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Marte verde [Green Mars - es]

Электронная книга - «Marte verde [Green Mars - es]». Краткое содержание книги:

Marte rojo ya no existe, fue destruido por la fallida revolución del 2062. Una generación más tarde, Marte verde ha sido terraformado y areoformado. Pero también hay otros que quieren explotar las riquezas minerales de Marte, las materias primas que la Tierra necesita. La nueva generación de colonos está expuesta a insurrecciones, conflictos y pruebas. Sobrevivientes de los Primeros Cien, entre ellos Hiroko, Nadia, Maya y Simon, saben que la tecnología no es suficiente. La creación de un nuevo mundo requiere confianza y colaboración, pero esas cualidades son tan escasas como el aire mismo que respiran en Marte…
Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.
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La concurrencia era algo distinta de la de los debates revolucionarios. Cuando llegaba un resumen de alguno de los seminarios menores para someterlo a debate, la gente que había participado en el seminario asistía a la reunión general para ver que comentarios se hacían sobre él. Los suizos habían organizado seminarios sobre casi todos los aspectos imaginables en política, economía y cultura, de modo que las discusiones generales eran en verdad muy amplias.

Vlad y Marina enviaban informes frecuentes de sus seminarios sobre finanzas, cada uno de ellos enriqueciendo y extendiendo el concepto de eco-economía.

—Es muy interesante —informó Nadia a Nirgal y Art en su reunión nocturna en el patio—. Mucha gente cuestiona el sistema original de Vlad y Marina, incluyendo los suizos y los boloñeses. En esencia, están llegando a la conclusión de que el sistema del regalo que utilizamos al principio en la resistencia no basta por sí solo, porque es demasiado difícil mantener el equilibrio. Hay problemas de escasez y exceso, y cuando se imponen estándares es como si obligaras a la gente a hacer un regalo, lo que es una contradicción. Eso es lo que Coyote dijo siempre, y la razón por la que organizó su red de trueque. Así que ahora intentan elaborar un sistema racional en el que las necesidades se consideran en una economía cuya unidad básica es el peróxido de hidrógeno, y en la que el precio de las cosas depende de su valor calórico. Una vez cubiertas esas necesidades, la economía del regalo entra en acción, empleando el patrón del nitrógeno. De modo que hay dos planos, la necesidad y el regalo, o lo que los sufíes del seminario llaman el animal y el humano, expresados por los distintos estándares.

—El verde y el blanco —dijo Nirgal para sí mismo.

—¿Y están de acuerdo los sufíes con ese sistema dual? —preguntó Art.

Nadia asintió.

—Hoy, después de que Marina describiese la relación entre los dos planos, Dhu el-Nun le dijo: «El Mevlana no lo habría expresado mejor».

—Una buena señal —dijo Art con entusiasmo.

Otros seminarios eran menos específicos, y por tanto menos fructíferos. En uno de ellos, en el que se trabajaba en una futura declaración de derechos, reinaba una inesperada acritud. Pero Nadia advirtió en seguida que ese tema hundía sus raíces en un profundo pozo de preocupaciones culturales. Era obvio que muchos consideraban el seminario como una oportunidad para que una cultura dominase a las demás.

—Lo vengo diciendo desde Boone —exclamó Zeyk—. El intento de imponer unos valores determinados sobre todos nosotros no es mas que ataturkismo. Debe permitirse a todo el mundo conservar los valores que le son propios.

—Pero eso sólo puede ser así hasta cierto punto —señaló Ariadne—.

¿Qué ocurre si un grupo afirma que tiene derecho a poseer esclavos? Sheik se encogió de hombros.

—Eso estaría al margen de lo permitido.

—¿Entonces está de acuerdo en que tiene que haber una declaración básica de derechos humanos?

—Naturalmente —contestó Zeyk con frialdad. Mijail habló por los bogdanovistas.

—Toda jerarquía social es una forma de esclavitud —dijo—. Toda persona tiene que ser igual ante la ley.

—La jerarquía es un hecho natural —dijo Zeyk—. Es inevitable.

—Habló el hombre árabe —dijo Ariadna—. Pero aquí no somos naturales, somos marcianos. Y cuando la jerarquía conduce a la opresión, debe abolirse.

—La jerarquía de los justos —dijo Zeyk.

—O la supremacía de la igualdad y la libertad.

—Impuesta, si es necesario.

—¡Sí!

—Libertad forzada, entonces. —Zeyk hizo un ademán despectivo. Art subió un carrito con bebidas a la tarima.

—Quizá deberíamos centrarnos en los derechos ya existentes — sugirió—. Podríamos estudiar las diferentes declaraciones de los derechos humanos de la Tierra, y ver si podemos adaptarlas a Marte.

Nadia continuó con su ronda de observación de las reuniones. Explotación de la tierra, legislación sobre bienes, derecho criminal, herencia… Los suizos habían desmenuzado la cuestión del gobierno en un número increíble de subcategorías. Los anarquistas estaban irritados, sobre todo Mijaiclass="underline"

—¿De verdad tenemos que pasar por todos estos puntos? —preguntaba una y otra vez—. ¡Nada de esto existirá, nada!

Nadia había esperado ver a Coyote entre quienes protestaban, pero el dijo:

—¡Tenemos que discutirlo absolutamente todo! Aun en el caso de que no quisieran ningún estado, o un estado mínimo, tendrían que discutir punto por punto. Sobre todo porque algunas minorías quieren mantener el sistema económico y político que salvaguarda su situación privilegiada. Eso son los libertarios, anarquistas que desean que la policía los proteja de sus esclavos. ¡No! Si se quiere conseguir un estado mínimo, hay que discutirlo todo.

—Pero, caramba —dijo Mijail—, ¿también el derecho hereditario?

—Claro, ¿por qué no? ¡Ése es el punto crítico! No tienen que existir herencias de ningún tipo, excepto quizás algunos objetos personales; todo lo demás debe volver a Marte. Forma parte del regalo, ¿no?

—¿Todo lo demás? —preguntó Vlad con interés—. ¿Pero que sería eso exactamente? Nadie poseería la tierra, ni el agua, ni el aire, ni la infraestructura, ni el depósito genético, ni el banco de información. ¿Qué quedaría para transmitir?

Coyote se encogió de hombros.

—¿Tu casa? ¿Tus ahorros? ¿Acaso no tendremos dinero? ¿Acaso la gente no acumulará los excedentes siempre que pueda?

—Tienes que venir a las sesiones económicas —le dijo Marina a Coyote—. Esperamos poder convertir el dinero en unidades de peróxido de hidrógeno y poner precio a las cosas según su valor energético.

—Pero el dinero seguirá existiendo, ¿no es así?

—Sí, pero estamos considerando imponer un interés negativo en las cuentas de ahorro, por ejemplo, de modo que sí no pones a trabajar lo que has ganado sea liberado en la atmósfera como nitrógeno. Te sorprendería lo difícil que es mantener un balance personal positivo en este sistema.

—Pero ¿y si lo consigues?

—Bien, entonces coincido contigo. Al morir volvería de nuevo a Marte, serviría a algún propósito público.

Sax objetó vacilante que eso contradecía la teoría bioética de que los seres humanos, igual que los animales, se sentían poderosamente impulsados a proveer para su descendencia. Ese impulso podía observarse tanto en la naturaleza como en todas las culturas humanas, explicando un comportamiento a la vez altruista y egoísta.

—Tratar de cambiar la lógica bebé… la base biológica… de la cultura… por decreto… es buscarse problemas.

—Quizá debiera permitirse una herencia mínima —concedió Coyote—. Suficiente para satisfacer ese instinto animal, pero no para perpetuar una élite de ricos.

Todo esto les pareció muy interesante a Marina y Vlad, y teclearon nuevas fórmulas en las IA. Pero Mijail, sentado al lado de Nadia y leyendo deprisa el programa del día, aún parecía frustrado.

—¿De verdad que esto es parte de un proceso constitucional? —dijo hojeando la lista—. ¿Códigos de zona, producción energética, tratamiento y eliminación de residuos, medios de transporte, derecho de propiedad, presentación de quejas, arbitraje criminal, códigos de salud?

Nadia suspiró.

—Me parece que sí. Acuérdate de lo mucho que trabajó Arkadi en la cuestión de la arquitectura.

—¡Caramba, había oído hablar de micro-política, pero esto es ridículo!

—Nanopolítica —dijo Art.

—¡No, picopolítica! ¡Femtapolítica!

Nadia se levantó y ayudó a Art a empujar el carrito de las bebidas hacia los lugares donde se desarrollaban otros seminarios, más allá del anfiteatro. Art distribuía comida y bebida y escuchaba los debates unos minutos antes de seguir con la ronda. Había de ocho a diez reuniones diarias, y Art las visitaba todas. Por la tarde, mientras un número cada vez mayor de delegados participaba en las fiestas o daba paseos por el túnel, Art seguía reuniéndose con Nirgal. Pasaban las grabaciones en avance rápido moderado, de modo que todo el mundo hablaba como un pájaro, y sólo reducían la velocidad para tomar notas o comentar puntos concretos. Al levantarse en mitad de la noche para ir al lavabo, Nadia pasaba ante la sala de estar a oscuras donde los dos hombres elaboraban sus crónicas, y los veía dormidos en las sillas, los rostros cansados, las bocas abiertas, iluminados por la luz de la pantalla.

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