El Hombre Que Amaba A Los Perros
- Автор: Падура Леонардо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Hombre Que Amaba A Los Perros». Краткое содержание книги:
– ¿Qué dicen en Moscú? -se atrevió a preguntar.
– Lo que tú y yo sabemos: que sin unidad no se puede vencer al enemigo. Y es verdad: ahora mismo los republicanos se están matando entre ellos en Madrid, mientras Franco se hace limpiar las botas para ir a desfilar por la Gran Vía. Pobre España, no es fácil lo que le espera…
Jacques lamentó haber preguntado. Para las derrotas, invariablemente había un argumento y un culpable previsible, siempre el mismo.
Tom permaneció en silencio, todavía inmóvil, como si lo único importante fuese recibir aquellos desleídos rayos de sol.
– Me reuní en Moscú con Beria y Sudoplátov, el oficial operativo que va a servirnos de enlace. Stalin nos pidió que echáramos a andar la máquina.
– ¿Salimos para México? -Jacques Mornard lamentó de inmediato que su ansiedad lo traicionara.
– Tú no vas a ningún lado, todavía no. Yo salgo en unos días. El Pato se compró una casa y va a mudarse. Tengo que reconocer el terreno, hacer ajustes, organizar algunas cosillas… El juego de ajedrez.
– ¿Y yo qué hago?
– Esperar, mi querido Jacques, esperar. Y, entretanto, que no se te ocurra hacer otra locura… Eso de exhibirte en Le Perthus y andar repartiendo golpes… -Tom había bajado lentamente la cabeza y, luego de pasarse el pañuelo por la cara, como si quisiera limpiarse del sol, posó una mirada fría y distante en Jacques Mornard, que sintió cómo se helaba por dentro-. Yo siempre lo sé todo,múdak… No juegues conmigo. Nunca. Un día te puedo arrancar los cojones y…
El joven se mantuvo en silencio. Cualquier argumento podía empeorar su situación.
– Yo sé que es duro para un hombre como tú -siguió Tom, mientras se anudaba el pañuelo en el cuello-, pero la disciplina y la obediencia son lo primero. Creí que lo habías aprendido… -dijo y volvió a mirar a su pupilo-. ¿Qué es más importante, un impulso personal o la misión?
Jacques sabía que era una pregunta retórica, pero la pausa de Tom lo obligó a responder.
– La misión. Pero yo no soy de hielo…
– ¿Qué es más importante -continuó el otro, subiendo el tono-, conservar el terreno ganado o perder á alguien de quien esperamos tanto? No me respondas, no me respondas, solo piensa… -Tom le dio tiempo para pensar, como si realmente fuera necesario, y agregó-: Vamos a abrir otras líneas en México. Casi tenemos que empezar desde el principio, plantar los operativos posibles y decidir en unos meses cuál de ellos vamos a utilizar. Pero tú irás por tu propio rumbo, sigues siendo mi arma secreta. Y no me puedo dar el lujo de perderte. Ya sé que no eres un pedazo de hielo… Le hablé de ti al camarada Stalin y está de acuerdo en que te conservemos como nuestra carta de triunfo.
Ramón no podía creerlo: ¿el camarada Stalin sabía de él?, ¿conocía su existencia?, ¿entre sus infinitas preocupaciones también estaba él? A duras penas consiguió controlar su orgullo para ponerse a la altura de las circunstancias, confesando lo que consideraba su mayor debilidad:
– Disculpa, Tom, pero es que hay días en que no puedo dejar de ser Ramón Mercader.
– Eso ya lo sé, y es lógico que así sea. Pero Jacques Mornard tiene que saber controlar a Ramón Mercader. Ese es el punto. ¿Podrás soltar o retener a voluntad a Ramón Mercader?
– No sé…
Tom movió el torso y las nalgas por primera vez. Buscó la mejor posición para mirar al joven y le sonrió.
– Ahora viene un momento importante para ti: vas a ser a la vez Ramón Mercader y Jacques Mornard. Tienes que aprender a sacar a uno y a otro en cada momento específico, porque si te llega la ocasión, debes salir de Jacques para entrar en Ramón casi sin pensarlo. Para los que te conocen en París seguirás siendo Jacques Mornard. Mientras, Ramón va a relacionarse otra vez con Caridad, con sus hermanos, y para ese círculo íntimo va a ser un comunista español lleno de odio contra los fascistas y los trotskistas quintacolumnistas y traidores burgueses que acabaron con la República y que darían cualquier cosa por hacer desaparecer a la Unión Soviética.
– No te preocupes. Tengo ese odio clavado aquí -y se señaló el pecho, donde sentía latir el odio, muy cerca de donde palpitaba el orgullo.
– Desde ahora Caridad es parte de la operación. Ella, tú y yo formamos un equipo. Lo que hagamos nada más lo sabremos nosotros. George Mink queda fuera de ese círculo… Óyeme bien, muchacho: estamos en el centro de algo muy grande, algo histórico, y tal vez la vida te dé la oportunidad de prestar un servicio impagable a la lucha por la revolución y el comunismo. ¿Estás listo para hacer algo que puede ser la mayor gloria para un comunista y la envidia de millones de revolucionarios en el mundo?
Ramón Mercader observó unos instantes los ojos de Tom: eran tan transparentes que casi podía ver a través de ellos. Recordó entonces el cadáver de Lenin y los vidrios en que se había visto a sí mismo, superpuesto al rostro del Gran Líder. Y se supo un privilegiado.
– No lo dudes un segundo -dijo-. Estoy listo.
Ramón se sintió más cómodo desde que pudo convivir con Jacques Mornard como si fuera un traje que se usa solo para ciertas ocasiones.
Durante las semanas de espera, que se convirtieron en meses, obligó al belga a escribir con frecuencia a Sylvia, prometiéndole siempre un cercano reencuentro, paseó con él por París y frecuentó las amistades de la mujer, especialmente a la librera Gertrude Allison y a la joven Marie Crapeau, con la que varias veces fue al cine a ver las comedias de los hermanos Marx, que los dos disfrutaban hasta llorar de la risa. Jacques acudió al hipódromo, convertido en punto de encuentro de los centenares de espías, de todas las banderas imaginables, que pululaban por la ciudad, y al famoso Café des Deux Magots y otros sitios predilectos de una bohemia parisina pasmosamente ajena a los peligros que se advertían en el horizonte.
Mientras, Ramón, en compañía de Caridad, viajó con el joven Luis, recién regresado de España, y con la reaparecida Lena Imbert hasta Amberes, donde los jóvenes embarcaron con destino a la Unión Soviética para que Luis continuara sus estudios y creciera como revolucionario en la patria del proletariado y entre los comunistas españoles acogidos al exilio. En varias ocasiones visitaron a su hermana Montse, radicada en París con su recién adquirido esposo, Jacques Dudouyt, cuya única característica notable, según Caridad, era su calidad como cocinero.
Buscando señales de los nuevos tiempos, Ramón y Caridad siguieron con interés las informaciones que llegaban desde Moscú, donde el camarada Stalin protagonizaba un nuevo Congreso del Partido ante el cual, con su valentía habitual, se atrevía a criticar los excesos de ciertos funcionarios durante las purgas y procesos de los años anteriores. Como ya esperaban, la cabeza de Yézhov recibió las mayores reprimendas y le auguraron un desenlace similar al de su antecesor, Yagoda. Pero lo más importante para el país de los Soviets, en aquel tiempo de definiciones ante las amenazas de guerras imperialistas, era conseguir la unidad perfecta del pueblo en torno a un partido monolítico, como el que emergió de un congreso en el cual el Secretario General destituyó a más de tres cuartas partes de los miembros del Comité Central elegido cuatro años antes, y los sustituyó por hombres de incombustible fe revolucionaria. Las exigencias del presente se imponían y el camarada Stalin preparaba al país para la más férrea resistencia ideológica.