Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El gran desierto
El gran desierto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El gran desierto

Электронная книга - «El gran desierto». Краткое содержание книги:

Los Ángeles, años cincuenta. Tres hombres se ven atrapados en una tupida red de ambiciones, perversión y mentiras: Danny Upshaw, ayudante del sheriff y punto de mira de intereses ajenos: Mal Considine, fiscal del distrito que intenta promocionarse profesionalmente y poner orden a su vida privada; Meeks, ex narco y hombre fiel a un único dios: el dinero. Por motivos distintos, los tres se verán vinculados a un grupo de comunistas entre los que un sádico asesino ha sembrado el pánico. Por motivos distintos, los tres habrán sacado billete para una pesadilla.
1 ... 101 102 103 104 105 106 107 108 109 ... 117
Перейти на страницу:

Y le dolía la espalda después de haber dormido a ratos en el piso de Mal Considine.

Habían pasado despiertos casi toda la noche. Llamó a Ventura: Audrey estaba a buen recaudo en la casa de Dave Kleckner. Llamó a Johnny Stompanato para darle detalles sobre Minear. Pidió a Mal que le explicara lo de Gene Niles. Mal dijo que lo había descubierto por una corazonada: la venganza era tan opuesta al estilo de Danny que comprendió que la deuda tenía que ser enorme. Mal se puso sentimental al recordar al chico, y se enfureció al recordar a Dudley Smith, el culpable de la muerte de José Díaz, la muerte de Charles Hartshorn y diversas conspiraciones por las que debía respirar gas en San Quintín. No siguió adelante: los poderes constituidos nunca permitirían que Dudley Smith compareciera a juicio. Su rango, su influencia y su reputación equivalían a inmunidad diplomática.

Luego comentaron las posibilidades de escapar. Buzz no mencionó su idea: habría parecido tan descabellada como Mal arrestando a Dudley. Hablaron de escondrijos en la Costa Este, de barcos lentos hacia China, de trabajos como mercenario en América Central, donde los tiranuelos locales pagaban buenos pesos a los gringos por mantener a raya el Peligro Rojo. Hablaron de las ventajas y desventajas de llevar a Audrey, de dejar a Audrey, de ocultar a la leona en un sitio seguro durante un par de años. Llegaron a una conclusión: Buzz se dedicaría a ajustar cuentas en las siguientes cuarenta y ocho horas, luego se enterraría en algún agujero.

Sonó un timbrazo; Buzz se enfadó: Mary Margaret Conroy nunca diría nada, sólo confirmaría sus sospechas mediante actos. Buzz sólo hacía esto para corroborar la corazonada de Mal sobre Dudley. La clase de arte maya reunía a un enjambre de estudiantes. Mary Margaret era como mínimo diez años mayor que sus compañeros. Buzz la siguió afuera y le tocó el hombro.

– Señorita Conroy, ¿puedo hablarle un momento?

Mary Margaret dio media vuelta, abrazando sus libros. Miró a Buzz con disgusto.

– Usted no es profesor, ¿verdad?

Buzz hizo un esfuerzo para no reír.

– No, querida. Dime, ¿no crees que al tío Dudley se le fue la mano en su afán de ahuyentar a José Díaz?

Mary Margaret palideció y cayó desmayada en la hierba.

Dudley por Díaz.

Buzz dejó a Mary Margaret en la hierba, el pulso firme y un enjambre de estudiantes alrededor. Se largó deprisa de la zona universitaria y se dirigió a la casa de Ellis Loew para confirmar otra corazonada: la ausencia del doctor Lesnick mientras la locura por la UAES rugía en todos los frentes resultaba desconcertante. Los detectives de la Fiscalía que buscaban al hombre presentaban informes en su casa, y tenía que haber algo en ellos que aclarara esa corazonada y la chispa que la había causado: todos los archivos psiquiátricos terminaban en el verano del 49, aunque los dirigentes de la UAES seguían visitando a Lesnick. Todo aquel asunto olía mal.

Buzz aparcó en el jardín de Loew, ya atestado de coches. Oyó voces que procedían del patio trasero, rodeó la casa y vio a Ellis presidiendo su corte. Enfriaban champán en un carrito de hielo; Loew, Herman Gerstein, Ed Satterlee y Mickey Cohen alzaban sus copas. Dos muchachos de Cohen montaban guardia dándole la espalda; nadie lo había descubierto aún. Se agachó detrás de una reja y escuchó.

Gerstein estaba exultante: habían culpado a la UAES por los disturbios del día anterior; los Transportistas habían pasado su versión del enfrentamiento a Movietone News, quien la titularía «Tormenta roja conmueve Hollywood» y la exhibiría en cines de todo el país. Ellis continuó con sus buenas noticias: los miembros del gran jurado designados por la ciudad parecían muy bien predispuestos, su casa estaba atestada de pruebas, muchas condenas eran inminentes. Satterlee opinó que las circunstancias eran perfectas, que el gran jurado era una disposición maravillosa preordenada por Dios para ese momento y lugar, un arreglo que nunca se repetiría. Poco faltaba para que ese payaso les pidiera que se arrodillaran a rezar; Mickey le hizo callar y sin demasiada sutileza empezó a preguntar sobre el paradero del investigador especial Tuner «Buzz» Meeks.

Buzz caminó hacia el frente de la casa y entró. Los mecanógrafos mecanografiaban, las archivistas archivaban; en el salón había documentación suficiente para fabricar confeti para mil desfiles. Se dirigió al panel de informes y vio que una pared llena de fotografías lo había reemplazado.

Tenían sellos del FBI en las esquinas, Buzz vio la abreviatura de «Comité de Defensa de Sleepy Lagoon» varias veces y miró con mayor detenimiento. Sin duda se trataba de las fotos de vigilancia que Ed Satterlee intentaba comprar a un grupo rival; otro vistazo y comprobó que todas las fotos eran de Sleepy Lagoon, con fechas del 43 y el 44 al pie. Estaban ordenadas cronológicamente, tal vez a la espera de cierto trabajo artístico: rodear con círculos las caras de comunistas conocidos. Buzz pensó en Coleman y buscó una cara envuelta en vendajes.

La mayoría de las fotos estaban tomadas desde arriba, algunas eran fragmentos ampliados donde las caras aparecían con mayor claridad. La calidad de todas ellas era excelente: los federales conocían su trabajo. Buzz vio algunos rostros borrosos, demasiado blancos, en las fotos iniciales, tomas de las multitudes en la primavera del 43; siguió las fotos por la pared, esperando ver a Coleman sin vendajes, una ayuda para identificar al asesino aficionado a las ratas. Vio atisbos de vendajes a través del verano del 43; imágenes de Claire de Haven y Reynolds Loftis en el camino. De pronto, una magnífica toma de Reynolds Loftis: el homosexual guapo, demasiado joven, con demasiado cabello.

Buzz miró la fecha -17/8/43-, volvió a mirar las anteriores fotografías de Loftis, examinó la ropa del hombre vendado. Reynolds había perdido mucho pelo mientras que el excesivamente joven Reynolds lucía una tupida melena. En tres de las imágenes, el hombre de los vendajes llevaba una camisa a rayas; en ese primer plano, el joven Reynolds usaba el mismo atuendo. Juan Duarte había comentado que el «hermano menor» se parecía a Reynolds, pero este hombre era Reynolds en todo excepto el cabello, cada plano y ángulo facial era como el del padre, un reflejo de papá veinte años menor.

Buzz pensó en problemas semánticos. «Parecido» podía ser un inculto sinónimo de «idéntico» y Delores Masskie había definido la semejanza como «muy grande». Cogió una lupa del escritorio; siguió las fotos, buscando más imágenes de Coleman. Tres fotos después llegó a un primer plano de un joven con un hombre y una mujer, acercó la lente y entornó los ojos.

No había ninguna quemadura, ni piel grabada y brillante; no había fragmentos irregulares con injertos de carne.

Dos fotos después, la fila siguiente. El 10 de noviembre de 1943. El joven frente a Claire de Haven, de perfil, sin camisa. Cicatrices profundas y rectas en el brazo derecho, toda una hilera, cicatrices idénticas a las que había visto en el brazo de un actor de la RKO a quien le habían reconstruido el rostro después de un accidente de coche, cicatrices que el actor había señalado con orgullo, diciendo que sólo el doctor Terry Lux hacía injertos con piel del brazo. Esa piel era la mejor, tan buena que valía la pena extraer tejido de la parte superior del cuerpo. El actor había dicho que Terry lo había dejado exactamente igual a como era antes del accidente: cuando se miraba a sí mismo no distinguía la diferencia.

Terry Lux había hecho tres tratamientos a Claire de Haven en su clínica.

Terry Lux tenía trabajadores que mataban pollos con estacas cortantes.

Terry Lux había dicho que Loftis le pasaba heroína a Claire, Martin Goines había muerto de sobredosis de heroína. Terry Lux diluía en su clínica la morfina para sus tratamientos.

Buzz mantuvo la lupa cerca de la pared, siguió mirando. Vio a Coleman sin camisa y de espaldas, vio una maraña de cicatrices rectas que le recordaron heridas con estaca cortante; encontró otro conjunto de fotos en grupo donde Coleman parecía derretirse por Claire de Haven. Pruebas: Coleman Masskie Loftis se había sometido a una intervención de cirugía plástica para parecerse más al padre. Antes se parecía tanto al padre como para identificarlo a partir de las fotos de Delores, ahora era él. Su «protección especial» ante Dudley Smith era estar disfrazado de Loftis.

1 ... 101 102 103 104 105 106 107 108 109 ... 117
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)