Marte verde [Green Mars - es]
- Автор: Робинсон Ким Стэнли
- Серия: Marte (es) #2
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7225-0
- Переводчик: Ana Quijada
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Marte verde [Green Mars - es]». Краткое содержание книги:
Tengo la impresión que Kim Stanley Robinson fue uno de los primeros colonos en Marte, y que ha regresado para contarnos la historia en esta brillante nueva novela.
—El año que viene en Olimpo.
—El año que viene en Olimpo —repitieron los otros, y bebieron.
Estaban en Ls 180, año marciano 40, cuando empezaron a llegar a Dorsa Brevia, en pequeños coches y aviones, procedentes de todo el sur. Un grupo de rojos y una caravana de árabes comprobaban las credenciales de los asistentes en los yermos cercanos, y otros rojos y bogdanovistas permanecían en unos búnkers dispuestos alrededor de la dorsa, armados por si surgía algún contratiempo. Los expertos de inteligencia sabishianos, sin embargo, pensaban que no se tenía noticia del congreso en Burroughs, Hellas o Sheffield, y cuando explicaron por qué lo creían así, todos se relajaron; era evidente que habían logrado infiltrarse en las salas de la Autoridad Transitoria, y en verdad en toda la estructura del poder transnacional en Marte. Ésa era otra de las ventajas del demimonde: podían trabajar en ambas direcciones.
Cuando Nadia llegó acompañada de Art y Nirgal, los llevaron a los alojamientos de invitados en Zakros, el segmento más meridional del túnel. Nadia dejó su mochila en una minúscula habitación de madera y salió a pasear por el parque, y luego por los segmentos de la parte norte, encontrando viejos amigos y conociendo a extraños, sintiéndose esperanzada. Era alentador ver a toda esa gente apiñada en los parques y pabellones, en representación de tantos grupos diferentes. Miró a la muchedumbre que atestaba el parque del canal, quizás unas trescientas personas en aquel momento, y rió.
Los suizos de Salientes llegaron el día antes del inicio de la conferencia; se decía que habían estado acampados en el exterior en sus rovers, esperando a que llegara el día señalado. Traían consigo toda una batería de procedimientos y protocolos para la reunión, Art y Nadia escuchaban a una mujer suiza exponer sus planes, Art dio un codazo disimulado a Nadia y susurró:
—Hemos creado un monstruo.
—No, no… —susurró Nadia mientras miraba complacida el parque central, el tercer segmento viniendo desde el sur llamado Lato. La claraboya era una larga hendidura bronceada en el techo oscuro, y la luz de la mañana llenaba la vasta cámara cilíndrica con la lluvia de fotones que ella había anhelado ese invierno: luz parda por todas partes, los bambúes, pinos y cipreses alzándose sobre los techos de tejas y centelleando como agua verde—. Necesitamos una estructura, o esto será una jaula de grillos. Los suizos son forma sin contenido, si entiendes lo que quiero decir.
Art asintió. Era un hombre muy agudo, a veces difícil de entender, porque subía seis o siete escalones de una vez, dando por supuesto que ella lo había seguido.
—Haz que beban kava con los anarquistas y lo resolverás —murmuró Art, y se levantó para dar una vuelta entre la concurrencia.
Y esa noche, cuando cruzaba Gournia en compañía de Maya en dirección a una hilera de cocinas a la orilla del canal, Nadia pasó junto a Art y vio que estaba haciendo precisamente eso, arrastrando a Mijail y unos cuantos bogdanovistas de la línea dura a la mesa de los suizos, donde Jurgen, Max, Sibila y Priska charlaban animadamente con un grupo de pie alrededor de ellos, cambiando de idioma como si fueran programas de traducción, pero siempre con el mismo acento suizo gutural.
—Art es un optimista —le comentó Nadia a Maya cuando los dejaron atrás.
—Art es un idiota —replicó Maya.
Para entonces ya había unos quinientos visitantes en el refugio, que representaban a unos cincuenta grupos. El congreso empezaría la mañana siguiente, y por eso la fiesta era muy animada, desde Zakros a Falasarna, el lapso marciano poblado de gritos alocados y cantos, los alaridos árabes en armonía con los cantos tiroleses, los compases de Waltzing Manida dando el conjunto a La marsellesa.
Nadia se levanto temprano la mañana siguiente. Encontró a Art en el pabellón del parque de Zakros, redistribuyendo las sillas en una formación semicircular, al estilo bogdanovista clásico. Nadia sintió una punzada de dolor y remordimiento, como si el fantasma de Arkadi hubiese pasado a través de ella: a él le habría gustado esa reunión, era lo que siempre había pedido. Fue a ayudar a Art.
—Te levantas temprano.
—Es que me desperté y ya no pude volver a dormirme. —Necesitaba un buen afeitado.— ¡Estoy nervioso!
Ella rió.
—Esto durará semanas, Art, ya lo sabes.
—Sí, pero los comienzos son importantes.
A las diez todos los asientos estaban ocupados, y detrás de las sillas se apretaba una muchedumbre de pie. Nadia estaba detrás, en la sección triangular destinada a Zigoto, mirando con curiosidad. Había un número ligeramente superior de mujeres y también de nativos. Muchos vestían los monos de una pieza corrientes —los de los rojos eran de color herrumbre—, pero un número significativo de asistentes vestían una colorida variedad de trajes ceremoniales: túnicas, vestidos, pantalones, trajes, camisas bordadas, y torsos desnudos, collares y pendientes. Todos los bogdanovistas llevaban joyas con oscuros y brillantes trozos de fobosita.
Los suizos se pusieron de pie en el centro, con los trajes grises de banquero que les daban un aire severo, Sibilla y Priska con vestidos de color verde oscuro. Sibilla llamó al orden y declaro abierta la sesión. Ella y el resto de los suizos se alternaron para explicar con insoportable minuciosidad el programa que habían preparado, haciendo pausas para responder a las preguntas y pidiendo comentarios en cada cambio de orador. En las pausas, un grupo de sufíes vestidos con camisas y pantalones de un blanco inmaculado se abrían paso repartiendo jarras de agua y tazas de bambú, moviéndose con su habitual gracia de bailarines. Cuando todos tuvieron tazas, los delegados de cada grupo sirvieron el agua al grupo que estaba a su izquierda, y luego todos bebieron. Los vanuatanos estaban delante de una mesa llenando pequeñas tazas con kava, café o té, y Art las repartía. Nadia sonrió al verlo, arrastrando los pies entre la multitud como un sufí a cámara lenta, tomando sorbitos de las tazas de kava que llevaba.
El programa de los suizos empezaría con una serie de seminarios que tratarían temas y problemas específicos; se celebrarían en salas abiertas repartidas por Zakros, Gournia, Lato y Malla. Todos los seminarios se grabarían, y las conclusiones, recomendaciones y preguntas que surgieran servirían de base para la discusión siguiente en una de las dos sesiones generales. El problema de la consecución de la independencia vendría después: los medios y los fines.
Cuando los suizos terminaron de presentar el programa ya estaba todo listo para que el congreso empezara. No se les había ocurrido organizar ninguna apertura ceremoniosa. Werner, que era el último, recordó a la concurrencia que los primeros seminarios empezarían una hora después, y eso fue todo.
Pero antes de que la muchedumbre se dispersara, Hiroko se puso de pie, entre la gente de Zigoto, y avanzó despacio hasta el centro del semicírculo. Vestía un mono de color verde bambú y no llevaba joyas: una figura alta y esbelta, de cabello cano, poco llamativa, que sin embargo atrajo todas las miradas. Y cuando alzó las manos, todos los que aún estaban sentados se pusieron de pie. En el silencio que siguió, Nadia contuvo el aliento. Deberíamos detenernos justo en este momento, pensó. Sin reuniones. Ésta es la clave, nuestra presencia aquí, nuestra reverencia compartida por esta persona.
—Somos hijos de la Tierra —dijo Hiroko, lo suficientemente alto como para que todos la oyeran—. Y sin embargo, aquí estamos, en un túnel de lava en el planeta Marte. No deberíamos olvidar nunca qué extraño es el destino. La vida en cualquier parte es un enigma y un milagro precioso, pero aquí vemos con más claridad aún que es también un poder sagrado. Recordemos eso ahora y hagamos de nuestro trabajo nuestro culto.