Ígur Neblí
- Автор: Palol Miquel de
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ígur Neblí». Краткое содержание книги:
Para quienes siempre pensaron que la literatura es un juego con la literatura, para quienes no se conforman con la lectura de la historia y quieren tomar parte de ella y para quienes gustan de los libros que jamбs se acaban con su ъltima pбgina, Igur Nebli resultara una lectura extremadamente gratificante.
La calidad indiscutible que llevу al exito a El Jardin de los Siete Crepъsculos alcanza con Igur Nebli una envidiable madurez.
`Un texto donde Palol lleva hasta sus ъltimas consecuencias el objetivo de convertir la literatura en el medio mбs oportuno para disfrazarse de dios y jugar a la construcciуn de un mundo`. Javier Aparicio, El Pais.
`La particular `locura` narrativa de Palol es saludable para todo el conjunto de la narrativa catalana`. Marc Soler, El Temps.
– No te preocupes, aquí no interviene la Apotropía de Juegos -le dijo deprisa, acariciándole la mejilla con los labios-, hoy la sangre no llegará al río -se separó para mirarlo-; ¿o no es eso lo que te preocupa? -Miró a Sadó-: ¿Qué quieres, no tienes suficiente? -rió-, ¿cuántas fidelidades eres capaz de concitar? -Fei se agachó y sin interrumpirlas metió una mano en cada penetración, e Ígur no pudo evitar que allí se le fueran los ojos, mientras que el público se levantaba chillando y aplaudiendo; Madame Conti se lo quedó mirando-. ¡Qué niño eres, por más invencible que seas! ¿No ves que ella lo hace por ti?
Fei se puso de pie poco a poco, levantando los brazos, y cantó:
Phoebus eilt mit schnellen Pferden
durch die neugeborne Welt
Ígur se esforzó por degustar el espectáculo como un niño, siguiendo el orden plástico, pero cuando la fe es esclava del deseo, no hay nada que hacer; los doce focos móviles de colores que iluminaban la escena regulados por el Cuantificador se detenían en ángulos iguales de incidencia sobre Fei, o bien en perpendiculares ordenadas de dos en dos siguiendo paridades, o cada uno con el de tres más allá, y sucesivamente, y también cambiando de colores, enfrentando gamas o complementarios, básicos y neutros, del amarillo penetrante al azul absorbente, de la agudeza de los sucios a la nitidez de los fríos. Con la llegada de los rojos y los fuegos, la música incorporó trompas selváticas y timbales, y el espectáculo acabó con la explosión controlada de las dos parejas. El semen trazó signos azarosos en las caras de las actrices, enseguida dispersados por el propio movimiento, pero también, y antes de que Firmin y Poldino cayeran de rodillas desfallecidos por el peso del placer, abandonadas por el suelo ellas dos, la mayor parte de las salpicaduras, dirigidas por manos expertas, hicieron blanco en los pies de Fei, y cuando ella saltó al suelo, le resbalaban por las tiras de las sandalias y la piel, hacia la suela y la varilla del tacón. Del público salió un enano cabezón con un traje de pelumbre, que se precipitó a los pies de Fei y se los lamió minuciosamente entre el delirio y los gritos de ánimo del público; mientras arrebujado bajo el arco de todas la magnificencias se ocupaba del pie derecho, Fei le aplastaba la cabeza con la punta del otro hasta meterle el morro en el empeine, o con una súbita flexión de piernas le apretaba el cogote con la rodilla, y así la extensión de la lamida progresaba y ascendía, y Fei se reía como si jugueteara con un cachorro.
– ¿No será que te importa más lo que dicen los demás que lo que sientes tú? -dijo Madame Conti a Ígur-. Es un comportamiento muy femenino, amigo mío. Muy propio de un Caballero.
El pelo de Fei se agitaba a cada inflexión de la sensualidad.
– Es el aire de los tiempos -dijo Sadó riendo, y se volvió a Ígur-. Aún te gusta Fei.
– Me gustas más tú -dijo él enseguida, estrellándose.
– Eso está mejor -dijo Madame Conti con una carcajada-, ¡irreverente con el peligro!
– Lo que no puede acabar contigo, no vale la pena respetarlo -intervino Boris.
El enano tenía justo la altura de las piernas de Fei, no en vano famosas, las piernas más largas del Imperio, de los pies a las caderas, cuando los actores, ya recuperados de la satisfacción, ejecutaban una pantomina, siguiendo la música el modo mixolidio: Ismena le regalaba todas sus posesiones a Destoria y la alababa, y Poldino asesinaba a Firmin.
– ¡Poldino proléptico cruza la última puerta! -cantó el Trujamán, triunfal en modo frigio-, ¡el tesoro está en sus manos!
Los dos espectáculos se acababan, y el Barón subió de un salto al escenario entre las carcajadas de los asistentes y arrancó al enano, en plena escalada del cuerpo de Fei, lo levantó por los aires con los brazos y las piernas en remolino y lo tiró al suelo; después le dio la mano a Fei y así bajaron de la escena entre aplausos. Los de las primeras filas se levantaron.
– ¿Conocéis al Secretario de la Paratropía de Obras Públicas? -preguntó Madame Conti, y les presentó al obeso de mediana edad que tanto había fascinado a Ígur durante el espectáculo-: el señor Neder Rist.
– Permitid que os felicite por vuestra actuación, señora -dijo el hombre gordo con una voz finísima e inquietante, y después señaló al enano-; veo que vuestras dotes de improvisación son tan notables como las de mi ayudante.
– El señor Deiri Cotom es un visitante habitual de esta casa -puntualizó Madame Conti.
– Es un hombre malvado -dijo Sadó a Ígur; Rist la oyó y se dio la vuelta.
– ¡Si conocieseis a su mujer! -soltó una carcajada-. No hay hombres malvados, sino hombres estúpidos en manos de mujeres malvadas y estúpidas.
– Sólo estoy de acuerdo en la mitad de eso -dijo Boris.
La conversación se expandió, con Ígur atrapado entre el Barón, Rist y el enano.
– Hay muchas maneras de dividir la frase por la mitad, Barón -dijo Cotom, resentido de que lo hubiesen interrumpido cuando progresaba cuerpo arriba de Fei.
– No es necesario que Boris nos diga qué parte rechaza -dijo Rist-. Lo que, por cierto, me obliga a felicitaros por vuestra elección. Habéis conseguido a la mujer más bella de la reunión.
– Os lo agradezco mucho, pero os equivocáis en casi todo. Primero -dijo Boris con una media sonrisa-, no la he elegido, sino que ha venido a mí por despecho. -Ígur palideció-. Segundo, yo habría escogido a Sadó, que es en realidad la más bella.
– ¡Pero si es tonta! -exclamó Rist.
– ¿Además de ser la más bella es tonta? -dijo Boris-. ¡No es posible tanta fortuna, estamos ante la mujer ideal!
Soltaron una carcajada que a Ígur le pareció estimulante y amarga; parecía evidente que, sobre todo por parte de Boris, había un cierto deseo de provocarlo, y oír llamar tonta a Sadó le había sabido tan mal como oír decir que Fei no era la más bella, a pesar de no serlo en favor de la otra, pero se sintió fuerte y generoso.
– Ya lo decía mi abuela -chilló el enano-, el éxito de la histérica, la sensata lo desea.
Arktofilax y la Conti dieron las buenas noches a todos y se retiraron, y puesto que Ígur no quería quedarse a contemplar cómo Fei se iba con citarón, le propuso a Sadó desaparecer, y se fueron a la habitación interior, tanto más pequeña y modesta que la de Fei.
– Tenía tantas ganas de estar contigo -dijo ella.
Se precipitaron a los juegos del amor con una furia desesperada que parecía aumentar la precariedad de la habitación, el aire de estar en un camarote de tercera en el transatlántico más lujoso. Desde la minúscula ventana no se veía cielo, sino la proximidad de una pared, y se oían abundantes ruidos de fondo. Sadó subía y caía alternativamente en el aprecio y en los propósitos de Ígur, y eso lo aplastaba contra el agotamiento sentimental. Quizá sí sea tonta, pensaba después de oír una consideración, pero poco después recordaba: quizá es más lista que yo.
– ¿Te gusta estar en casa de Isabel? -le preguntó.
La felicidad tiene un poso de tristeza porque anuncia su final; por la misma razón, la tristeza debería tener un punto feliz, pero no es así, porque la tristeza puede no terminar nunca.
– ¡Muchísimo! -dijo ella riendo-. ¡Si supieras las cosas que llegan a pasar aquí!
Por un momento Ígur se dejó llevar por la opresión del resquemor; se imaginó al Duque Virbelgurd, al que no conocía, al hijo del Duque, al Secretario del Duque, padre de Sadó, a Kim Debrel y a tantos otros que nunca sabría y que prefería no saber, medio Imperio pasando por aquella habitación sin reposo; pero los deseos se alimentaban recíprocamente de los celos, y cuando unos se apagaron cumplidos, se hizo el silencio de los otros. Algo quedaba vivo, sin embargo, vivo y vigilante en la calma de Ígur, algo que lo refería a las mujeres, como aquella, con un pasado fabuloso, no extenso y condimentado, sino deslumbrantemente breve y sobrecogedor, insuperablemente intenso y sin treguas, cuando no podía dejar de mirarla dormir a su lado, desnuda y acurrucada, con caprichosas posturas de las manos y una expresión enternecedora, casi de placidez infantil, entre la sonrisa y algo indefinible, que absurdamente lo tranquilizaba y le resultaba fácil de acentuar con una caricia o un beso que la llevaban a moverse un poco, siempre para dar facilidades, y respirar más deprisa, o soltar una pequeña queja de sensualidad a saber con qué recuperación de conciencia.