Noticia de un Secuestro
- Автор: Маркес Габриэль Гарсия
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Noticia de un Secuestro». Краткое содержание книги:
Gabriel García Márquez
Los primeros que habían sabido a ciencia cierta quién tenía a Maruja Pachón ya Beatriz Villamizar, fueron Hernando Santos y el ex presidente Turbay, porque el propio Escobar lo mandó decir por escrito a través de uno de sus abogados a las cuarenta y ocho horas del secuestro: «Puedes decirles que el grupo tiene a la Pachón». El 12 de noviembre hubo otra confirmación de soslayo por una carta con membrete de los Extraditables a Juan Gómez Martínez, director del diario El Colombiano de Medellín, que había mediado varias veces con Escobar en nombre de los Notables. «La detención de la periodista Maruja Pachón -decía la carta con membrete de los Extraditables- es una respuesta nuestra a las torturas y secuestros perpetrados en la ciudad de Medellín en los últimos días por parte del mismo organismo de seguridad del Estado muchas veces mencionado en anteriores comunicados nuestros». Y expresaban una vez más su determinación de no liberar a ningún rehén mientras aquella situación continuara.
El doctor Pedro Guerrero, el esposo de Beatriz, abrumado desde el principio por una impotencia absoluta frente a unos hechos que lo desbordaban, decidió cerrar su gabinete de siquiatra. «Cómo iba a recibir pacientes si yo estaba peor que ellos», ha dicho. Padecía crisis de angustia que no quiso transmitirles a los hijos. No tenía un instante de sosiego, se consolaba con los whiskies del atardecer, y pastoreaba los insomnios oyendo en Radio Recuerdo los boleros de lágrimas de los enamorados. «Mi amor -cantaba alguien-. Si me escuchas, contéstame».
Alberto Villamizar, consciente desde el principio de que el secuestro de su esposa y su hermana era un eslabón de una cadena siniestra, cerró filas con las familias de los otros secuestrados. Pero la primera visita a Hernando Santos fue descorazonadora. Lo acompañó Gloria Pachón de Galán, su cuñada, y encontraron a Hernando derrumbado en un sofá y en un estado de desmoralización total. «Para lo que estoy preparándome es para sufrir lo menos posible cuando maten a Francisco», les dijo de entrada. Villamizar trató de esbozar un proyecto de negociación con los secuestradores, pero Hernando se lo desbarató con una displicencia irreparable.
– No sea ingenuo, mijito -le dijo-, usted no tiene la menor idea de cómo son esos tipos. No hay nada que hacer.
El ex presidente Turbay no fue más alentador. Sabía por distintas fuentes que su hija estaba en poder de los Extraditables, pero había resuelto no reconocerlo en público mientras no supiera a ciencia cierta qué pretendían. A un grupo de periodistas que le habían hecho la pregunta la semana anterior los eludió con una verónica audaz.
– Mi corazón me indica -les dijo- que Diana y sus colaboradores están demorados por su labor periodística, pero que no se trata de una retención.
Era un estado de desilusión explicable al cabo de tres meses de gestiones estériles. Villamizar lo entendió así, y en vez de contagiarse del pesimismo de los otros le imprimió un espíritu nuevo a la gestión común.
Un amigo al que le habían preguntado por esos días cómo era Villamizar, lo había definido de una plumada: «Es un gran compañero de trago». Villamizar lo había aceptado de buen corazón, como un mérito envidiable y poco común. Sin embargo, el mismo día del secuestro de su esposa había tomado conciencia de que era también un mérito peligroso en su situación, y decidió no volver a tomarse un trago en público mientras sus secuestradas no estuvieran libres. Como buen bebedor social sabía que el alcohol baja la guardia, suelta la lengua y altera de algún modo el sentido de la realidad. Es un riesgo para alguien que debe medir por milímetros cada uno de sus actos y sus palabras. De modo que el rigor que se impuso no fue una penitencia sino una medida de seguridad. No volvió a ninguna fiesta, y dijo adiós a sus horas de bohemia y a sus parrandas políticas. En las noches de más altas tensiones emocionales su hijo Andrés le escuchaba sus desahogos con un vaso de agua mineral mientras él se consolaba con un trago solitario.
En las reuniones con Rafael Pardo se estudiaron gestiones alternativas pero tropezaban siempre con la política del gobierno, que de todos modos dejaba abierta la amenaza de la extradición. Ambos sabían además que ésta era el instrumento de presión más fuerte para que los Extraditables se entregaran, y el presidente la utilizaba con tanta convicción como la utilizaban los Extraditables para no entregarse.
Villamizar no tenía una formación militar, pero se había criado cerca de los cuarteles. El doctor Alberto Villamizar Flórez, su padre, había sido durante años el médico de la Guardia Presidencial, y estaba muy vinculado a la vida de sus oficiales. Su abuelo, el general Joaquín Villamizar, había sido ministro de la Guerra. Un tío suyo, el general Jorge Villamizar Flórez, había sido comandante general de las Fuerzas Armadas. Alberto heredó de ellos el doble carácter de militar y santandereano, al mismo tiempo cordial y mandón, serio y parrandero, que pone el plomo donde pone el ojo, que dice lo que tiene que decir siempre al derecho y no ha tuteado a nadie en su vida. Sin embargo, prevaleció en él la imagen del padre y estudió la carrera completa de medicina en la Universidad Javeriana, pero nunca se graduó, arrastrado por los vientos irremediables de la política. No es por militar sino por santandereano puro y simple que siempre lleva consigo un Smith amp; Wesson 38 corto, que nunca quisiera usar. En todo caso, armado o desarmado, sus dos virtudes mayores son la determinación y la paciencia. Que a simple vista parecen contradictorias, pero la vida le ha demostrado que no lo son. Con semejante patrimonio, a Villamizar le sobraban arrestos para intentar una solución armada de los secuestros, pero la rechazó mientras no se llegara a un extremo de vida o muerte.
De modo que la única que vislumbraba al final de noviembre era la de enfrentarse con Escobar y negociar de santandereano a antioqueño, duro y parejo. Una noche, cansado de tantas idas y venidas, se las planteó todas a Rafael Pardo. Éste entendió la angustia, pero su respuesta fue puntual.
– Óigame una cosa, Alberto -le dijo con su estilo sobrio y directo-: haga las gestiones que quiera, intente lo que pueda, pero si lo que quiere es seguir con nuestra colaboración debe saber que no puede ir más allá de la política de sometimiento. Ni un paso, Alberto. Es así de claro.
Ninguna otra virtud le hubiera servido tanto a Villamizar como su determinación y su paciencia para sortear las contradicciones internas que le planteaban aquellas condiciones. Es decir: actuar como quisiera, con su imaginación y a su aire, pero siempre con las manos atadas.
3
Maruja abrió los ojos y recordó un viejo adagio españoclass="underline" «Que no nos dé Dios lo que somos capaces de soportar». Habían transcurrido diez días desde el secuestro, y tanto Beatriz como ella empezaban a acostumbrarse a una rutina que la primera noche les pareció inconcebible. Los secuestradores les habían reiterado a menudo que aquélla era una operación militar, pero el régimen del cautiverio era peor que carcelario. Sólo podían hablar para asuntos urgentes y siempre en susurros. No podían levantarse del colchón, que les servía de cama común, y todo lo que necesitaban debían pedirlo a los dos guardianes que no las perdían de vista ni si estaban dormidas: permiso para sentarse, para estirar las piernas, para hablar con Marina, para ñamar. Maruja tenía que taparse la boca con una almohada para amortiguar los ruidos de la tos.