La Fiesta del Chivo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fiesta del Chivo». Краткое содержание книги:
La Fiesta del Chivo reconstruye el último día del dictador en unos capítulos, en otros narra la tensa espera de los conspiradores, y en otros más se adentra por los recuerdos y los secretos de Urania. El doctor Balaguer, en un principio un presidente pelele, acaba convirtiéndose en auténtico jefe de Estado cuando, muerto Trujillo, su decorativo cargo se carga de realidad. Su divisa es: `ni un instante, por ninguna razón, perder la calma`. En este cuadro que bien puede representar lo ocurrido en otras dictaduras también aparecen otros personajes entregados en cuerpo y alma al dictador. Como, por ejemplo, el coronel Abbes García, un sádico demente con una inteligencia luciferina, Ramfis Trujillo, hijo vengador que nunca fue generoso con los enemigos, el senador Henry Chirinos, al que todos llaman el Constitucionalista Beodo y Trujillo ha rebautizado como La Inmundicia Viviente. Y el senador Agustín Cabral, el ministro Cabral, Cerebrito Cabral en tiempos de Trujillo, hasta que cayó en desgracia y se vio envuelto en un proceso kafkiano. Con un ritmo y una precisión difícilmente superables, Vargas LLosa muestra que la política puede consistir en abrirse camino entre cadáveres, y que un ser inocente puede convertirse en un regalo truculento. La fiesta del Chivo es heredera de un subgénero literario que ha servido como pocos para retratar el siglo que termina, y en especial la conflictiva realidad latinoamericana: la novela sobre un dictador, como Tirano Banderas, de Valle-Inclán, El señor presidente, de Miguel Angel Asturias, Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, o El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. Esta obra es una excelente prueba del portentoso talento de Vargas Llosa, de su capacidad para crear personajes inolvidables, para captar matices y atmósferas, para narrar, para describir, para convertir en literatura cuanto toca.
Por el padre Rodríguez Canela supo la fecha: 30 de agosto de 1961. ¡Habían pasado sólo tres meses! A él le parecía que esta pesadilla duraba siglos. Deprimidos, debilitados, desmoralizados, hablaban poco entre sí, y las conversaciones giraban siempre sobre lo que habían visto, oído y vivido en El Nueve. De todos los testimonios de sus compañeros de celda, a Salvador se le quedó grabada, como marca indeleble, la historia que contó Modesto Díaz entre sollozos. Las primeras semanas fue compañero de celda de Miguel Angel Báez Díaz. El Turco se acordaba de su sorpresa, el 30 de mayo, en la carretera a San Cristóbal, cuando el personaje se les apareció en su Volkswagen a asegurarles que Trujillo, con el que había paseado por la Avenida, vendría, y supo de este modo que ese señorón del cogollo trujillista también estaba en la conjura. Abbes García y Ramfis se encarnizaron con él, por haber estado tan cerca de Trujillo, presenciando las sesiones de electricidad, vergajos y fuego que le infligían y ordenando a los médicos del SIM que lo reanimaran, para seguir. A las dos o tres semanas, en vez del apestoso plato de harina de maíz habitual, les trajeron al calabozo una olla con trozos de carne. Miguel Angel Báez y Modesto se atragantaron, comiendo con las manos hasta hartarse. El carcelero volvió a entrar, poco después. Encaró a Báez Díaz: el general Ramfis Trujillo quería saber si no le daba asco comerse a su propio hijo. Desde el suelo, Miguel Angel lo insultó: «Dile de mi parte a ese inmundo hijo de puta, que se trague la lengua y se envenene». El carcelero se echó a reír. Se fue y volvió, mostrándoles desde la puerta, una cabeza juvenil que tenía asida por los pelos. Miguel Angel Báez Díaz murió horas después, en brazos de Modesto, de un ataque al corazón.
La imagen de Miguel Angel, reconociendo la cabeza de Miguelito, su hijo mayor, obsesionó a Salvador; tenía pesadillas en las que veía, decapitados, a Luisito y Carmen Elly. Los alaridos que profería dormido enojaban a sus compañeros.
A diferencia de sus amigos, varios de los cuales habían intentado poner fin a sus días, Salvador estaba decidido a resistir hasta el final. Se había reconciliado con Dios -seguía rezando día y noche, y la Iglesia prohibía el suicidio-. Tampoco era fácil matarse. Huáscar Tejeda lo intentó, con la corbata que le robó a uno de los carceleros (la llevaba doblada en el bolsillo de atrás). Trató de ahorcarse, pero no lo consiguió y, por haberlo intentado, empeoró el castigo. Pedro Livio Cedeño quiso hacerse matar provocando a Ramfis en la sala de torturas: «Hijo de puta», «bastardo», «hijo de siete leches», «tu madre, la Españolita, fue de burdel antes de ser la querida de Trujillo» y hasta escupiéndolo. Ramfis no le disparó la ráfaga de metralleta que él ansiaba: «No todavía, desconsuélate. Eso, al final. Tienes que seguir pagando.
La segunda vez que Salvador Estrella Sadhalá supo qué fecha era, fue el 9 de octubre de 1961. Ese día le hicieron ponerse un pantalón y subió una vez más la escalerilla hacia aquella habitación donde los rayos herían los ojos y alegraban la piel. Pálido e impecable en su uniforme de general de cuatro estrellas, ahí estaba Ramfis, con El Caribe del día en la mano: 9 de octubre de 1961. Salvador leyó el gran titular: «Carta del general Pedro A. Estrella al general Rafael Leonidas Trujillo Hijo».
– Lee esta carta que me ha enviado tu padre -le alcanzó Ramfis el diario-. Habla de ti.
Salvador, con las muñecas hinchadas por las esposas, cogió El Caribe. Aunque sentía vértigo y una indefinible mezcla de asco y tristeza, llegó hasta la última línea. El general Piro Estrella llamaba al Chivo «el más grande de todos los dominicanos», se jactaba de haber sido su amigo, guardaespaldas y protegido, y se refería a Salvador con epítetos innobles; hablaba de «la felonía de un hijo descarriado y de “la traición de mi hijo, que traicionó a su protector y a sus familiares”. Peor que los insultos, era el párrafo finaclass="underline" su padre agradecía a Ramfis, con servilismo altisonante, que le hubiera regalado dinero para ayudarlo a sobrevivir al serle confiscados los bienes familiares por la participación de su hijo en el magnicidio.
Regresó a su celda mareado de disgusto y vergüenza. No volvió a levantar cabeza, aunque, ante sus compañeros, procuraba ocultar su desmoralización. «No es Ramfis, es mi padre quien me ha matado», pensaba. Y sentía envidia por Antonio de la Maza. ¡Qué suerte ser hijo de alguien como don Vicente!
Cuando, pocos días después de ese cruel 9 de octubre, él y sus cinco compañeros de celda fueron trasladados a La Victoria -los lavaron con mangueras y les devolvieron las ropas que llevaban al ser detenidos-, el Turco era un muerto ambulante. Ni siquiera la posibilidad de recibir visitas -los jueves, por media hora-, abrazar y besar a su mujer, a Luisito y Carmen Elly, pudo arrancarle el hielo que llevaba en el corazón desde que leyó la carta pública del general Piro Estrella a Ramfis Trujillo.
En La Victoria cesaron las torturas y los interrogatorios. Seguían durmiendo en el suelo, pero ya no desnudos, sino con ropas que les enviaban de casa. Les quitaron las esposas. Las familias podían mandarles de comer, bebidas gaseosas y algún dinero, con el que corrompían a los carceleros para que les vendieran periódicos, les dieran información sobre otros presos, o llevaran mensajes a la calle. El discurso del Presidente Balaguer en las Naciones Unidas, condenando la dictadura de Trujillo y prometiendo una democratización «dentro del orden», hizo renacer la esperanza en la prisión. Parecía increíble, pero comenzaba a despuntar una oposición política, con la Unión Cívica y el 14 de junio actuando a la luz pública. Sobre todo, animaba a sus amigos saber que en Estados Unidos, Venezuela y otros lugares se habían formado comités exigiendo que ellos fueran juzgados por un tribunal civil, con observadores internacionales. Salvador se esforzaba por compartir las ilusiones de los otros. En sus rezos, rogaba a Dios que le devolviera la esperanza. Porque no albergaba ninguna. Él había visto aquella expresión implacable de Ramfis. ¿Iba a dejarlos salir libres? jamás. Llevaría su venganza hasta el final.
Hubo una explosión de júbilo en La Victoria cuando se supo que Petán y Negro Trujillo habían abandonado el país. Ahora, se iría también Ramfis. Balaguer no tendría más remedio que conceder una amnistía. Pero Modesto Díaz, con su lógica poderosa y su fría manera de analizar las cosas, los convenció de que era ahora, más que nunca, cuando familias y abogados debían movilizarse en su defensa. Ramfis no se iría sin liquidar a los ajusticiadores de papi. Mientras lo oía, Salvador observaba la ruina en que estaba convertido Modesto: había seguido perdiendo kilos y su cara era la de un anciano lleno de surcos. ¿Cuántos habría perdido él? Los pantalones y camisas que le llevaba su mujer le bailoteaban y cada semana tenía que abrir nuevos agujeros al cinturón.
Estaba siempre triste, aunque no hablaba con nadie de la carta pública de su padre, que tenía como un puñal en la espalda. Aunque los planes no habían salido como esperaban, y hubiera habido tanta muerte y sufrimiento, su acción contribuyó a cambiar las cosas. Las noticias que se filtraban hasta las celdas de La Victoria, hablaban de mítines, de jóvenes que decapitaban las estatuas de Trujillo y arrancaban las placas con su nombre y los de su familia, del regreso de algunos exiliados. ¿No era el principio del fin de la Era de Trujillo? Nada de eso se habría conseguido si ellos no mataban a la Bestia.
El regreso de los hermanos de Trujillo fue una ducha helada para los encerrados en La Victoria. Sin disimular su alegría, el mayor Américo Dante Minervino, director de la prisión, les comunicó el 17 de noviembre a Salvador, Modesto Díaz, Huáscar Tejeda, Pedro Livio, Fifí Pastoriza y el joven Tunti Cáceres, que al anochecer serían trasladados a las celdas del Palacio de justicia, porque mañana habría una nueva reconstrucción del crimen, en la Avenida. Reuniendo el dinero que les quedaba, mediante un carcelero hicieron llegar a las familias mensajes urgentes, explicándoles que ocurría algo sospechoso; sin duda, la reconstrucción era una farsa, porque Ramfis había decidido matarlos.