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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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—¡Piedad! —gritó—. ¡Tomad lo que queráis, el barco incluso, todo, pero no me hagáis daño!

De repente algo golpeó la espalda de Rand y lo abatió contra el suelo. La espada cayó demasiado lejos para recuperarla. Con la mandíbula desencajada, sin resuello, trató de estirar el brazo hasta ella. Sus músculos reaccionaban con una lentitud desesperante; se retorcía como un gusano. El individuo que clamaba piedad posó una mirada temerosa y codiciosa en la espada y luego se esfumó entre las sombras.

Luchando contra el dolor, Rand consiguió mirar por encima del hombro y supo que su suerte había tocado fondo. Un trolloc con hocico de lobo se cernía de pie sobre la barandilla y lo observaba, con la afilada punta de su barra en la mano, la misma que lo había derribado. Rand porfió por alcanzar la espada, por desplazarse, por escapar, pero sus brazos y piernas se movían espasmódicamente, apenas respondían a su voluntad. Temblaban, le hacían adoptar extrañas posturas. Sentía como si unas barras de hierro le oprimieran el pecho; unas manchas plateadas le entorpecían la visión. Trató de hallar alguna vía de escape. El tiempo pareció aminorar su curso cuando el trolloc alzó la barra quebrada como si quisiera ensartarlo con ella. Rand contemplaba como en sueños los movimientos de la criatura. Vio cómo el grueso brazo se retraía; esperaba ya el asta rota clavada en su espalda, sintiendo el dolor de la desgarradura. Creyó que iban a estallarle los pulmones. «¡Voy a morir! ¡Luz, ayúdame, voy a morir!» El brazo del trolloc se proyectó hacia adelante, empuñando la barra astillada, y Rand halló aire suficiente para gritar:

—¡No!

De pronto el barco dio una sacudida y una botavara surgió oscilando entre las sombras para golpear el pecho del trolloc. Tras un crujido de huesos rotos, saltó derribado por las borda.

Rand permaneció recostado unos momentos, contemplando la botavara que se balanceaba sobre él. «Esto ha de haber agotado por fuerza mi buena suerte», se dijo. «Es imposible que reste algo de ella a partir de ahora».

Se puso en pie. Temblaba. Recogió la espada y la retuvo por una vez con las dos manos como le había enseñado Lan, pero ya no había nada contra qué esgrimirla. El surco de agua negra entre la embarcación y la orilla se ensanchaba de modo progresivo, al tiempo que se difuminaba en la noche el griterío de los trollocs.

Cuando envainaba la espada, asomado a la barandilla, un hombre corpulento vestido con una chaqueta que le llegaba hasta las rodillas avanzó a grandes zancadas por la cubierta mirándolo con cara de pocos amigos. Tenía un rostro redondo, enmarcado por una tupida melena que le llegaba a los hombros y una barba que dejaba al descubierto su labio superior. Su rostro era redondeado, pero no apacible. La botavara surcó de nuevo el aire con su vaivén y el individuo de la barba desvió ligeramente la mirada hacia ella mientras la asía; la madera produjo un brusco sonido al chocar con su poderosa palma.

—¡Gelb! —bramó—. ¡Fortuna! ¿Dónde estás, Gelb? —Hablaba tan deprisa, entrelazando todas las palabras, que Rand apenas lo entendía—. ¡No puedes esconderte de mí en mi propio barco! ¡Sal de ahí, Floran Gelb!

Un tripulante se acercó con una linterna de cristal abombado y dos de sus compañeros empujaron a un hombre de rostro alargado hacia el círculo de luz proyectado. Rand reconoció al individuo que le había ofrecido el bote, el cual movía los ojos sin cesar, evitando sostener la mirada del fornido hombre que había reclamado su presencia, el capitán, según las deducciones de Rand. Gelb lucía un cardenal en la frente, producto del pisotón que le había propinado Rand al caer sobre él.

—¿Acaso no debías asegurar esta botavara, Gelb? —Inquirió el capitán con asombrosa calma, aunque con igual rapidez que antes. Gelb pareció genuinamente sorprendido.

—Sí lo hice. La até bien fuerte. Reconozco que soy un poco lento a veces, capitán Domon, pero hago las cosas de todos modos.

—Así que eres lento, ¿eh? No tanto para dormirte, para dormir cuando deberías estar vigilando. Podrían habernos asesinado a todos por tu culpa.

—No, capitán. Ha sido él. —Gelb señaló a Rand—. Yo realizaba la guardia, de la manera como debía hacerlo, cuando él se ha acercado furtivamente y me ha golpeado con un garrote. —Se tocó la herida de la frente, pestañeó y miró, enfurecido, a Rand—. He peleado con él, pero entonces han venido los trollocs. Es un aliado suyo, capitán, un Amigo Siniestro. Es un aliado de los trollocs.

—¡Un aliado de mi vieja abuela! —tronó el capitán Domon—. ¿No te avisé la última vez, Gelb? ¡En Puente Blanco, te largas de aquí! ¡Apártate de mi vista antes de que te eche por la borda! —Gelb se alejó como una flecha y Domon se quedó allí de pie; abría y cerraba las manos mientras contemplaba el vacío. —Esos trollocs están siguiéndome. ¿Por qué no me dejan en paz? ¿Por qué?

Rand miró hacia el agua y se sorprendió al descubrir que habían perdido de vista la orilla. Dos hombres manipulaban el remo de dirección de popa y seis remeros se afanaban en los costados; la embarcación avanzaba a gran velocidad río abajo.

—Capitán —dijo Rand—, hemos dejado a algunos amigos atrás. Si regresáis para recogerlos, estoy seguro de que os recompensarán largamente.

El rostro redondeado del capitán se volvió hacia Rand, y, cuando aparecieron Thom y Mat los incluyó también en el campo que abarcaba su mirada inexpresiva.

—Capitán —comenzó a hablar Thom, dibujando una reverencia—, permitidme…

—Venid abajo —lo interrumpió el capitán Domon—, adonde pueda ver qué especie de personas han venido a mi cubierta. Venid. ¡Que la fortuna me valga, que alguien ate de una vez esa maldita botavara!

Mientras los marineros se apresuraban a cumplir su orden, comenzó a caminar hacia popa. Rand y sus compañeros lo siguieron.

El capitán Domon disponía de una ordenada cabina, a la que se llegaba tras bajar un breve tramo de escaleras y en donde todo daba la impresión de encontrarse en el lugar adecuado, incluso las chaquetas y capas que pendían de los ganchos de la puerta. El recinto, que atravesaba el barco a lo ancho, contenía una amplia cama a un lado y una maciza mesa en el otro. Había una sola silla, con un alto respaldo y robustos brazos, en la cual tomó asiento el capitán, tras lo cual indicó con gestos a los otros que se acomodaran en los diversos arcones y bancos que componían el resto del mobiliario. Un ruidoso carraspeo contuvo a Mat cuando se disponía a sentarse en la cama.

—Bien —dijo el capitán cuando estuvieron todos sentados—. Mi nombre es Bayle Domon, capitán y propietario del Spray, que es este barco. ¿Y vosotros quiénes sois, de dónde salís de repente y por qué motivo no debería tiraros por la borda por los problemas que me habéis causado?

Rand todavía tenía dificultad para comprender la rápida habla de Domon. Cuando por fin dilucidó la última parte de lo expresado por el capitán, parpadeó perplejo. «¿Tirarnos por la borda?»

—No era ésa nuestra intención —se apresuró a responder Mat—. Íbamos de camino a Caemlyn y entonces…

—Y adonde nos llevara el viento —lo interrumpió suavemente Thom—. Ése es el modo de viajar de los juglares, como hojas arrastradas por el viento. Como podéis ver, soy un juglar. Me llamo Thom Merrilin. —Movió su capa para agitar los parches multicolores, como si el capitán no hubiera reparado en ellos—. Éstos son dos palurdos campesinos que quieren ser mis aprendices, aunque aún no estoy del todo seguro si son de mi conveniencia.

Rand miró a Mat, quien esbozaba una mueca de disgusto.

—Eso está muy bien —objetó con placidez el capitán Domon—, pero no me dice nada, menos que nada. Que la fortuna me pinche con su aguijón si este lugar está en camino hacia Caemlyn desde algún sitio del que tenga noticia.

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