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El uso de las armas [Use of Weapons - es]

Электронная книга - «El uso de las armas [Use of Weapons - es]». Краткое содержание книги:

Cheradenine Zakalwe es un agente de Circunstancias Especiales, la sección de élite para la que ningún medio resulta reprobable: la guerra, el espionaje y el asesinato son lícitos cuando lo que está en juego son los intereses de la Cultura.
Zakalwe ha sido empujado a tomar parte en innumerables conflictos, habiéndole tocado pertenecer al bando perdedor en demasiadas ocasiones. Por ello, ha decidido retirarse. Pero Ciscunstancias Especiales necesita sus servicios en un planeta donde Zakalwe había servido anteriormente y donde está a punto de desencadenarse una guerra a gran escala, y la agencia sabe a qué puede recurrir para presionarle…
Una nueva novela ambientada en el deslumbrante universo de “Pensad en Flebas” y “El jugador”.
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—Lo confieso. Has sabido ver en lo más hondo de mi alma… —El ruido de fondo de la nave sufrió una alteración y apartó la mirada de los ojos del rostro de la dama durante un momento—. Pero… —murmuró volviéndose de nuevo hacia ella y sonriendo—. Ah, confesar mis pecados a una mujer cuya belleza está tan cerca de lo divino hace que me sienta muy aliviado.

La mujer dejó escapar una ronca carcajada y echó la cabeza hacia atrás revelando la esbelta curvatura de su cuello.

—Oye, ¿sueles conseguir resultados con esa frase? —preguntó meneando la cabeza.

Él puso cara de sentirse muy ofendido y meneó la cabeza de una forma mucho más enfática que ella.

—Oh, ¿qué le ocurre a nuestra época? —preguntó con voz entristecida—. ¿Cómo es posible que una mujer tan hermosa sea tan cínica?

Se dio cuenta de que los ojos de la mujer estaban contemplando algo a su espalda y se dio la vuelta.

—¿Sí, oficial? —le preguntó a uno de los dos oficiales del clíper que descubrió inmóviles detrás de él.

Los dos iban armados y la funda de sus pistoleras estaba abierta.

—¿Señor… Sherad? —preguntó el más joven de los dos.

Clavó la mirada en los ojos del oficial y sintió una especie de mareo mezclado con náuseas. El oficial estaba al corriente de todo. Les habían encontrado. Alguien había logrado juntar todas las piezas del rompecabezas y había dado con la respuesta correcta.

—¿Sí? —preguntó con una sonrisa que casi era una mueca—. ¿Quieren tomar una copa?

Rió y se volvió hacia la mujer.

—No, señor, muchas gracias. ¿Tendría la bondad de venir con nosotros?

—¿Qué pasa? —preguntó mientras sorbía aire por la nariz. Apuró su copa y se limpió las manos en las solapas de su chaqueta—. El capitán necesita que le echen una mano con el timón, ¿verdad? —Rió, bajó del taburete y se volvió hacia la mujer—. Mi querida señora —dijo cogiéndole una mano y besándosela—, me despido de usted hasta que volvamos a encontrarnos. —Se llevó las dos manos al pecho—. Pero recuerde que un trozo de mi corazón siempre será suyo.

La mujer le contempló poniendo cara de no saber cómo reaccionar y acabó sonriendo. Le dio la espalda, dejó escapar una carcajada bastante ruidosa, giró sobre sí mismo y tropezó con el taburete del bar.

—¡Oooops! —exclamó.

—Por aquí, señor Sherad —dijo el más joven de los dos oficiales.

—Sí, sí…, vamos donde ustedes quieran.

Había albergado la esperanza de que le llevarían a una de las zonas reservadas a la tripulación, pero cuando entraron en el ascensor el oficial más joven pulsó el botón de la última cubierta. Sus paseos le habían informado de que contenía almacenes, el equipaje que no podía soportar el vacío y la zona de arresto.

—Creo que voy a vomitar —dijo apenas se cerraron las puertas.

Se dobló sobre sí mismo, emitió una ruidosa arcada y se obligó a expulsar la bebida que había consumido en el bar.

Uno de los oficiales se apartó de un salto para que el chorro de vómito no ensuciara sus relucientes botas y el otro empezó a inclinarse sobre él poniéndole una mano en la espalda.

El vómito cesó con tanta brusquedad como había empezado. Se irguió moviéndose lo más deprisa posible y clavó un codo en la nariz del oficial inclinado sobre él haciéndole chocar con las puertas traseras del ascensor. El segundo oficial aún no había logrado recuperar el equilibrio. Se volvió hacia él y le dio un puñetazo en plena cara. El oficial se dobló lentamente sobre sí mismo. Sus rodillas primero y su espalda después chocaron con el suelo. El ascensor emitió un campanilleo y se detuvo entre dos niveles. La pelea había activado la alarma del límite de peso. Pulsó el primer botón de la hilera y el ascensor empezó a subir.

Desarmó a los dos oficiales inconscientes, examinó las armas —dos pistolas aturdidoras—, y meneó la cabeza. El ascensor volvió a emitir un campanilleo para indicar que habían regresado al punto de partida. Se metió las dos pistolas en la chaqueta, apoyó los pies en la pared de enfrente izándose por encima de los dos oficiales y colocó las manos sobre las puertas. El esfuerzo de mantenerlas cerradas le obligó a lanzar un gruñido, pero el ascensor acabó rindiéndose. Siguió sosteniendo las puertas con las manos y retorció el cuerpo hasta acercar la cabeza al primer botón de la hilera. Lo pulsó con la frente y el ascensor reanudó el ascenso zumbando de forma casi imperceptible.

Las puertas se abrieron revelando el salón privado y tres hombres. Los tres bajaron la mirada hacia los dos oficiales inconscientes y el pequeño charco de vómito acuoso. Les dejó sin sentido con una ráfaga de las pistolas aturdidoras y los tres cayeron al suelo. Tiró de uno de los oficiales inconscientes hasta dejarlo con medio cuerpo fuera del ascensor para que no pudiera cerrar las puertas y disparó una ráfaga de pistola aturdidora contra los otros dos para asegurarse de que tardarían mucho tiempo en recuperarse.

La puerta del Salón Luz de Estrella estaba cerrada. Pulsó el botón mientras volvía la cabeza hacia el otro extremo del pasillo. Las puertas del ascensor iban y venían empujando suavemente el cuerpo del oficial caído, y pensó que las puertas parecían un amante no muy sutil que intentaba despertarle. Oyó un campanilleo distante.

—Por favor, dejen libre la entrada —dijo la voz del ascensor—. Por favor, dejen libre la entrada.

—¿Sí? —preguntó la puerta que daba acceso al Salón Luz de Estrella.

—Stap, soy Sherad. He cambiado de opinión.

—¡Estupendo!

La puerta se abrió.

Entró en el salón y pulsó el botón de cierre. El recinto no era muy grande, y estaba lleno del humo de las drogas y de personas mutiladas. La música hacía vibrar la atmósfera, las luces habían sido colocadas a un nivel de intensidad muy bajo y los ojos de todos los presentes —algunos estaban fuera de sus cuencas—, se volvieron hacia él. La máquina gris del doctor se encontraba junto al bar atendido por un par de camareras.

Maniobró al doctor hasta colocarle entre él y los demás y le puso la pistola aturdidora debajo del mentón.

—Malas noticias, Stap. Estos trastos pueden ser letales a corta distancia, y la pistola con que le amenazo está al máximo de potencia. Necesito su máquina. Preferiría contar con su cooperación, pero si no hay más remedio puedo arreglármelas sin ella. Hablo muy en serio y tengo muchísima prisa, así que… ¿cuál es su respuesta?

Stap emitió una especie de gorgoteo.

—Tres —murmuró hundiendo el cañón del arma un poco más en el cuello del doctor—. Dos…

—¡De acuerdo! ¡Por aquí!

Soltó a Stap y le siguió hasta la máquina que utilizaba en su extraño negocio. Mantuvo las manos juntas ocultando las dos pistolas aturdidoras dentro de las mangas y saludó con la cabeza a los invitados junto a los que pasaron. Durante un momento tuvo una línea de tiro despejada que terminaba en alguien situado al otro extremo del salón. Disparó y varios cuerpos se desplomaron de forma muy espectacular sobre una mesa cargada de comida. Todos los invitados volvieron la cabeza en esa dirección y la confusión permitió que él y Stap —al que tuvo que empujar cuando oyó el estrépito de los cuerpos cayendo sobre la mesa— llegaran rápidamente hasta donde estaba la máquina.

—Disculpe —murmuró mirando a una de las camareras—. ¿Tendría la bondad de echar una mano al doctor? —Movió la cabeza señalando el espacio de detrás del mostrador—. Quiere poner la máquina allí, ¿verdad, Doc?

Entraron en el cuartito utilizado como almacén que había detrás del bar. Dio las gracias a la camarera, cerró la puerta, activó la cerradura y colocó un montón de cajas delante de ella. Se volvió hacia el doctor y le sonrió. Stap parecía muy alarmado.

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