi chocado reveló el rumbo de los secuestradores. Sólo así se explicaban el cambio de última hora, y la miseria de que hubiera sólo una cama estrecha, un colchón sencillo para dos y menos de seis metros cuadrados para las tres rehenes y los dos guardianes de turno. También a Marina la habían llevado de otra casa -o de otra finca, como ella decía- porque las borracheras y el desorden de los guardianes de la primera donde la tuvieron habían puesto en peligro a toda la organización. En todo caso, era inconcebible que una de las grandes transnacionales del mundo no tuviera un mínimo de corazón para mantener a sus secuaces y a sus víctimas en condiciones humanas.

No tenían la menor idea de dónde estaban. Por los ruidos sabían que había muy cerca una carretera para camiones pesados. También parecía haber una tienda de vereda, con alcoholes y músicas, que permanecía abierta hasta tarde. A veces se escuchaba un altoparlante que lo mismo convocaba a actos políticos o religiosos, o transmitía conciertos atronadores. En varias ocasiones oyeron las consignas de las campañas electorales para la próxima Asamblea Constituyente. Con más frecuencia se oían zumbidos de aviones pequeños que decolaban y aterrizaban a poca distancia, lo cual hacía pensar que estaban por los lados de Guaymaral, un aeropuerto para aviones de pista corta a veinte kilómetros al norte de Bogotá. Maruja, familiarizada desde niña con el clima de la sabana, sentía que el frío de su cuarto no era de campo abierto sino de ciudad. Además, las precauciones excesivas de los guardianes eran sólo comprensibles si estaban en un núcleo urbano. Lo más sorprendente era el estruendo ocasional de un helicóptero tan cercano, que parecía encima de la casa. Marina Montoya decía que allí llegaba un oficial del ejército responsable de los secuestros. Con el paso de los días habían de acostumbrarse a aquel ruido, pues en los meses que duró el cautiverio el helicóptero aterrizó por lo menos una vez al mes, y los rehenes no dudaron de que tenía que ver con ellas.

Era imposible distinguir los límites entre la verdad y la contagiosa fantasía de Marina. Decía que Pacho Santos y Diana Turbay estaban en otros cuartos de la misma casa, de modo que el militar del helicóptero se ocupaba de los tres casos al mismo tiempo durante cada visita. En una ocasión oyeron unos ruidos alarmantes en el patio. El mayordomo insultaba a su mujer entre órdenes atropelladas de que lo alzaran de aquí, que lo trajeran para acá, que lo voltearan para arriba, como si trataran de meter un cadáver donde no cabía. Marina, en sus delirios tenebrosos, pensó que tal vez habían descuartizado a Francisco Santos y estaban enterrándolo a pedazos debajo de las baldosas de la cocina. «Cuando empiezan las matanzas no paran -decía-. Las próximas seremos nosotras». Fue una noche de espantos, hasta que supieron por casualidad que habían cambiado de lugar una lavadora primitiva que no podían cargar entre cuatro.

De noche el silencio era total. Sólo interrumpido por un gallo loco sin sentido de las horas que cantaba cuando quería. Se oían ladridos en el horizonte, y uno muy cercano que les pareció de un perro guardián amaestrado. Maruja empezó mal. Se enroscó en el colchón, cerró los ojos, y durante varios días no volvió a abrirlos sino lo indispensable tratando de pensar con claridad. No es que pudiera dormir ocho horas seguidas sino que dormía apenas media hora, y al despertar se encontraba otra vez con la angustia que la acechaba en la realidad. Era un miedo permanente: la sensación física de un cordón templado en el estómago, siempre a punto de reventarse para volverse pánico. Maruja pasaba la película completa de su vida para agarrarse de los buenos recuerdos, pero siempre se imponían los ingratos.

En uno CE los tres viajes que había hecho a Colombia desde Yakarta, Luis Carlos Galán le había pedido en el curso de un almuerzo privado que lo ayudara en la dirección de su próxima campaña presidencial. Ella había sido su asesora de imagen en una campaña anterior, había viajado con su hermana Gloria por todo el país, habían celebrado triunfos, sobrellevado derrotas y sorteado riesgos, de modo que la oferta era lógica. Maruja se sintió justificada y complacida. Pero al final del almuerzo notó, en Galán un gesto indefinido, una luz sobrenaturaclass="underline" la clarividencia instantánea y certera de que iban a matarlo. Fue algo tan revelador que convenció a su marido de regresar a Colombia, a pesar de que el general Maza Márquez lo había prevenido sin ninguna explicación de los riesgos de muerte que lo esperaban. Ocho días antes del regreso los despertó en Yakarta la noticia de que Galán había sido asesinado.

Aquella experiencia le dejó una propensión depresiva que se le agudizó con el secuestro. No encontraba de qué aferrarse para escapar a la idea de que también a ella le acechaba un peligro mortal. Se negaba a hablar o a comer. Le molestaba la indolencia de Beatriz y la brutalidad de los encapuchados, y no soportaba la sumisión de Marina y su identificación con el régimen de los secuestradores. Parecía un carcelero más que la llamaba al orden si roncaba, si tosía dormida, si se movía más de lo indispensable. Maruja ponía un vaso aquí y Marina se apresuraba a quitarlo asustada: «¡Cuidado!». Y lo ponía en otra parte. Maruja se le enfrentaba con un gran desdén. «No se preocupe -le decía-. Usted no es la que manda aquí». Para colmo de males, los guardianes vivían preocupados porque Beatriz se pasaba el día escribiendo detalles del cautiverio para contárselos al esposo y los hijos cuando saliera libre. También había hecho una larga lista de todo lo que le parecía abominable en el cuarto, y tuvo que desistir cuando no encontró nada que no lo fuera. Los guardianes habían oído decir por la radio que Beatriz era fisioterapeuta, y lo confundieron con sicoterapeuta, de modo que le prohibieron escribir por el temor de que estuviera elaborando un método científico para enloquecerlos.

La degradación de Marina era comprensible. La llegada de las otras dos rehenes debió ser para ella como una intromisión insoportable en un mundo que ya había hecho suyo, y sólo suyo, después de casi dos meses en la antesala de la muerte. Su relación con los guardianes, que había llegado a ser muy profunda, se alteró por ellas, y en menos de dos semanas recayó en los dolores terribles y las soledades intensas de otras épocas que había logrado superar.

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