El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
– ¿Cómo murió?
– Al parecer era un campeón de esquí y se rompió el cuello cuando intentaba algo peligroso.
Un muchacho audaz, sin miedo.
– Suena como si fuese nuestro hombre.
A Jeannie no se le había ocurrido la posibilidad de que no estuviesen vivos los ocho. Comprendió ahora que debía de haber más de ocho implantes. Incluso actualmente, cuando la técnica está bien establecida, muchos implantes no «prenden». Y también era probable que algunas de las madres hubiesen abortado. La Genético podía haber hecho sus experimentos con quince o veinte mujeres, e incluso más.
– Es duro hacer estas llamadas -dijo Lisa.
– ¿Quieres que nos tomemos un respiro?
– No. -Lisa se había animado-. Lo estamos haciendo muy bien. Ya hemos descartado a dos de los cinco y aún no son las tres de la madrugada. ¿Quién viene ahora?
– George Dassault.
Jeannie empezaba a creer que encontrarían al violador, pero no tuvieron tanta suerte con ese nombre. En Estados Unidos sólo había siete George Dassault, pero tres de ellos no contestaron al teléfono. Ninguno tenía relación con Baltimore o Filadelfia -uno estaba en Buffalo, otro en Sacramento y otro en Houston-, pero eso no quería decir nada. Lo único que podían hacer era seguir adelante. Lisa imprimió la relación de números de teléfono para poder intentarlo después.
Surgió otra pega.
– Me parece que no tenemos ninguna garantía de que el hombre al que estamos buscando se encuentre en el CD-ROM -dijo Jeannie.
– Eso es verdad. Puede que no tenga teléfono. O que su número no figure en la guía.
– Podía figurar con algún seudónimo, Pincho Dassault o Capirotazo Jones.
Lisa río entre dientes.
– Podría ser un cantante de rap que hubiera cambiado su nombre por el de Sorbete de Nata Cremosa.
– Podría ser un luchador que se presentara como Billy Acero.
– Podría ser un escritor de novelas del Oeste que firmara Macho Remington.
– O de literatura pornográfica bajo el alias de Heidi Latigazo.
– Pijo Presto.
– Henrietta Chichi.
El estrépito de cristales rotos interrumpió bruscamente sus risas. Jeannie salió disparada de su taburete y se zambulló en el armario de artículos de escritorio. Cerró la puerta desde dentro y permaneció inmóvil, aguzado el oído.
Oyó a Lisa decir nerviosamente:
– ¿Quién es?
– Seguridad -llegó la voz de un hombre-. ¿Dejó usted ese jarro de cristal ahí?
– Sí.
– ¿Puedo preguntarle por qué?
– Para que nadie se me acercara furtivamente, sin que yo me diese cuenta. Una se pone nerviosa cuando está trabajando aquí tan tarde.
– Bueno, pues yo no voy a barrer los trozos de cristal. No pertenezco al personal de limpieza.
– Me parece muy bien, déjelos donde están.
– ¿Está usted sola, señorita?
– Sí.
– Echaré un vistazo.
– Como si estuviera en su casa.
Jeannie aferró el picaporte con las dos manos. Si el hombre intentaba abrir la puerta, ella lo impediría.
Le oyó andar por el laboratorio.
– ¿Qué clase de trabajo está haciendo, de todas formas?
Su voz sonaba muy cerca de Jeannie. La de Lisa le llegó de más lejos.
– Me encantaría hablar un rato, pero sucede que no tengo tiempo, lo que si tengo es una barbaridad de trabajo.
«Si no tuviese tanto trabajo, tío, no estaría aquí en plena noche, así que, ¿porqué no te largas y le dejas que lo haga?»
– Está bien, no pasa nada. -La voz sonaba justo delante de la puerta del armario-. ¿Qué hay aquí dentro?
Jeannie apretó con fuerza el picaporte y empujó hacia arriba, dispuesta a resistir la posible presión.
– Ahí es donde guardamos los cromosomas de virus radiactivos -dijo Lisa-. Probablemente es completamente seguro, aunque puede entrar si no está cerrado con llave.
Jeannie contuvo una carcajada histérica. Los cromosomas de virus radiactivos era un camelo inexistente.
– Creo que pasaré de ello -dijo el guardia de seguridad. Jeannie estaba a punto de soltar el picaporte cuando notó una repentina presión. Tiró hacia arriba con todas sus fuerzas. El guardia constató-: Está cerrado, de todas formas.
Sucedió una pausa de silencio. Cuando el hombre volvió a hablar, su voz sonó distante y Jeannie se relajó.
– Si se siente sola, venga a la garita de vigilancia. Le prepararé una taza de café.
– Gracias -respondió Lisa.
La tensión de Jeannie empezó a suavizarse, pero la cautela le aconsejó seguir donde estaba, a la espera de que el terreno se despejase definitiva y totalmente. Al cabo de un par de minutos, Lisa abrió la puerta.
– Ahora está saliendo del edificio informó.
Volvieron a los teléfonos.
Murray Claud era otro nombre poco corriente y lo localizaron enseguida. Jeannie hizo la llamada. Murray Claud padre le dijo, con voz preñada de amargura y perplejidad, que su hijo estaba en la cárcel de Atenas desde hacía tres años, a raíz de una pelea en una taberna a navajazo limpio, y no lo dejarían en libertad hasta el mes de enero, como muy pronto.
– Ese chico podría haber sido cualquier cosa -explicó el hombre-. Astronauta. Premio Nobel. Estrella cinematográfica. Presidente de Estados Unidos. Es inteligente, tiene encanto y buena presencia. Y todo lo ha tirado por la ventana. Sencillamente lo ha tirado por la ventana.
Jeannie comprendió el dolor de aquel padre. Estuvo tentada de contarle la verdad, pero no estaba preparada y, de cualquier modo, tampoco disponía de tiempo. Se prometió volverle a llamar, otro día, y proporcionarle todo el consuelo que pudiera ofrecerle. Luego colgó.
Dejaron a Harvey Jones el último porque sabían que iba a ser el más difícil.
La moral de Jeannie descendió hasta quedar a la altura del barro cuando comprobó que había casi un millón de Jones en Estados Unidos y que H. era una inicial de lo más corriente. El segundo nombre era John. Había nacido en el Hospital Walter Reed, de Washington, D.C., así que Jeannie y Lisa empezaron por llamar a todos los Harvey Jones, a todos los H. J. Jones y a todos los H. Jones de la guía telefónica de Washington. No encontraron uno solo que hubiese nacido aproximadamente veintidós años atrás en el Walter Reed; pero, lo que aún era peor, acumularon una larga lista de posibles: gente que no contestó al teléfono.
De nuevo Jeannie empezó a dudar de las posibilidades de éxito de aquella tarea. Habían dejado sin resolver tres George Dassault y ahora veinte o treinta H. Jones. Su enfoque era teóricamente sólido, pero si las personas no respondían a su llamada, no podían interrogarlas. Empezaba a tener la vista borrosa y los nervios de punta a causa del exceso de café y de no dormir.
A las cuatro de la madrugada Lisa y ella la emprendieron con los Jones de Filadelfia.
A las cuatro y media, Jeannie lo encontró.
Pensó que iba a ser otro de los posibles que quedarían aplazados. El teléfono sonó cuatro veces y acto seguido se produjo la característica pausa y el no menos característico chasquido de un contestador automático. Pero la voz del contestador le resultó sobrecogedoramente familiar.
– Llama usted al domicilio de Harvey Jones -decía el mensaje, y a Jeannie se le erizaron los pelos de la nuca. Era como escuchar a Steve: el mismo timbre de voz, dicción, expresiones, todo era de Steve-. En este momento no puedo ponerme al teléfono, de modo que tenga la bondad de dejar su recado después de oír la señal.
Jeannie colgó y comprobó la dirección. Era un piso de la calle Spruce, en la Ciudad Universitaria, no muy lejos de la Clínica Aventina. Se dio cuenta de que le temblaban las manos. Era porque deseaba con toda su alma cerrarlas alrededor de la garganta de aquel individuo.
– He dado con él -le dijo a Lisa.
– Oh, Dios mío.
– Es un contestador automático, pero la voz es la suya, y vive en Filadelfia, cerca de donde me asaltaron.