El Sabor de la Tentación
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Sabor de la Tentación». Краткое содержание книги:
Es entonces cuando Emily Beauregard, una refinada dama venida a menos, solicita el puesto. Jonas cree que las damas, en especial las que son tan atractivas como Emily, deben estar en los salones de baile o en los dormitorios, no en las posadas. Sin embargo, no tiene alternativa, y de mala gana permite que la joven demuestre su valía.
Pero Emily guarda un secreto. No ha llegado a Devon impulsada sólo por la necesidad de mantener a sus hermanos, sino que la anima un objetivo muy concreto y ambicioso…
La puerta de Jonas estaba cerrada. Cubrió la lámpara con la mano y la abrió. Lanzó una mirada al interior y lo vio tumbado bajo las sábanas. La luz de la luna entraba a raudales por la ventana, iluminando la estancia. Em apagó la lámpara, entró en el dormitorio y cerró la puerta sin hacer ruido.
Puso la lámpara en el suelo, junto a la pared, y se acercó a la cama. Jonas estaba dormido, pero inquieto. Observó que se removía, girando la cabeza sobre la almohada. No dejaba de agitar los brazos y las piernas. Estaba desnudo bajo las sábanas y no llevaba ya el vendaje alrededor de la cabeza, por lo que ahora no parecía herido, aunque sí intranquilo.
Aquella somera observación confirmó las suposiciones de la joven, reafirmándola en su determinación. Puso el pequeño fardo -que contenía un cepillo y una muda-sobre el tocador y comenzó a desatarse las cintas del vestido.
Le llevó unos minutos quitarse la prenda y deshacerse de las enaguas. Luego se quitó las medias y las ligas. Al sentir el aire fresco de la noche, vaciló, pero entonces se apresuró a sacarse la camisola por la cabeza.
Desnuda, levantó las sábanas por un lado de la cama -el lado en el que solía dormir- y se deslizó debajo.
El calor la envolvió. Jonas no tenía fiebre, pero su enorme cuerpo irradiaba una familiar y acogedora calidez. Instintivamente, se acurrucó contra él, intentando no molestarle, intentando reconfortarle simplemente con su presencia.
Él la sintió enseguida. Se dio la vuelta y la rodeó con los brazos, estrechándola contra su cuerpo, envolviéndola en el cálido circulo. Ella apoyó la cabeza en su hombro, como hacía siempre.
Al principio, Em pensó que Jonas se había despertado, pero la suavidad de su caricia y el ritmo lento y constante de su respiración le dijeron que no era así. Curvando los labios, Em colocó la mano sobre su corazón, relajándose entre sus brazos, y cerró los ojos.
Puede que Jonas estuviera dormido, pero estaba intranquilo y se removía sin cesar. Al principio, Em pensó que eran los sueños los que perturbaban su descanso pero, al observar su rostro, se dio cuenta de que todavía sufría algunas punzadas de dolor lo suficientemente fuertes para molestarle, pero no para despertarle.
Em observó, esperando, pero Jonas no encontraba sosiego, ni descanso. Su sueño seguía siendo ligero e inquieto.
La necesidad de hacer algo que le aliviara el dolor, que le diera paz, fue creciendo en el interior de Em hasta inundarla. No podía ignorarla. La compulsión era demasiado fuerte, estaba demasiado arraigada en ella.
Pero ¿qué podía hacer?
Consideró y descartó un montón de opciones. Le dio muchas vueltas al asunto, sólo para llegar a la misma conclusión. Había oído que el placer físico, especialmente el placer sensual, conseguía mitigar el dolor si éste no era muy profundo. Al menos durante un rato.
El tiempo suficiente para que él cayera en un sueño profundo.
El placer, después de todo, la había distraído por completo la noche anterior; y estaba bastante segura de que también le distraería a él.
Era un pensamiento tentador, pero aun así vaciló. Entonces, él volvió a removerse, con más inquietud esta vez, y ella dejó a un lado sus reservas. Extendió las manos sobre el pecho de Jonas, estirándose sobre él, y le besó.
Suave y lentamente, saboreándolo y tentándolo, sorbiéndole los labios sin ninguna prisa.
Él respondió, y aun así… ella pensó que todavía no estaba despierto. Jonas deslizó las manos sobre su piel, tocándola y acariciándola posesivamente, antes de agarrarla e inclinarla sobre su cuerpo.
Así, ella podía besarle con más profundidad, podía aprovecharse de sus labios entreabiertos y reclamar su boca con la lengua como él había hecho tantas veces con ella. Jonas la dejó hacer, aceptando cada caricia como si fuera algo que mereciera, como si él fuera un pacha y ella su concubina.
La idea penetró en la mente de Em y su alma Colyton brincó con temeraria expectación. Aquel descarado abandono la urgió e impulsó a aprovechar el momento.
Em deslizó lentamente su cuerpo hasta que estuvo totalmente encima de él, entonces separó las piernas y apoyó las rodillas en la cama, a ambos lados de la cintura de Jonas. Poco a poco, demorándose de una manera flagrante, interrumpió el beso, pero sólo para deslizarse más abajo y apretar los labios contra el pecho masculino.
Recorrió el ancho y musculoso torso con los labios, pellizcándolo con los dientes y jugueteando con las planas tetillas que se escondían bajo el vello oscuro.
Jonas levantó una de sus enormes manos para tomarla de la nuca cuando ella se deslizó más abajo, sintiendo la rígida y sólida erección contra el estómago. Con descarada lascivia, Em usó su cuerpo, su piel suave para acariciar el turgente miembro y el sensible glande.
La presión en la nuca de Em se intensificó. El pecho de Jonas se hinchó cuando inspiró profundamente y contuvo el aliento.
Ella sonrió para sus adentros, segura ahora de que iba por buen camino, de que el dolor que hasta ese momento había acompañado a Jonas había quedado olvidado. Recorrió con los labios la flecha de vello que le bajaba por el vientre. El tensó los músculos cuando ella se deslizó más abajo todavía y, levantando la cabeza, colocó las caderas entre sus muslos abiertos y le acunó la erección con una mano.
Lo acarició una y otra vez, rastreando su miembro con la yema de los dedos, luego inclinó la cabeza y siguió el mismo camino con la punta de la lengua.
El dejó de respirar. La excitación hizo que Em se estremeciera de los pies a la cabeza. La joven se quedó maravillada al darse cuenta de que podía complacer a Jonas por completo, de que podía darle tanto placer que él incluso se olvidaba de respirar.
Envalentonada, le lamió el miembro, y él se removió y tensó aún más los músculos. Em comenzó a succionarle y sintió cómo Jonas se ponía rígido debajo de ella. Sintió cómo los músculos de los muslos que le envolvían las caderas se volvían de acero.
Separó los labios y lo introdujo en la boca, curvó la lengua y lo saboreó. Una y otra vez, degustó el fuerte sabor picante de su virilidad.
Deleitarle, darle placer, era un placer en sí mismo.
Em se abandonó a las sensaciones, tomando tanto como ofrecía, excitada y embelesada de poder darle eso, de poder ofrecerse a sí misma de esa manera.
Se le había soltado el pelo; le caía en cascada sobre los hombros hasta rozar la piel desnuda de Jonas. El sintió la caricia sedosa, ligera, elusiva; un sensual contraste con la cálida y húmeda succión de la boca de Em. El roce áspero de la lengua le despojaba de cualquier pensamiento que pudiera haber tenido, haciendo que sólo quisiera, deseara… más.
Más de ese sueño.
Más de ella.
Jonas se dejó llevar por el momento, por aquel placer adictivo, dejando que las sensaciones le inundaran, le capturaran, le apresaran.
Dejándolas que penetraran en su alma y lo aprisionaran.
Atrapándole y reteniéndole en aquel placer sensual.
El latido que le martillaba la cabeza se había aplacado en contraposición al latido de su erección. Ella le lamió la carne húmeda y luego la succionó hasta que él se quedó sin aliento y, arqueando la espalda impotente, le cogió la cabeza entre las manos y hundió los dedos en sus suaves rizos para mantenerla allí.
Mientras ella le tomaba profundamente y con pasión, pasándole provocativamente la lengua por el miembro, mostrándole su total devoción.
Jonas sabía que ella era real, que eso no era un sueño, que Em estaba allí, entrelazada con él en su cama, pero eso sólo alimentaba su fantasía y aumentaba su deleite.
Sabía que ella había ido a él por voluntad propia, que trataba de complacerle, de aliviarle, que provocaba voluntariamente la parte más primitiva de su alma de una forma manifiestamente erótica, y aquello era como el elixir del paraíso para él.
Para esa parte de Jonas que la quería, que la necesitaba, que la codiciaba…, que deseaba que ella le ansiara con el mismo fervor, con la misma inequívoca devoción. Con la misma absoluta rendición.