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El eco negro

Электронная книга - «El eco negro». Краткое содержание книги:

Harry Bosh, detective de la policia de Los Angeles, es un lobo solitario. Hijo de una prostituta asesinada, fue criado en orfanatos y quedo marcado tras vivir la dura experiencia de Vietnam. Ahora, un caso rutinario de muerte por sobredosis le devuelve inesperadamente al pasado. La victima, Billy Meadows, habia servido en su misma unidad en Vietnam. Ambos habian combatido en la red de pasajes subterraneos del Viet Cong y habian experimentado el horror del eco negrola reverberacion en las tinieblas de su propio panico. Ahora Meadows esta muerto. Pero su rastro parece apuntar a un gran atraco bancario perpetrado a traves de los tuneles de alcantarillado.
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De repente, Bosch se cansó de la farsa organizada por su departamento y el FBI. La imagen del chico, Tiburón, no le dejaba en paz. De espaldas, con la cabeza inclinada en ese ángulo extraño y repugnante. Toda esa sangre… Sus jefes querían olvidar ese caso como si no tuviera importancia.

– Hay una cuarta cosa -dijo-, un chico.

Cuando Bosch hubo terminado la historia de Tiburón, acompañó a Bremmer a su propio coche. Los reporteros de televisión ya se habían marchado y un hombre con una pequeña excavadora rellenaba la tumba de Meadows mientras otro lo contemplaba apoyado en una pala.

– Seguramente necesitaré otro trabajo cuando salga tu artículo -comentó Bosch mientras observaba a los sepultureros.

– No te preocupes; no te citaremos. Además, los expedientes militares hablarán por sí mismos. Ya me las arreglaré para que la oficina de información al público me confirme el resto y que parezca que viene de ellos. Y hacia el final de la historia pondré: «El detective Harry Bosch se negó a hacer comentarios.» ¿Qué te parece?

– Que seguramente necesitaré otro trabajo cuando salga tu artículo.

Bremmer se quedó mirando a Bosch.

– ¿Vas a acercarte a la tumba?

– Es posible. Cuando me dejes en paz.

– Ya me voy. -Bremmer abrió la puerta y salió, pero en seguida volvió a asomar la cabeza-. Gracias, Harry. Esto es una bomba. Van a rodar cabezas.

Bosch miró al reportero y sacudió la cabeza con tristeza.

– No, no van a rodar.

Bremmer lo miró confuso, y Bosch le dijo adiós con la mano.

El periodista cerró la puerta y se fue a su coche.

Bosch no se engañaba con respecto a Bremmer. Al periodista no le guiaba un sentido de indignación genuina ni de responsabilidad frente a la opinión pública.

Todo lo que le interesaba era obtener una exclusiva, una noticia que no tuviera ningún otro periodista. Bremmer pensaba en eso y tal vez en el libro que vendría después, en la película de televisión, en el dinero y en la fama.

Eso era lo que le motivaba, no la exasperación que había impulsado a Bosch a contarle la historia. Bosch lo sabía y lo aceptaba porque así funcionaban las cosas.

«Nunca ruedan las cabezas», se dijo.

Bosch siguió contemplando a los sepultureros hasta que acabaron su trabajo. Al cabo de un rato salió y se encaminó hacia la tumba. Un pequeño ramo de flores yacía junto a la bandera clavada en la tierra blanda y anaranjada; era de la Asociación de Veteranos. En aquel momento Bosch no supo qué debería sentir. ¿Un cierto afecto sentimental, o tal vez remordimiento? A pesar de que Meadows estaba bajo tierra para siempre, Bosch descubrió que no sentía nada. Al cabo de unos instantes, alzó la vista hacia el edificio federal y comenzó a caminar en esa dirección. Parecía un fantasma, emergiendo de su tumba en busca de justicia. O quizá sólo de venganza.

Si le sorprendió la visita de Bosch, Eleanor Wish no lo mostró. Harry le había enseñado su placa al guarda del primer piso y le habían dejado entrar. Como era fiesta la recepcionista no estaba, así que tuvo que pulsar el timbre. Fue Eleanor quien abrió la puerta. Llevaba unos téjanos gastados y una camisa blanca; sin pistola.

– Me imaginaba que vendrías, Harry. ¿Has ido al funeral?

Él asintió, pero no se acercó a la puerta que ella mantenía abierta. Ella lo miró un buen rato con las cejas arqueadas. A Harry le encantaba aquella mirada inquisitoria.

– Bueno, ¿vas a quedarte ahí todo el día?

– Podríamos ir a dar una vuelta.

– Tengo que coger mi tarjeta o me quedaré fuera. -Ella hizo un gesto para entrar, pero se detuvo-. No creo que lo sepas porque aún no han dicho nada, pero han encontrado los diamantes.

– ¿Qué?

– Sí, acabo de enterarme. Rourke tenía unos recibos que les llevaron a una consigna pública en Huntington Beach. Esta mañana consiguieron la orden y abrieron la taquilla. Dicen que hay cientos de diamantes; tendrán que encontrar un tasador. Teníamos razón, Harry: diamantes. Bueno, tú tenías razón. También encontraron todo lo demás en otra taquilla; Rourke no lo había destruido. Los propietarios de las cajas de seguridad recuperarán sus cosas. Habrá una rueda de prensa, pero dudo que digan a quién pertenecían las taquillas.

Bosch asintió y ella desapareció por la puerta.

Bosch se dirigió a los ascensores y apretó el botón mientras la esperaba. Cuando volvió, ella llevaba su bolso, lo cual le recordó que no iba armado y secretamente se avergonzó de que aquello pudiera ser un problema.

Harry y Eleanor no hablaron hasta que salieron del edificio y se encaminaron hacia Wilshire. Bosch había estado sopesando sus palabras, al tiempo que se preguntaba si el hallazgo de los diamantes significaba algo. Ella parecía esperar a que él comenzara, pero el silencio la incomodaba.

– Te queda bien el cabestrillo azul -dijo finalmente-. ¿Cómo estás? Me sorprende que te hayan dado de alta tan pronto.

– Me fui yo. Estoy bien. -Bosch había comprado un paquete de tabaco en la máquina del vestíbulo y se detuvo a meterse un cigarrillo en la boca. Lo encendió con su nuevo mechero.

– ¿Sabes qué? Éste sería un buen momento para dejarlo -sugirió ella-. Volver a empezar.

Él hizo caso omiso de la sugerencia e inhaló el humo.

– Eleanor, hablame de tu hermano. -¿Mi hermano? -preguntó sorprendida-. Ya te lo conté.

– Ya lo sé, pero quiero que me lo vuelvas a contar. Lo que le pasó en Vietnam y lo que te pasó a ti cuando fuiste a Washington a ver el monumento. Tú me dijiste que cambió tu visión de las cosas. ¿Por qué?

Estaban en Wilshire. Bosch señaló la calle y cruzaron hacia el cementerio.

– He dejado el coche ahí dentro. Luego te llevo al Buró.

– No me gustan los cementerios. Ya lo sabes.

– A nadie le gustan.

Bosch y Wish atravesaron el seto e inmediatamente el ruido del tráfico disminuyó. Ante ellos se extendía un mar de césped verde, lápidas blancas y banderas estadounidenses.

– Mi historia es la misma que la de cientos de personas -explicó ella-. Mi hermano fue a Vietnam y no volvió. Y cuando yo fui al monumento, bueno, me invadieron un montón de sentimientos.

– ¿Rabia?

– Sí, en parte.

– ¿ Indignación?

– Sí, supongo. No lo sé. Fue muy personal. ¿Qué pasa, Harry? ¿A qué viene todo esto?

Los dos caminaban por el sendero de grava que discurría junto a las filas de lápidas blancas. Bosch la estaba conduciendo hacia la réplica.

– Dices que tu padre era militar. ¿Os dieron los detalles de lo que le ocurrió a tu hermano?

– Se los dieron a él, pero él y mi madre no me contaron nada… de los detalles. Bueno, me dijeron que iba a regresar pronto y yo recibí una carta de él diciéndome que volvía. La semana siguiente me enteré de que había muerto. Al final no llegó a casa. Harry, me estás haciendo sentir… ¿Qué quieres? No lo entiendo.

– Claro que lo entiendes, Eleanor.

Ella se paró y miró al suelo. Bosch vio que su rostro empalidecía y su expresión se convertía en resignación. Fue un cambio apenas perceptible, pero claro. Como el de las madres y esposas a las que Bosch había notificado la muerte de una víctima de asesinato. No tenías que decirles que alguien había muerto; abrían la puerta e inmediatamente adivinaban lo que había ocurrido. Del mismo modo, el rostro de Eleanor no mentía: sabía que Bosch había descubierto su secreto. Al levantar la cabeza, fue incapaz de mirarle a los ojos. Desvió la vista, y ésta se posó en el monumento negro que brillaba bajo el sol.

– Es esto, ¿no? Me has traído aquí para ver esto.

– Podría pedirte que me enseñaras el nombre de tu hermano, pero los dos sabemos que no está allí.

– No…, no está.

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