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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– ¿Qué coño pretende llamándome a estas horas de la noche? -rugió la voz del hombre-. ¿Sabe usted quién soy?

– Supongo que Henry King…

– Supone que acaba de perder su jodido empleo, tonta del culo -bramó el hombre-. ¿Ha dicho Susan que…?

– Sólo necesito comprobar su fecha de nacimiento, señor King…

– Póngame ahora mismo con el teniente.

– Señor King…

– ¡Obedezca!

– Maldito gorila -dijo Jeannie, y colgó. Temblaba de pies a cabeza-. Confío en que no voy a pasarme la noche en conversaciones como esta.

Lisa también había colgado ya.

– El mío era un jamaicano, como su acento demostraba -dijo-. Deduzco que el tuyo era un tipo desagradable.

– Mucho.

– Podríamos dejarlo ahora y continuar por la mañana.

Jeannie no iba a dejarse vencer por la grosería de un tipo mal educado. -Diablos, no -dijo-. Puedo resistir un poco de abuso verbal.

– Lo que tú digas.

– Por su voz he calculado una edad muy superior a los veintidós años, así que podemos olvidarlo. Probemos con los otros dos. Hizo acopio de ánimo y marcó de nuevo.

El tercer Henry King aún no se había ido a la cama; como fondo se oían en la habitación voces y música.

– ¿Sí, quién es?

Sonaba como si tuviera la edad adecuada, y las esperanzas de Jeannie se revitalizaron. Repitió su simulacro de una detective en funciones, pero su interlocutor se mostró receloso.

– ¿Cómo sé que es usted de la policía?

La voz tenía el mismo tono que la de Steve y el corazón de Jeannie se perdió un par de latidos. Aquél podía ser uno de los clones Pero ¿cómo iba a entendérselas con sus sospechas? Decidió echarle descaro.

– Podría llamarme usted aquí, al cuartelillo de policía -sugirió temerariamente.

Una pausa.

– No, olvídelo -dijo el hombre.

Jeannie volvió a respirar.

– Soy Henry King -declaró el sujeto-. Todos me llaman Hank. ¿Qué es lo que quiere?

– ¿Podría primero comprobar su fecha y lugar de nacimiento?

– Nací en Fort Devens hace exactamente veintidós años. Precisamente es mi cumpleaños. Bueno, lo fue ayer, sábado.

¡Era él! Jeannie ya había encontrado a un clon. Ahora era cuestión de establecer si el domingo pasado se encontraba en Baltimore. Se esforzó en eliminar de su voz todo asomo de emoción al preguntar:

– ¿Podría decirme cuándo viajó usted fuera del estado por última vez?

– Déjeme recordar, ocurrió en agosto. Fui a Nueva York.

A Jeannie el instinto le dijo que el hombre decía la verdad, pero continuó interrogándole.

– ¿Qué hizo usted el domingo pasado?

– Estuve trabajando.

– ¿En qué trabaja?

– Bueno, soy estudiante del Instituto Tecnológico de Massachussetts, pero los domingos atiendo la barra del Café Blue Note en Cambridge.

Jeannie tomó nota.

– ¿Y fue allí donde estuvo el domingo pasado?

– Sí. Serví por lo menos a cien personas.

– Gracias, señor King. -Si eso era verdad, no se trataba del violador de Lisa-. ¿Tiene inconveniente en darme el número de teléfono de ese local para que pueda verificar su coartada?

– No me acuerdo de ese número, pero viene en la guía. ¿qué se presupone que he hecho?

– Estamos investigando un caso de incendio premeditado.

– Me alegro de tener coartada.

Le resultaba desconcertante oír la voz de Steve y saber que escuchaba a un perfecto desconocido. Le hubiera gustado poder ver a Henry King, comprobar con sus propios ojos el parecido entre Steve y él. De mala gana, dio fin a la conversación.

– Gracias otra vez, señor. Le ruego me perdone. Buenas noches. -Colgó e infló las mejillas, deshinchadas como consecuencia del desencanto-. ¡Vaya!

Lisa había estado escuchando.

– ¿Le encontraste?

– Sí, nació en Fort Devens y hoy hace veintidós años. Es el Henry King que estamos buscando, sin el menor género de duda.

– ¡Buen trabajo!

– Pero parece contar con una coartada. Dice que estaba trabajando en un bar de Cambridge. -Consultó su cuaderno de notas-. El Blue Note.

– ¿Lo comprobaremos? Se había despertado el instinto cazador de Lisa, cuya perspicacia era aguda.

Jeannie asintió. -Es tarde, pero supongo que un bar tendría que estar abierto, sobre todo un sábado por la noche. ¿Puedes sacar de tu CDROM el número de teléfono?

– Sólo tenemos los de domicilios particulares. Los teléfonos comerciales están en otro juego de discos.

Jeannie llamó a Información, obtuvo el número del Blue Note y lo marcó. Respondieron casi inmediatamente.

– Al habla la detective Susan Farber, de la policía de Boston. Póngame con el encargado, por favor.

– El encargado está al aparato, ¿ocurre algo malo?

El hombre hablaba con acento hispano y parecía intranquilo.

– ¿Tiene un empleado llamado Henry King?

– Hank, si, ¿qué ha hecho ahora?

Sonaba como si Henry King hubiese tenido anteriormente sus más y sus menos con la ley.

– Puede que nada. ¿Cuándo le vio por última vez?

– Hoy, quiero decir ayer, sábado, trabajó en el turno de cuatro de la tarde a medianoche.

– ¿Podría jurarlo, si fuese necesario, señor?

– Eh, sin problemas. -Al encargado pareció aliviarle lo suyo enterarse de que aquello era todo cuanto deseaban de él. Jeannie pensó que si ella fuese policía de verdad no le quedaría más remedio que sospechar que el hombre tenía una conciencia culpable-. Llame cuando quiera -dijo el encargado, y colgó.

– La coartada se sostiene -confesó Jeannie, desilusionada.

– No te desanimes -dijo Lisa-. Lo hemos hecho muy bien al eliminarle tan deprisa…, en especial tratándose de un nombre tan corriente. Veamos qué pasa con Per Ericson. No serán muchos los que se llamen así.

La lista del Pentágono indicaba que Per Ericson había nacido en Fort Rucker, pero veintidós años después no existía ningún Per Ericson en Alabama. Lisa probó:

P* ERICS?ON

y por si acaso llevaba dos s, probó luego:

P* ERICS$N

para incluir las posibilidades de «Ericsen» y «Ericsan», pero el ordenador no encontró nada.

– Inténtalo en Filadelfia -sugirió Jeannie-. Allí es donde me agredió.

En Filadelfia había tres. El primero resulto ser un tal Peder, el segundo la anciana voz cascada y frágil de un contestador automático, y el tercero una mujer, Petra. Jeannie y Lisa empezaron a abrirse camino a través de todos los P. Ericson de Estados Unidos: había treinta y tres en la lista.

El segundo P. Ericson de Lisa hizo una demostración de su talante malhumorado e injurioso y la muchacha tenía el semblante blanco como el papel cuando colgó el teléfono, pero se tomó una taza de café y luego siguió adelante con determinación.

Cada llamada constituía un pequeño drama. Jeannie tenía que recurrir a todo su desparpajo para hacerse pasar por agente de policía. Era angustioso preguntarse si lo que oiría a continuación por el aparato no iba a ser la voz de un individuo que diría: «Ahora me vas a hacer una paja, si no quieres que te deje baldada de una paliza». Luego estaba la tensión de mantener la falsa identidad de un detective de la policía frente al escepticismo o la brusquedad de las personas que contestaban al teléfono. Y la mayor parte de las llamadas concluían en decepción.

Cuando Jeannie colgaba, tras la sexta llamada infructuosa, oyó decir a Lisa:

– Oh, lo lamento profundamente. Nuestros datos sin duda no están al día. Perdone la intromisión, señora Ericson. Buenas noches. -Dejó el auricular en la horquilla con aire de persona destrozada. Manifestó en tono solemne-: Cumplía todos los requisitos. Pero falleció el invierno pasado. La persona con la que estaba hablando era su madre. Se me echó a llorar cuando le pregunté por él.

Jeannie se preguntó en aquel momento que personalidad tendría. ¿Era como Dennis, un psicópata, o era como Steve?

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