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El ojo del mundo

Электронная книга - «El ojo del mundo». Краткое содержание книги:

Rand Al’Thor y sus amigos disfrutan de una apacible vida en Campo de Emond hasta que Moraine, una joven misteriosa capaz de encauzar el Poder Único, llega al pueblo y anuncia el despertar de una terrible amenaza. Esa misma noche, Campo de Emond se ve atacado por espantosos trollocs. Mientras los habitantes del pueblo repelen el ataque, Moraine y su guardián ayudan a Rand y a sus amigos a escapar.
La huida sólo será el comienzo de sus problemas, ya que Moraine, miembro de la antiquísima orden de las Aes Sedai, cree que Rand Al’Thor está destinado a desempeñar un papel protagonista en los acontecimientos que se avecinan y de los que dependerá la supervivencia del mundo.
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Rand palmeó el cuello de Nube y musitó palabras tranquilizadoras a su oído. El caballo sacudió la cabeza, dando rápidos pasos sinuosos. Habían dejado atrás a los trollocs —o al menos eso parecía—, pero Nube conservaba en los ollares su persistente olor. Mat cabalgaba con una flecha dispuesta en el arco, alerta ante posibles ataques, mientras Rand y Thom escrutaban entre las ramas, buscando la estrella roja que marcaba su camino. No había sido complicado seguirla, a pesar del ramaje, mientras caminaban en su dirección. Sin embargo, después habían aparecido más trollocs ante ellos, lo cual los había obligado a galopar hacia un lado, perseguidos por los dos pelotones. Los trollocs podían correr tanto como un caballo, pero sólo durante un centenar de pasos, por lo que les habían tomado la delantera. No obstante, al desviarse, habían perdido de vista al lucero que había de guiarlos.

—Continúo opinando que está por ese lado —dijo Mat, apuntando hacia la derecha—. Al final íbamos rumbo norte, lo cual significa que el este está por allí.

—Ahí está —anunció de pronto Thom, señalando entre la maraña de ramas a su izquierda, directamente hacia el rojizo lucero.

Mat murmuró algo entre dientes.

Rand percibió de soslayo algo que se movía. Era un trolloc, que salió con un salto silencioso de detrás de un tronco e hizo girar su barra. Rand hincó los talones en los flancos de su montura y el rucio se precipitó hacia adelante en el preciso momento en que dos más surgían de las sombras tras el primero. Un lazo rozó la nuca de Rand, provocándole un estremecimiento en la espalda.

Una flecha se clavó en el ojo de una de aquellas caras bestiales y luego Mat se reunió con él. Sus caballos galopaban desenfrenados hacia el río, pero no estaba seguro de que aquello pudiera tener un buen fin. Los trollocs corrían tras ellos, a tan corta distancia que casi habrían podido agarrar las colas de sus monturas. Sólo tenían que ganar un paso para enlazarlos y derribarlos de las sillas.

Se inclinó sobre el cuello del rucio para acrecentar la separación entre el suyo propio y los lazos. Mat tenía la cara casi enterrada en la crin de su caballo. Rand se preguntó dónde estaría Thom. ¿Acaso habría decidido proseguir por su cuenta al ver que los tres trollocs centraban su atención en los dos muchachos?

Súbitamente, el mulo del juglar surgió al galope de la oscuridad, pisando los talones a los trollocs. Estos apenas tuvieron tiempo de mirar, sorprendidos, antes de que Thom alargara las manos como un resorte hacia adelante y luego hacia atrás. La luz de la luna destelló sobre el acero. Una de las criaturas perdió pie y cayó rodando, mientras otra se postraba de rodillas dando alaridos y arañándose la espalda con ambas manos. La tercera soltó un gruñido, retrayendo el hocico para mostrar sus afilados dientes, pero al ver derribados a sus compañeros, dio media vuelta y se perdió en la noche. La mano de Thom trazó de nuevo el mismo ademán y el trolloc emitió unos chillidos que amortiguó la lejanía.

Rand y Mat se acercaron a observar al juglar.

—Mis mejores cuchillos —se lamentó Thom, aunque sin hacer ningún esfuerzo por desmontar para recuperarlos—. Ése irá a llamar a los demás. Espero que el río no esté muy lejos. Espero…

En lugar de expresar una segunda esperanza, sacudió la cabeza, emprendiendo un medio galope. Rand y Mat cabalgaron tras él.

Unos momentos después llegaron a una ribera baja donde los árboles crecían justo en la orilla del agua, cuya negra superficie, bañada por la luna, agitaba el viento. Rand no acertaba a distinguir el otro margen. No le inspiraba gran entusiasmo la idea de cruzar el río en una balsa, a oscuras, pero aún le complacía menos la perspectiva de permanecer donde se hallaba. «Atravesaré a nado, si no queda más remedio».

En algún lugar sonó el ronco y urgente toque de un cuerno trolloc, el primero que habían escuchado desde que abandonaron las ruinas. Rand se preguntó si aquello era señal de que habían capturado a alguno de sus amigos.

—No vamos a quedarnos aquí toda la noche —dijo Thom—. Escoged una dirección. ¿Río arriba o río abajo?

—Pero Moraine y los demás podrían estar en cualquier sitio —objetó Mat—. Cualquier rumbo que tomemos puede alejarnos de ellos.

—En efecto. —Thom azuzó a su mulo y se volvió río abajo, bordeando el cauce—. En efecto.

Rand miró a Mat, el cual se encogió de hombros, y después ambos siguieron el ejemplo del juglar.

Durante un tiempo no surgió ningún imprevisto. Las riberas eran más elevadas en algunos puntos y más bajas en otros y los árboles alternaban entre formaciones espesas y pequeños claros, pero la noche, el río y el viento permanecían inmutables, fríos y negros. Y no toparon con ningún trolloc. Aquél era un cambio del que se congratulaba Rand.

Entonces percibió una lucecilla en la distancia, un punto insignificante. Al aproximarse, vieron que aquel brillo se encontraba por encima del cauce, como si se tratara de la copa de un árbol. Thom aceleró la marcha y comenzó a canturrear entre dientes.

Finalmente lograron esclarecer el origen de aquella luz: una linterna colgada de uno de los mástiles de un gran carguero, amarrado junto a un claro entre la arboleda. El barco, de más de veinte metros de eslora, se balanceaba ligeramente con la corriente, tirando de las cuerdas atadas a los árboles. La jarcia murmuraba y crujía azotada por el viento. La linterna iluminaba una cubierta desierta.

—¡Vaya! —exclamó Thom al desmontar—, esto es mejor que la balsa de la Aes Sedai, ¿no os parece? —Permaneció inmóvil con los dedos sobre los labios y un aire de satisfacción cuyo carácter fingido traicionaba incluso la oscuridad—. No parece que este bajel esté construido para transportar caballos, pero, considerando el peligro que corre, del cual vamos a prevenirlo, tal vez el capitán se muestre razonable. Dejad que sea yo quien hable. Y traed vuestras mantas y albardas, por si acaso.

Rand saltó a tierra y comenzó a desatar sus pertenencias de la silla.

—¿No querréis partir sin los otros, no?

Thom no tuvo ocasión de aclarar sus propósitos a causa de la súbita irrupción de dos trollocs en el claro, seguidos de cuatro congéneres más. Los caballos se encabritaron. Los aullidos más lejanos indicaban que había más enemigos en camino.

—¡Al barco! —gritó Thom—. ¡Deprisa! ¡Dejad eso! ¡Corred! —Ateniéndose a sus recomendaciones, salió disparado hacia la embarcación; los parches de su capa ondearon al viento y los estuches de instrumentos colgados a la espalda se entrechocaban entre sí—. ¡Al barco! —llamó—. ¡Despertad, necios! ¡Trollocs!

Rand deshizo la última correa que ataba su fajo de mantas y las albardas y se precipitó en pos del juglar. Después de depositar su carga al otro lado de la barandilla, saltó tras ella. Sólo tuvo tiempo de ver a un hombre acurrucado en la cubierta, que se disponía a sentarse como si llevara pocos segundos despierto, antes de que sus pies se posaran justo encima de él. El hombre emitió un ruidoso gruñido, Rand se tambaleó, y una barra con un gancho se clavó en la barandilla en el tramo preciso sobre el que había saltado. Todo el barco se pobló de griterío y en la cubierta resonaron cientos de pasos.

Unas manos peludas se aferraron a la baranda junto al gancho y una cabeza con cornamenta de cabra se irguió tras ellas. Sin haber recobrado todavía el equilibrio, Rand logró, no obstante, desenvainar la espada y asestar un golpe. El trolloc cayó lanzando un alarido.

La tripulación, a gritos, corría de un lado a otro; por fin lograron cortar con hachas las amarras. El navío dio unos bandazos y se balanceó con aparentes ansias de zarpar. En la proa, tres hombres forcejeaban con un trolloc. Alguien hincaba una lanza en uno de los costados, si bien Rand no acertaba a ver sobre qué la clavaba. Un arco soltó dos proyectiles seguidos. El marino sobre el que había caído Rand se apartó a gatas de él y luego puso las manos en alto al advertir que Rand estaba mirándolo.

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