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El Club de París

Электронная книга - «El Club de París». Краткое содержание книги:

Cuando Napoleón Bonaparte murió en 1821, se llevó a la tumba un impactante secreto. Como emperador, había saqueado incalculables riquezas de palacios y tesoros nacionales, e incluso de los Caballeros de Malta y el Vaticano. En sus últimos días, sus captores británicos esperaban averiguar dónde se ocultaba el botín. Pero él nos les desveló nada. ¿O tal vez sí? Cotton Malone está a punto de averiguarlo cuando los problemas llaman a la puerta de su librería: un agente del servicio secreto estadounidense que terminara convirtiéndose en su aliado. Sólo igualando el ingenio de un terrorista a sueldo, frustrando un atentado catastrófico, y emprendiendo una desesperada búsqueda del legendario tesoro perdido de Napoleón, podrá Malone evitar la anarquía económica internacional. Desde Dinamarca, pasando por Inglaterra y terminando en las calles de París, Malone participa en un intenso juego de duplicidad y muerte, todo para conseguir un tesoro de valor incalculable. Pero, ¿a qué precio?.
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Malone contempló la habitación y examinó las antiguas y abandonadas posesiones de un imperio derrocado. Era el tesoro de Napoleón.

– Usted debe de ser Cotton Malone -dijo una voz femenina.

Él se dio la vuelta.

– Y usted debe de ser Eliza Larocque.

La mujer, apoyada en el quicio de la puerta, era alta y majestuosa, y tenía un aire leonino que apenas intentaba ocultar. Llevaba un abrigo de lana que le llegaba a la altura de las rodillas, una prenda elegante. Junto a ella estaba un hombre delgado y nervudo con un vigor espartano. Ambos rostros eran inexpresivos.

– Y su amigo es Paolo Ambrosi -dijo Malone-. Un personaje interesante. Un sacerdote que durante un corto espacio de tiempo fue secretario de Pedro II, pero que desapareció cuando ese papado terminó de forma abrupta. Circularon muchos rumores al respecto de su moralidad -Malone hizo una pausa-. Ahora lo tenemos aquí.

Larocque se mostró impresionada.

– Noparece sorprenderle nuestra presencia.

– Los estaba esperando.

– ¿Ah, sí? Me han dicho que es un magnífico agente.

– He tenido mis momentos.

– Y sí, Paolo realiza ciertas tareas que le encargo de vez en cuando -dijo Larocque-. Me pareció que lo más oportuno sería que estuviese conmigo después de todo lo ocurrido la semana pasada.

– Henrik Thorvaldsen ha muerto por su culpa -afirmó Malone.

– ¿De qué me está hablando? No conocía a ese hombre hasta que se interpuso en mis negocios. Me dejó en la Torre Eiffel y no volví a verlo nunca más -Larocque hizo una pausa-. No me ha dicho cómo ha averiguado que hoy estaría aquí.

– Hay gente más inteligente que usted en este mundo.

Malone vio que no le había gustado el insulto.

– He estado atento -añadió-. Encontró a Caroline Dodd más rápido de lo que imaginaba. ¿Cuánto tardó en descubrir este lugar?

– La señora Dodd fue bastante amable. Nos facilitó las pistas, pero decidí encontrar otro camino debajo de la basílica. Imaginé que habría otros accesos y salidas y estaba en lo cierto. Dimos con el túnel correcto hace unos días, abrimos la cámara y aprovechamos una línea eléctrica situada cerca de aquí.

– ¿YDodd?

Larocque negó con la cabeza.

– Me recordaba demasiado a la traición de lord Ashby, así que Paolo se ocupó de ella.

Ambrosi empuñaba un arma en la mano derecha.

– Aún no ha respondido a mi pregunta -dijo Larocque.

– Cuando abandonó su residencia hace un rato -respondió Malone- supuse que venía hacia aquí. Había llegado el momento de reclamar su premio, ¿no es así? Ha contratado ayuda para sacar esta fortuna de aquí.

– Lo cual no ha resultado fácil -dijo ella-. Por suerte, hay gente en este mundo dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero. Tendremos que repartir esto en cofres más pequeños y cerrados y luego sacarlos a mano.

– ¿No le preocupa que puedan hablar?

– Los cofres estarán cerrados antes de que lleguen.

Asintiendo levemente, Malone reconoció la inteligencia de su previsión.

– ¿Cómo ha llegado hasta aquí? -preguntó Larocque.

Malone señaló hacia arriba.

– Por la puerta principal.

– ¿Todavía trabaja para los estadounidenses? -preguntó-. Thorvaldsen me habló de usted.

– Trabajo para mí -Malone señaló a su alrededor-. He venido por esto.

– No parece usted un cazatesoros.

Malone se sentó encima de un cofre y relajó unos nervios entumecidos por el insomnio y por su inseparable compañero, el desaliento.

– En eso se equivoca. Me encantan los tesoros. ¿Y a quién no? Disfruto sobre todo negándoselos a personas tan despreciables como usted.

Larocque se rió de aquel toque dramático.

– Diría que es usted el que se va a quedar sin él.

– Su juego ha terminado. Se acabó el Club de París. Se acabó la manipulación económica. Se acabó el tesoro.

– Lo dudo mucho.

Malone la ignoró.

– Por desgracia, no quedan testigos con vida y hay muy pocas pruebas para juzgarla por algún delito. Así que tómese esta conversación como su única manera de eludir la cárcel.

Larocque se rió de aquella ridiculez.

– ¿Es siempre tan sociable cuando lo acecha la muerte?

Malone se encogió de hombros.

– Soy una persona despreocupada.

– ¿Cree en el destino, señor Malone? -preguntó ella.

– La verdad es que no.

– Yo sí. De hecho, mi vida se rige por el destino. Mi familia ha hecho lo mismo durante siglos. Cuando supe que Ashby había muerto, consulté un oráculo que poseo y formulé una sencilla pregunta: “¿Se verá inmortalizado mi nombre y lo aplaudirá la posteridad?”. ¿Le gustaría saber la respuesta?

– Claro -respondió Malone siguiéndole el juego.

– ”Tu alegre compañero será un tesoro, que tus ojos se deleitarán en contemplar” -hizo una pausa-. Al día siguiente encontré esto.

Larocque señaló la caverna iluminada. Malone ya había escuchado suficiente. Levantó el brazo derecho, señaló con el índice hacia abajo e indicó a Larocque que se diera la vuelta. Ella captó el mensaje y miró por encima de su hombro derecho. Tras ella se encontraban Stephanie Nelle y Sam Collins, ambos empuñando una pistola.

– ¿Olvidé mencionar que no había venido solo? -dijo Malone-. Esperaron a que usted llegara para bajar.

Larocque lo miró. La ira que irradiaban sus ojos constataba lo que él ya sabía, así que dijo lo que probablemente estaba pensando:

– Deléitese contemplándolo, madame,porque es lo único que podrá hacer.

Sam le arrebató la pistola a Ambrosi, que no opuso resistencia.

– Mejor así -le dijo Malone a Ambrosi-. Sam resultó herido de bala. Le dolió mucho, pero está bien. Fue él quien disparó a Peter Lyon. Fue su primer asesinato. Le dije que el segundo sería mucho más fácil.

Ambrosi no dijo nada.

– También vio morir a Henrik Thorvaldsen. Todavía está deshecho. Stephanie y yo también. Los tres podríamos matarlos en cualquier momento. Por suerte para ustedes, no somos asesinos. Es una lástima que ustedes no puedan decir lo mismo.

– Yo no he matado a nadie -dijo Larocque.

– No, usted sólo anima a otros a hacerlo y se aprovecha de sus actos -Malone se levantó-. Ahora lárguense de aquí.

Larocque no se movió.

– ¿Qué pasará con esto?

Malone suprimió cualquier rastro de emoción en su voz.

– Eso no lo decidiremos ni usted ni yo.

– ¿Se da cuenta de que esto es un derecho legítimo de mi familia? El papel de mi antepasado fue esencial para destruir a Napoleón. Buscó este tesoro hasta el día de su muerte.

– Le he dicho que se largue.

Malone quería pensar que así es cómo Thorvaldsen habría afrontado la situación, y ese pensamiento le proporcionó cierto consuelo. Larocque pareció aceptar sus órdenes, sabedora de que poseía escaso poder de negociación, de modo que, con un gesto, indicó a Ambrosi que saliera de allí. Stephanie y Sam se hicieron a un lado y los dejaron marcharse.

En el umbral, Larocque titubeó y se dio la vuelta.

– Puede que nuestros caminos se crucen de nuevo.

– Sería divertido.

– Sepa que ese encuentro será bastante distinto al de hoy -afirmó antes de irse.

– Esa mujer no se rinde nunca -dijo Stephanie.

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