La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
Llegó la primavera. Vivía aturdida, sin ningún sentido; el aburrimiento de mis días solo era interrumpido por mis conversaciones con los muertos y las visitas de mi marido. Jofre intentaba en todo lo posible animar mi espíritu, pero los momentos en los que no tenía la distracción de su presencia eran muy oscuros.
Continué paseando por los jardines durante horas, en un intento por agotarme y así hacer que el sueño llegase más fácilmente, y con él el olvido. Una tarde, mientras caminaba por un sendero de piedras, bordeado por un seto de rosas cargadas de olorosos pimpollos, vi a otra dama que venía hacia mí, seguida a cierta distancia por un guardia.
Pensé en dar media vuelta y correr. No estaba de humor para compañía o una charla intrascendente, pero antes de que pudiese huir, la mujer llegó hasta mí y me saludó con un gesto y una atractiva sonrisa. Se volvió hacia el guardia y le dijo:
– Caminaremos un trecho juntas.
El joven soldado asintió y al mío no pareció importarle; al parecer los dos hombres se conocían y se mostraron complacidos de caminar detrás de nosotras mientras conversaban en voz baja.
La mujer se inclinó. Tendría unos veinticinco años, brillantes cabellos negros y su rostro recordaba la clásica belleza de las antiguas estatuas romanas.
– Soy la condesa Dorotea de la Crema.
– Yo soy la loca Sancha de Aragón -repliqué.
Ella no se sorprendió en absoluto; su sonrisa se cargó de ironía.
– Aquí todas somos las locas de César. Yo también soy una de sus prisioneras. -Su voz se suavizó con la tristeza-. Cuando marchó con su ejército entre Cervia y Ravena, mató a mi esposo y se apoderó de nuestra finca. -Me miró con sus grandes ojos oscuros-. Se dice que vos fuisteis su amante.
Después de vivir tantos años en la casa Borgia, aprecié su franqueza.
– Lo fui en un tiempo -respondí-. Pero no podía amar a un hombre que demostró ser un asesino. ¡Ahora lo desprecio con toda mi alma!
Ella asintió, con un gesto de aprobación.
– Entonces tenemos algo en común. Después de matar a mi marido me hizo su prisionera. Como a Caterina Sforza, que también está aquí, me trató con esplendidez, pero cada noche, me violaba. Creo que, de haberme mostrado dispuesta, a él no le hubiese complacido tanto. -Miró hacia las fangosas aguas del Tíber-. Ahora que estoy aquí, se ha cansado de mí y me deja sola, algo que agradezco. Pero hasta que sea derrotado, o hasta que el Papa muera, permaneceré atrapada aquí.
– Lo mismo me ocurre a mí -manifesté con voz suave-. Siento mucho lo de vuestro marido.
– Y yo lo de vuestro hermano. -Al parecer Dorotea conocía todas las noticias referentes a mi persona.
Aquel día caminamos un buen trecho; a lo largo de las semanas siguientes, comenzamos a confiar cada vez más la una en la otra. Como yo, doña Dorotea no tenía pelos en la lengua; los crímenes cometidos contra ella la habían empujado al límite de la cordura, y ya no le importaba su destino. Hablamos sin tapujos de los crímenes de los Borgia y de nuestras vidas. Era un alivio poder descargarme de terribles secretos y era divertido descubrir que Dorotea ya sabía casi todo lo que yo le revelaba.
En ella, encontré un respiro a mi solitaria locura durante el día; pero lejos de su compañía, sobre todo por la noche, regresaban los espectros: la momia de Robert, Alfonso, mi padre, la enigmática bruja… Cada día, luchaba para encontrar la fuerza para enfrentarme a la canterella, cada noche descubría que no la tenía.
Durante ese tiempo recibí una carta de Lucrecia desde Nepi. El lacre estaba roto; me senté en mi antecámara durante un largo rato con ella en mi regazo, sin acabar de decidir si debía quemarla en la llama del candelabro.
Al final, la abrí y leí su contenido:
Querida Sancha:
Primero, debo suplicarte perdón por ser tan mala corresponsal y no escribirte antes; lo confieso, en los primeros oscuros días aquí, no tuve fuerzas para coger la pluma. Pero el tiempo ha tenido un leve efecto curativo, y quiero decirte ahora, tan pronto como he sido capaz, lo mucho que he echado de menos tu compañía. Sin tu leal amistad y tu buen corazón los días son largos y solitarios.
También el pequeño Rodrigo te echa de menos; pregunta a todas horas por su tía, Sancha. No lo reconocerías, ¡ha crecido tanto! Cada día que pasa se parece más y más a su padre. Hay pocas noticias que contar: todos los días son iguales, y se confunden. Pero debo informarte que, no mucho después de mi llegada, se presentaron César y su ejército y acamparon aquí una noche. Me vi obligada a agasajarlo a él y a los más destacados miembros de su compañía.
Ahora viaja con el artista e inventor Leonardo Da Vinci. Don Leonardo vino a cenar aquella noche. Es un anciano bondadoso, de aspecto excéntrico, con una nariz ganchuda, grandes y sorprendentes ojos, y una larga cabellera y barba blancas que lleva descuidadas. A pesar de su edad, su mente es brillante. César dice que es un genio de la ingeniería, y que ha demostrado ser de gran utilidad cuando hay que utilizar explosivos para echar abajo puentes. Yo solo sé que fue muy amable y que posee un muy fino sentido del humor. Cuando estábamos cenando, pidió un pergamino, y sacó una pluma y tinta que siempre lleva encima a todas horas; mientras César hablaba de su campaña militar, don Leonardo se ocupó de dibujar. Rodrigo apareció, y mostró un gran interés: yo me disponía a llevarme al niño de regreso a sus aposentos y reprenderlo por molestar a un invitado, pero don Leonardo se mostró muy dulce, y permitió que Rodrigo se sentase en sus rodillas y mirase mientras él hacía su boceto.
De nuevo vuelvo a César y a su compañía. Debo mencionar aquí a otro hombre que lo acompaña, un tal Nicolás Maquiavelo, un hombre de labios finos y desagradables, que apenas probó su cena porque estaba muy ocupado escribiendo en un diario mientras mi hermano hablaba, como si las palabras de César fuesen perlas.
Mi hermano me dijo que se había apoderado sin dificultades de las propiedades que rodean Boloña y Florencia; las grandes ciudades le entregaban fortalezas y fincas temerosas de su ejército, dado que se había fortalecido con el regalo de diez mil hombres del rey Luis. César dice que ahora es invencible, y que puede marchar a través de Italia y apoderarse de todas las tierras que desee.
Una vez mi hermano acabó de hablar, al final de la cena, don Leonardo me obsequió el boceto acabado. Me sentí muy halagada porque era un retrato de mi persona tal como me había visto en la mesa; sin embargo, me sorprendí al ver qué triste que era mi expresión, porque había hecho todos los esfuerzos posibles para mostrarme animada y brillante para mis invitados.
Debajo de mi retrato, don Leonardo había escrito un verso del poeta Sannazaro:
Perpianto la mia carne si distilla.
Mi carne se derrite con mis lágrimas.
Don Leonardo es muy sabio. Ve a través de las apariencias y llega hasta el alma de la persona; tiene el mágico talento de transmitir lo que hay en un corazón con ayuda de un simple pergamino y tinta. Hay otras muchas cosas que quisiera decirte pero una carta no es la mejor manera de transmitirlas. Tendré que esperar hasta poder verte de nuevo en persona.
Rezo por ti cada noche, hermana, y pienso en ti con gran cariño. Nunca he encontrado una mejor y más digna amiga. Que Dios vele por ti.
Afectuosamente,
Lucrecia
Doblé la carta y la guardé dentro de mi pequeño libro de Petrarca. Comprendía que Lucrecia no podía compartir totalmente sus pensamientos conmigo; comprendía las alusiones a su gran dolor, sus insinuaciones de que estaba abrumada por la culpa, su declaración de que se había visto «obligada» a agasajar a su hermano; y eso significaba que lo había hecho sin ninguna voluntad. Había insinuado su deseo de ser perdonada.